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Jueves, 15 Diciembre 2016 11:33

¡Pongámonos en valor!

Confieso que me gusta este duodécimo y último período del año en el calendario gregoriano, diciembre, por aquello de los buenos propósitos a final de mes. En un mundo de sentimientos contradictorios, donde nos educan para el triunfo en lugar de prepararnos para el valor, hace falta sin duda proyectarnos una buena ración de utopía, o de valía armónica; y, así, poder enseñar los dientes ante la falsedad vertida por los caminos de la vida. Los tiempos actuales, tan diversos y distintos según territorios, andan atormentados por la sin razón de un mundo terrorífico. Deberíamos parar este absurdo ánimo de venganzas y violencias, con otras poéticas más de abrazo, más del aliento, más de la claridad que de las oscuridades. No podemos fragmentarnos. Nos necesitamos como piña planetaria. Nuestra propia vida es una vida en los demás y por lo demás, lo que requiere diversas sintonías, variados abecedarios, pero un distintivo lenguaje, el de una corpulencia coordinada bajo un mismo pulso, que no es otro que la poética del acoger y perdonar. Por ello, sería bueno que los nuevos proyectos educativos, hablasen de menos triunfos pasajeros y de más fortaleza para reencontrarse con tanto corazón herido, con tantas existencias rotas. Deberíamos no pecar de ignorancia y saber, que nada que se consiga sin esfuerzo es verdaderamente valioso, pues, hasta para conocer la dicha hay que tener el valor de resistir y tragar.

 

Sin duda, la mejor docencia es aquella que enseña a ser compasivo, humanitario, tocando y vendando los cuerpos ensangrentados, reciclando espíritus contaminados por el espanto, rehabilitando, con generosidad y tesón, aquellas atmósferas putrefactas por otras más auténticas y justas. El ser humano necesita ponerse en acción. Activarse como valor. Sentirse único y exclusivo; y, a la vez, en relación con sus análogos y necesario para sus análogos. Extendamos manos. Sembremos sonrisas. No perdamos la oportunidad de acercar una palabra amable en todo momento. Esto es lo verdaderamente cuantioso y enriquecedor como especie pensante. En este sentido, nos llena de alegría que Naciones Unidas esté trabajando de manera eficaz con ese mundo migrante, activando diálogos entre países y regiones, e impulsando el intercambio de experiencias. Todos nos merecemos, desde luego que sí, superar las adversidades y buscar una subsistencia mejor. A propósito, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) invita a la gente en todo el mundo a realizar el 18 de diciembre, coincidente con el Día Internacional del Migrante, la primera Vigilia Global, para honrar a los migrantes que perecieron este año. Indudablemente su coraje, su valentía, ahí está, cuando menos como reflexión. Cada uno de ellos tiene un nombre, una historia, dejaron su país en busca de mejores oportunidades y protección, para ellos mismos y en muchos casos para sus familias, aspiraciones por las que cualesquiera combate.

 

En esa lucha consigo mismo, a través de la crítica conciencia de cada cual, todos podemos ser poetas de la vida. Nada es imposible si nos dirigimos con nervio a ser músicos de lo armónico. Hagámonos valer. Generemos un nuevo estilo de comportamiento. Es el momento de transformarnos y de transformarse. Aprendamos a sufrir, pero a sufrir juntos. También a reír, a reír unidos. Asimismo, pidamos la voz y la palabra. Tengamos la serenidad de escucharnos unos a otros. Nada está perdido si se tiene el ánimo de proclamar, con humildad, la grandeza de toda vida. Allá donde un corazón humano habite, hay esperanza, debe haberla siempre, porque hasta el propio vivir es un permanente latido, un continuo bucear, una incesante tensión de verbos que han de ensamblarse para aflorar el poema perfecto, que es toda existencia. Ojalá volvamos a ser cantautores de certezas, gentes de bien en su integridad, personas de silencios compartidos. No se debe permitir la devaluación del ser humano. Pongamos la dignidad de todo caminante en el plan de globalización. Que no se dilapide ningún espíritu por falta de cariño. En lugar de don dinero cotice el calor del alma.

 

Por otra parte, muy mal por aquellos que desestabilizan gobiernos, que todo lo destruyen a su antojo. Ya globalizados, es el momento de conciliarse entre culturas, de reconciliarse los moradores entre sí, de fortalecer el estado de la poesía más pura, la que tanto nos hermana con la creación de oportunidades para todos. Ningún verso suelto. Todos en conjunto somos mejores. Que por mucho que un yo valga, que lo vale, nunca tendrá el valor más alto, el de un nosotros protegiendo toda luz, con la fuerza común de toda luminaria, haciendo convivencia, no conveniencia; creciendo en humanidad; viviendo por amor y conviviendo con amor, en definitiva. Sea así, así sea.

Jueves, 28 Julio 2016 13:38

Que nadie nos robe la vida

Me opongo a dejarme robar la vida. Ella es mi sueño, mi esperanza, mi razón de ser, la comprensión de lo que soy, la autenticidad misma de un caminante con deseos de abrazar horizontes armónicos. Es una lástima, por tanto, que en todo el mundo proliferen los mercaderes de espíritus. Reivindico la poesía como aliento ante tantos acosos y ahogos existenciales. Todo se condensa en el verso y la palabra, adquiere sentido e imprime orientación. Es lo que pienso, porque uno reflexiona sobre sí mismo, y sobre la realidad que lo circunda.

 

Sinceramente creo que la situación es la que es y que es la única verdad. No son estadísticas, son corazones andantes. Multitud de víctimas son engañadas y sometidas a sumisión con la falsa promesa de un trabajo decente. Un montón de niños y de jóvenes se les impide recibir una educación y se les frustra de un porvenir que les pertenece. No hay familia, escuela, organización, ejército, gobierno, que esté libre del problema de la explotación y el abuso sexual. Las redes delictivas castigan fuerte y se aprovechan de los estados de derecho débiles y de la falta de cooperación internacional. La humanidad, en su conjunto, ante estos desventurados hechos que crecen en cualquier esquina del planeta, debería tomar conciencia de actuar de común acuerdo en nombre de la justicia y de la dignidad para todos.

 

Para desgracia nuestra todo lo estamos disgregando, con el creciente peligro que representa un individualismo delirante que desvirtúa los vínculos familiares, las estructuras sociales en su vida afectiva y familiar, la falta de colaboración de unos para con otros. No ver más allá de nuestros propios intereses es también una manera de fenecer. Necesitamos poner, naturalmente, más vida en nuestras vidas, más coraje, más nervio a la hora de alegrarse con los demás, de conciliar posturas, de reconciliar lenguajes. El dominante egoísmo nos impide compartir nada, cuando en realidad vivir es donarse, comprender, entender y atender a quien nos pide ayuda. Qué lejos ha quedado para algunos moradores aquello de la buena vecindad, en la que todos nos socorríamos mutuamente en las pequeñas cosas cotidianas.

 

La vida es de cada uno de nosotros y hemos de protegerla como tal. Me preocupa, en consecuencia, el incremento de casos condenados a la pena capital. Vivir y dejar vivir es lo único verdaderamente importante y trascendente en nuestro transitar. Resulta intolerable, asimismo, esas abundantes riadas de menosprecios y violaciones de humanas energías, sobre todo si son débiles y marginadas. Uno tiene derecho, por dignidad propia, a ser dueño de sí mismo; y, la sociedad, en todo caso, ha de obligarse a hacer más llevadera la existencia a todos, sin excepción alguna. Causa verdadera tristeza, que la trata de personas sea el tercer negocio ilícito más rentable para el crimen organizado, después del tráfico de estupefacientes y el tráfico de armas, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC). Esto debería hacernos recapacitar para poner fin a este gravísimo delito, cuando menos acelerando un desarrollo mínimo vital para todos.

 

Tampoco ninguna vida merece ser corrompida por ideologías extremistas. Los sembradores del terror son auténticos criminales. Desean quitarnos la vida a cualquier precio. Sus hazañas nacen del odio. Son destructores de existencias. Hay que contrarrestar esta estúpida atracción. La venganza no son buenas para nadie. "Antes de empezar un viaje de venganza cava dos tumbas", decía en su tiempo el inolvidable filósofo chino, Confucio. Es un callejón sin salida. Ello entrañe, tal vez, una apuesta más decidida por difundir los valores de la vida, que al fin y al cabo está repleta de aspiraciones, el principal caminar unidos. De ahí, la necesidad de protección de los derechos humanos y el estado de derecho, que debe velar por toda vida, por insignificante que nos parezca. Nuestra existencia nos pertenece porque sí. Así de claro y así de hondo, de tal suerte que camine por el camino que uno quiera tomar; o sea, con el dominio absoluto de sí mismo y el intacto respeto a la vida de su semejante.

Miércoles, 16 Marzo 2016 23:19

La estupidez humana

Somos de una estupidez supina. Nos mueve la simpleza de la veneración de los ídolos. Y, sin embargo, apenas nos conmueve que nuestros propios entornos sean poco saludables. ¿Dónde está nuestro intelecto?. La majadería insiste siempre, vuelve a todos los foros, que no suelen aportar nada para el cambio, sino más de lo mismo, a pesar de que la propia especie pensante esté en peligro.

 

Lo que domina son las dinámicas de una economía sin moral alguna y de unas finanzas carentes de ética. Nada importa que las enfermedades no transmisibles como embolias, infartos, cáncer y padecimientos respiratorios representen dos tercios de las muertes debidas a espacios contaminados.

 

Para desgracia nuestra, en lugar de despertar, continuamos torpemente impurificando aguas, desnaturalizando cauces, adulterando hasta el mismísimo aire, mientras nos quedamos tan indiferente, tan pasivos, tan adormecidos.

 

A veces pienso que nos han adoctrinado en la indiferencia, en el borreguísimo de dejar pasar, de dejar hacer; pues, nada parece decirnos que unos 12,6 millones de personas mueran cada año debido a que viven o trabajan en entornos poco higiénicos, aunque lo avale un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS). No hay mayor destrucción para el propio ser humano que él mismo, que su estúpida maldad oculta en los numerosos dobleces que tenemos en nuestra personalidad, en nuestro modo de vivir excluyéndonos unos a otros, en nuestra singular convivencia.

 

Es cierto, el cambio empieza por cada uno de nosotros. Todos formamos parte de la solución. Ahora bien, tenemos que dejar de ser el problema. Por muchos cerebros que cosechemos, a través de las enseñanzas superiores, sus actuaciones van a ser estériles contra cualquier torpeza, disparate, desatino, insensatez, dislate, que esté de moda.

 

Considero, en consecuencia, una importante noticia que el próximo veintidós de abril, líderes procedentes de todo el mundo, se reúnan en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York para firmar el histórico Acuerdo de Paris, sobre el cambio climático. Indudablemente, hallaremos soluciones adecuadas si actuamos juntos y armónicos.

 

A mi juicio, hoy más que nunca, precisamos fomentar réplicas colectivas, generadas desde el profundo amor a la vida. Sólo así podremos ser capaces de superar actitudes de desconfianza y promover una cultura de la solidaridad, del encuentro y el diálogo. Más pronto que tarde deberíamos fraternizarnos con la sencillez, la naturalidad y la llaneza.

 

Nadie es más que nadie. Y todos somos necesarios, mal que nos pese. Decía, precisamente, Albert Einstein que "todo el mundo tiene que sacrificarse de vez en cuando en el altar de la estupidez"; y, en verdad, cuando menos deberíamos reflexionar sobre ello, pues no basta tener conocimientos, es necesario saber utilizarlos con responsabilidad.

 

A mí, personalmente, me cuesta comprender las riadas de daños que nos hacemos mutuamente; algo estúpido, pero que está ahí, en cada esquina, en cada rincón de nuestro planeta. ¡Cuántas veces jactándonos de sabios nos volvemos estúpidos!. Sea como fuere, este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente responsables. Al fin y al cabo, como decía José Saramago, "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos; sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir". Naturalmente, sí cada uno cuida su espacio, los espacios estarán protegidos. Es cuestión de compromiso.

 

Nos hace falta comprometernos con la autenticidad, pues siempre somos el principal responsable de lo que nos pasa. En ocasiones, pienso que estamos ante un enorme y dramático choque de maldades que nos sobrepasan; y, en medio de este conflicto, donde los incautos, estúpidos y malvados conviven, todos nos vemos implicados de alguna manera; y, por consiguiente, obligados a participar activamente, con el encargo ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida, en favor de nuestra casa común, en favor de nuestra existencia, de nuestro linaje en definitiva.

 

He aquí la palabra justa que nunca perderá vigencia: no es la violencia la que puede todo, sino el amor; tampoco es la estupidez concienzuda la que tiene la última palabra; sino la astucia, la sagacidad, la perspicacia, la que nos hace modificar actitudes, haciéndonos llorar ante nuestros errores y ante nuestras altanerías. ¡Aceptemos la enmienda!. Ya saben, también rectificar a tiempo es de sabios. ¡Muera la estupidez humana!.

Lunes, 15 Febrero 2016 12:36

Somos el pensamiento mismo del habla

Teniendo en cuenta que el tema del Día Internacional de la Lengua Materna de 2016, a celebrar el 21 de febrero, nos insta a profundizar en una educación de calidad, partiendo de la diversidad lingüística como gran riqueza, se me ocurre pensar en nuestras propias raíces filológicas, o sea en el pensamiento mismo del alma, que realmente es aquello por lo que existimos, nos movemos, sentimos y pensamos.

 

En consecuencia, toda comunicación es un auténtico diálogo en el que se entretejen un montón de sensaciones interiores con el plurilingüismo del cuerpo, que tiene en el seno materno que nos acoge la primera escuela de vida, donde comenzamos a familiarizarnos con los diversos universos que palpitan por doquier. Es este vínculo de familia el que da fundamento a la palabra, enhebrándonos a través de ella, desde la proximidad del espíritu, con aquellos que nos han precedido y nos han puesto en condiciones de cohabitar. Por eso, todos los linajes son fundamentales, aunque solo sea para redescubrimos, con ello estaremos creciendo en una trama unitaria de voces múltiples y cada una insustituible.

 

En este sentido, nos alegra que a través del proyecto "Sistemas de Conocimiento Locales e Indígenas", la UNESCO subraye la importancia de las lenguas maternas y locales como medios para salvaguardar y compartir las culturas y los conocimientos indígenas, que son grandes minas de sabiduría.

 

En efecto, la mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo, además de saber utilizar este conocimiento. De nada sirve cosechar títulos formativos si luego no sabemos escuchar, discernir, pensar; y, en igual proporción, ser humildes para poder reconocer nuestra propia ignorancia que es mucha, más de la que creemos. Estoy de acuerdo que el uso de las lenguas maternas en el marco de un enfoque plurilingüe es un componente esencial de la educación de calidad, que es la base para empoderar a las mujeres y a los hombres y a sus sociedades. Está bien, por tanto, reconocer y promover este potencial para no dejar a nadie rezagado y construir un futuro más justo y sostenible para todos. Pero el desafío debe ser aún más profundo, tenemos que aprender no solo a narrar, también a sentir.

 

La indiferencia es el gran problema de este siglo. En lugar de excluir, la especie en su conjunto, como comunidad viva ha de hallarse cercana, aprendiendo a acompañar, a compartir, a vivir en definitiva unida y a no hallarse contra sí misma. De ahí lo fundamental que es impartir la educación en la lengua materna, o sea en la del espíritu, para poder cambiar actitudes, pues tan prioritario como trasladar contenidos, es avivar sentimientos que nos conduzcan a hacer por los demás, lo que quisiera que hiciesen por mí.

 

Ciertamente, cada uno, niña o varón, mujer u hombre, debe contar con las herramientas necesarias para participar plenamente en la vida de la sociedad de la que forma parte: este es un derecho humano esencial y un vector de sostenibilidad en toda iniciativa de desarrollo; pero, igualmente, hemos de fraternizarnos todos los cuerpos más allá de las meras apariencias, pues la realidad es el alma, que es lo que verdaderamente nos sustenta como humanos. Considero, por consiguiente, que el Día Internacional de la Lengua Materna es un momento propicio para que todos nosotros nos pongamos a recapacitar sobre la importancia de la lengua vernácula, como lenguaje que llega al corazón del pueblo, como instrumento de concordia, al manifestarse con particular ternura, ya sea a través de una lengua local o una lengua de gran comunicación.

 

Las raíces maternas van a permanecer por siempre en ese destino colectivo de toda la humanidad, que ha de hacer todo lo posible por contribuir a la coexistencia armoniosa de la multitud de jergas que se hablan en el mundo. Precisamente, esta diversidad lingüística y cultural es quizá nuestra mayor oportunidad de cara al futuro: para la creatividad, la invención y la inserción. No la desperdiciemos. Con lucidez avivemos una diversidad reconciliada. No hay mayor conciliación para el espíritu de cada cual, que armonizar sentimientos y convenir que la belleza vive en nosotros a poco que la fomentemos, lejos de cualquier uniformidad, pues hay que reconocer y aceptar con alegría los diferentes pensamientos. No olvidemos que en toda lengua hay un mar en el que están cautivas todas las olas, con sus vaivenes de dichos y contradichos.

 

Quizás, eso sí, debiéramos pensar que lo que has de decir, antes de decirlo a otro, debieras decírtelo a ti mismo primero. Seguramente tendríamos menos conflictos a la hora de la acción, pues todas las lenguas han de partir del alma, consiguiendo de este modo, una mejor supervivencia de vidas y un acceso humanitario más inclusivo mediante el pulso de la acogida. Indudablemente, tras esta época inquietante se necesita que las lenguas se interrelacionen íntimamente, algo tan preciso como urgente en un momento en el que se viene quebrantando hasta los fundamentos morales de la propia existencia humana, con la consabida deshumanización en todos los idiomas del orbe. Ante esta realidad, sería bueno poner de relieve las múltiples funciones que tienen las lenguas para la formación del espíritu en el sentido más amplio y para la cimentación de una ciudadanía mundial más hermanada.

 

A veces se producen signos esperanzadores como el encuentro del Santo Padre Francisco con su Santidad Kiril, Patriarca de Moscú y de todas las Rusias, al "hacer un llamamiento a todos los países involucrados en la lucha contra el terrorismo, a las acciones responsables y prudentes". Otras veces, las lenguas son también puntos de inicio para el logro de un corazón más auténtico que nació para no estar quieto en ninguna parte.

 

Nos mueven tantos deseos, que no hay fronteras geográficas para impedirnos el impulso de saber mirar y ver a nuestro alrededor, nuestras propias miserias humanas. Los ortodoxos y los católicos a menudo trabajan hombro con hombro. Esto me gusta. Ellos defienden la base espiritual común de la sociedad humana, dando testimonio de los valores evangélicos. También las lenguas, que son el pedigrí de las naciones, a través de sus formas diversas de expresión generan conocimientos, dando prueba de los valores humanos. Valor es lo que se precisa para elevarse y conversar; pero también es lo que se requiere para escuchar y hacer silencio.

 

Al fin y al cabo, nada está perdido si se tiene la valía de hacerse valer con el valor de empezar de nuevo. Nunca es tarde para que las lenguas maternas convivan con otros pensadores y otros pensamientos, con la adquisición de otros lenguajes. Todas las lenguas están vinculadas entre sí por sus orígenes, al corazón de su generación, y las prestaciones que se hacen unas a otras, es lo que da claridad para comprender, escribir y expresar la realidad que nos circunda, donde siempre están presentes elementos de ensoñación y poesía, pues todo lo que somos es la consecuencia de lo que hemos madurado; fundado en nuestras reflexiones y concebido a través de nuestros pensamientos.

 

Ya lo decía Aristóteles, en su tiempo: "lo que tiene alma se distingue de lo que no la tiene por el hecho de vivir". No le faltaba razón. Hay un incesante esfuerzo, ya no solo por vivir, por comunicarse corazón a corazón. Es otra manera de estar. Son las relaciones entre conciencias lingüísticas lo que da sentido a la vida. Imagino, luego soy. Hágase pureza y materialidad.

Jueves, 28 Enero 2016 11:41

Lo importante será mantener el ímpetu

Es verdad que cada día estamos más acorralados por nuestras miserias. Hay como una explosión de desdichas, infortunios y desgracias, que nos desilusionan, cuando en realidad lo que tenemos que mantener es el ímpetu para poder seguir adelante. Sea como fuere, no podemos permanecer en las tragedias, necesitamos poner en valor nuevos anhelos, con lo que esto supone de oportunidad y vida. Esto no es nuevo, nuestra historia como especie es un diario de contrariedades, de avances y de crisis, de lucidez y de estancamiento; pero, no por ello podemos pensar en clave apocalíptica, aunque tengamos la tentación de hacerlo, al contrario necesitamos activar el intelecto y la voluntad de cambio.

 

Pienso que es tiempo de conversar mucho, también de escuchar más, para poder confluir en nuevas ideas que nos pongan en movimiento. Considero, por tanto, que no hay futuro para ningún país, para ninguna sociedad, si no sabemos ser todos más humanos, o sea, más fraternos y solidarios. Por consiguiente, cada día estoy más convencido de la necesidad del reencuentro del ser humano con su propio linaje, lo que exige una buena dosis de amor para que se impulse la cultura del acercamiento. El ser humano no puede aislarse en su propio endiosamiento, necesita compartir, vivir la cercanía, sentirse parte del engranaje de la vida, para poder encender en su corazón la esperanza. Sin ella, no hay vida, se pierde todo estímulo vital, perdemos perspectiva, los horizontes se limitan y la realidad misma nos atrofia.

 

Ante esto, lo que procede es tomar conciencia de un mundo herido, que precisa restablecerse, y, por eso, tenemos que ser capaces de construir auténticas relaciones humanas, sustentadas en el respeto de unos para con otros y en la autenticidad del lenguaje en coherencia con el hacer. Deberíamos, pues, impulsar esta multiculturalidad, para que disfrutando de su inmensa riqueza, podamos convivir nuestras diversas identidades. Espero ardientemente que el sentido de unión y unidad ciudadana no se ponga en entredicho jamás. El mundo necesita manos abiertos, que sepan cobijar y no marginen; también manos ilusionantes y pacificas, que sepan armonizar en lugar de enemistar. Quizás tengamos que dar un mejor uso a los altavoces para llegar al corazón de las gentes.

 

Ejemplo preocupante de esto es el dramático fenómeno de los grupos terroristas que continúan utilizando internet y las redes sociales para sus actividades, incluida la incitación a cometer actos terroristas, el reclutamiento de combatientes, así como la preparación, financiamiento y ejecución de ataques. Desde luego, una convivencia basada en relaciones de interés, y no de amor; de poder y no de servicio, no tiene nada de humano.

 

En consecuencia, deberíamos tomar otro ánimo más desprendido, ponernos en el lugar del otro, vivir con el otro y por el otro; porque al fin, todos somos lo que somos por los demás. Nos interesa, en consecuencia, un mundo más habitable, con menos negocio y más acción comprensiva. Soy de los que piensa que debemos recomenzar de nuevo, y para esto hace falta ese ímpetu de obrar acorde con los principios de derechos humanos. Pero claro, para este nuevo inicio, hace falta antes reconciliarnos de verdad unos con otros. La humanidad no ha aprendido aún que los riesgos de dar armas a los grupos que hoy se consideran "combatientes por la libertad", mañana serán terroristas, como ha ocurrido en repetidas ocasiones.

 

Por muchos golpes de pecho que nos demos, aún no hemos asimilado los errores del pasado. Sabemos que la violencia no lleva jamás a sosiego alguno, y dejamos que se acrecienten los hechos delictivos. Estamos al corriente de que las armas son el mayor negocio, y renunciamos a destruirlas.

 

Otras veces hablamos de asistencia humanitaria, y en realidad es asistencia interesada. Lo verdaderamente repugnante es que la maldita mentira, o la verdad mal entendida, o el silencio de la complicidad, nos esté dejando una podredumbre que, ciertamente, nos desconsuela. Aún estamos a tiempo, para quitarnos las angustias y tomar el impulso del ciudadano despierto. Querer es poder. Que una luz reaviva otra luz, pues casi siempre vive mejor el pobre dotado de valentía que el rico sin ella.

Lunes, 25 Enero 2016 11:26

Un mundo sin proyectos humanos

  Reconozco que cada día me cuesta más vivir en este mundo de necedad, donde los hechos inhumanos proliferan por doquier. Estamos siempre renegando de todo y de todos, a veces por nada, pues lo importante no es destruir caminos, en ocasiones por absurdo patriotismo, sino elevar puentes que den cobijo al ser humano, provenga de donde provenga. Personalmente, hace tiempo que lo vengo advirtiendo en sucesivos artículos. Sin duda, este drama deshumanizador, que solo entiende de prosperidad material y de egoísmos, debe hacernos repensar sobre nuestros innatos principios para poder enmendar proyectos que nos hagan volver al verdadero descubrimiento existencial: ¡de un mundo, un corazón!

 

Para llevar esto a buen término, los líderes no pueden ser insensatos y eludir sus responsabilidades y obligaciones, ya no sólo en virtud del derecho internacional, también como guías de una sociedad que no puede atrofiarse en su proceder y, aún peor, decaer moralmente. Así no es posible la convivencia humana, pero tampoco la continuidad de un linaje globalizado, que vive de las apariencias y del engaño continuo de unos contra otros. Ahí tienen el caso de los refugiados. Necesitan ser tratados de manera humana a lo largo de la ruta de los Balcanes occidentales para evitar una tragedia humanitaria en Europa, pero actuamos con una indiferencia que nos deja sin alma.

 

Quizás los migrantes que no estén en necesidad de protección internacional también deban ser devueltos rápidamente a sus países de origen, pero hacemos nada por activar la madurez de lo que somos: seres pensantes. Por tanto, es hora de aunar esfuerzos de lucha contra los planes interesados de destrucción de vida y deshumanización, perpetrados en parte por ese otro mundo de privilegiados dominadores, que presentan las cosas como si fueran buenas, inventando hasta políticas sociales que no son, cuando la realidad cotidiana nos insta a ser constructores de existencias desde la donación, con un compromiso más éticamente humanístico.

 

Un mundo sin proyectos humanos no cabe en continente alguno. Pongamos por caso, el continente europeísta, uno de los espacios activistas de la cultura occidental, sumido en no saber acoger vidas humanas, en tantas turbulencias económicas y de finanzas, con un auténtico naufragio corrupto muchas veces y, sobre todo, con una frialdad de espíritu sin precedentes.

 

Lo que conlleva una falta efectiva de preocupación por los demás, activada por una ruin concepción del ciudadano incapaz de abrazar la verdad y de vivir, en su conjunto, una verdadera ciudadanía de dimensión social. Lo mismo sucede con África, la cuna de la humanidad, incapaz de mantener el reto de su esencia y el turismo por culpa del terrorismo y el ébola. Sabemos que los peligros estallan allí donde la gente sufre mala gobernanza y violaciones de derechos humanos, pero hacemos nada por fraternizarnos.

 

Mucha gente todavía se dedica al culto de los ídolos. En idéntica deshumanización se mueve el continente asiático, el más extenso y poblado del planeta, hundido en los riesgos de las disputas territoriales, la presencia de armas nucleares y la pobreza extrema de millones de personas. Igual semejanza para los continentes de América y Oceanía, donde el desencanto y la pobreza genera conflicto, ante la injusta distribución de ingresos e inclusión social. Por suerte, algunos pueblos aún conservan instintivamente un fuerte sentido de comunidad, aunque en ocasiones nos desborda el odio y la venganza, en lugar de la reconciliación y el vínculo humano. Y, por si fuera poco el desajuste en el cosmos, los efectos de nuestro irracional caminar, donde todo lo contaminamos y destruimos. Por todo ello, tal vez nos falte corazón y nos sobre mundo para abordar la desorientación que vive la especie humana en el momento actual.

 

En realidad, hemos convertido al planeta en lo que somos, en un linaje de irresponsables endiosados. Se me ocurre meditar, dado que el día 6 de febrero, se celebra el día internacional de tolerancia cero con la Mutilación genital femenina, en la tendencia creciente, por parte del personal con formación médica, de este tipo de aberraciones humanas.

 

Lo mismo de preocupante es la progresiva pérdida de biodiversidad, pero la pasividad es tan manifiesta que nos deja sin verbo, o sea sin coraje, para ser más cuidadoso hasta límites que nos degradan, ya no sólo la calidad de vida humana, también la arrogancia con la que nos tratamos unos a otros. El problema es que no disponemos todavía de proyectos verdaderamente humanos, capaces de humanizarnos, y así poder enfrentar esta crisis de humanidad, con liderazgos auténticos que marquen caminos que nos hermanen, buscando atender las necesidades de todos, sin excepciones, mundializando los sistemas normativos que incluyan límites infranqueables en favor de la ciudadanía de todo el planeta. Al fin y al cabo, todos estamos conectados a todo, por eso se requiere un constante desvelo ante los problemas de la sociedad, con la ternura necesaria, la compasión precisa y el activo humano como desvelo.

 

Sin duda, el mejor proyecto humano es aquel que invierte en las personas. Desde luego, no puede haber pilar social, si antes en el mundo no se fomenta el espíritu comunitario, escuchando la voz de los pueblos, de todos los pueblos, teniendo en cuenta su situación para poder interpretar de manera adecuada sus expectativas. A mi juicio, únicamente, el ser humano progresa, cuando su interior se reconoce como parte de la vida. No cabe, pues, la exclusión o marginalidad de nadie. Aquella ciudadanía excluyente es una ciudadanía inhumana en retroceso que, por otra parte, jamás será feliz.

 

Con razón hoy en día, la buena salud mental es fundamental para que las personas materialicen su potencial, superen el estrés normal de vida, trabajen de forma fructífera y hagan aportaciones a su comunidad. En esto también quedan muchos aspectos por resolver, y así acrecentar nuestra innata humanidad, como el descuido de los servicios y la atención a la salud mental o las violaciones de los derechos humanos y la discriminación de las personas con trastornos mentales o discapacidades psicosociales.

 

Sea como fuere, este número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que nos entrecruzamos, nos exige cuando menos ser más comprensivos, sabiendo que todos los continentes con sus mares forman una unidad y que su ciudadanía comparte un destino común. Las numerosas situaciones de desigualdad, pobreza e injusticias, nos revelan una profunda falta de proyectos humanos. Por desgracia, no pasamos de las meras intenciones. Aún nos falta sentirnos parte unos de otros para poder avanzar como especie. Unos hablarán de la fraternidad de los humanos. Otros conversarán de la solidaridad entre humanos.

 

En cualquier caso, convendría reeducarnos en los sentimientos de auxilio, pensar en los vínculos que nos unen, madurar sobre la base de un auténtico corazón generoso, florecer despojados de codicia; y, así, podremos acrecentar otros lenguajes más del orbe que de la tierra. Seguramente, deberíamos dejarnos absorber por lo armónico, y eso sólo se conjuga con la bondad y la verdad, con la belleza y la conjunción, con la consideración a toda vida por insignificante que nos parezca.

 

Confiemos en que los planes educativos sepan obtener en un futuro próximo lo mejor de cada uno y alcancemos, de este modo, las más altas cotas de humanidad jamás conseguidas. En ocasiones, basta con que un ciudadano respete a otro para que el respeto vaya corriendo por toda la ciudadanía. ¡Probémoslo!

El mundo no progresa lo suficiente, por mucho que se nos llene la boca de avances; es más, considero que, en ocasiones, tal vez demasiadas veces, se retrocede en la medida que cada día el ser humano es más dependiente de dominadores sin escrúpulos. Lo cierto es que la libertad no es únicamente para soñarla, es también para vivirla, como camino de esperanza, como estrella-guía, pues cada persona ha de poder ser ella misma, y no un producto de mercado. Téngase en cuenta que lo importante no es crear condiciones económicas favorables, que suelen desembocar en un final perverso, sino que también hay que activar la convicción interior, cada cual consigo mismo, de ser dueños de su propia existencia. De lo contrario, no seremos felices puesto que en la misma búsqueda interna nos sentiremos ahogados, oprimidos, sin fuerza para proseguir camino alguno. De nada va a servir la libertad de expresión, si la libertad de pensamiento, está tomada por los que mueven los hilos del poder. Lo mismo sucede con la libertad de movimiento, tampoco va servir de mucho, si luego nos encontramos con el muro de la exclusión. El día que deje de ser un privilegio de algunos la libertad de acción, y pase a considerarse un hábito a cultivar por todos los ciudadanos, entonces sí que habremos florecido responsablemente.

 

No hay que tener miedo a despojarnos de aquello que nos ata, luego, nadie tiene derecho a mandar sobre los demás de manera desenfrenada. De esta autonomía responsable del ser, es de donde ha de nacer una libertad ilimitada de conciencia, una libertad absoluta de cultos y de ideas, una libertad que nos impida ser esclavo de nadie; y, de este modo, poder pensar y hablar sin hipocresía, poder ser y actuar francamente. Con razón, el verdadero conocimiento y la autentica libertad se halla en los sembradores de la verdad y de la justicia y en el compromiso de cada individuo por el bienestar de nuestros semejantes. Estimo, subsiguientemente, que es una buena noticia haber pensado este año para conmemorar el día de los derechos humanos (diez de diciembre), en el tema de las "libertades" que se desprenden de la dignidad inherente a la persona humana, reconociendo que, con arreglo a la Declaración Universal de Derechos Humanos, no puede realizarse el ideal del ser humano libre, liberado del temor y de la miseria, a menos que se creen condiciones que permitan a cada persona gozar de sus derechos económicos, sociales y culturales, tanto como de sus derechos civiles y políticos, considerando, que la Carta de las Naciones Unidas impone a los Estados la obligación de promover el respeto universal y efectivo de los derechos y libertades humanas.

 

Dicho lo cual, si en verdad queremos progresar como especie humana, tenemos que coartar la tiranía de ciertos fanáticos que gobiernan con desprecio a las personas, con inmoralidad manifiesta, y con una libertad que no respeta la autonomía del prójimo. Precisamente, un día antes, el nueve de diciembre, Naciones Unidas, con motivo de la conmemoración del Día Internacional contra la corrupción, nos invita a romper estas cadenas, un complejo fenómenos social, político y económico, que afecta a todos los países para desgracia de todo el planeta. Por ejemplo, socava las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, pervertir el imperio de la ley y crear atolladeros burocráticos, cuya única razón de ser es la de solicitar sobornos. También atrofia los cimientos del desarrollo económico, ya que desalienta la inversión extranjera directa y a las pequeñas empresas nacionales les resulta a menudo imposible superar los gastos iniciales requeridos por esta actitud de podredumbre. Al final, la factura de todos estos desórdenes a quien más golpea es a los desfavorecidos, ya que el mundo y sus moradores no puede afrontar por más tiempo el gasto que representa la corrupción ni tolerarla. De ahí, lo importante que es unirse para luchar por la justicia y la equidad en el planeta, dejándonos guiar por la ética, la transparencia y la rendición de cuentas públicas, o sea, por la estética de un orbe fraternizado.

 

Además, sólo se progresa cuando se piensa en unión, haciendo de la unidad una apertura de horizontes, para poder mirar lejos y en qué sentido actuar, cuestionándonos con valentía nuestro modo de ser, de compartir, de administrar, de servir para procurar el bienestar de toda la ciudadanía. El mundo actual se enfrenta a diversos problemas, como la desigualdad, la discriminación y la intolerancia; a lo que hay que sumar, el cambio climático, el terrorismo y el extremismo violento. A mi juicio, el mayor progreso radica en inculcar una mentalidad de una cultura armónica, que reconsidere al ser humano como lo más importante, con una nueva conciencia del poder intemporal de la Declaración Universal de derechos humanos, haciendo todo lo posible para defender los ideales, entre los que está ese don excelente de la naturaleza como es la libertad con sentido responsable, algo propio y exclusivo de los seres racionales, y las aspiraciones ciudadanas, que son válidas para todas las culturas y todas las personas. Ahora bien, esta ansiada libertad, concedida indistintamente a todos y para todo, no radica en el capricho, sino más bien en la prudencia humana, que ha de considerarse legítima en la medida que nos ayude a crecer y a convivir.

 

En efecto, cada individuo es un buscador de vida, o de verdad si quieren, más allá de un corazón encerrado. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a vivir según los principios moralistas de esa autenticidad hallada. No se entiende, en consecuencia, que subsistan verdaderas persecuciones por motivos de pertenencia religiosa, e incluso se activen contiendas. Esto nos contradice como personas de verbo, nos hiere el raciocinio, y por ende, también dificulta la concordia y humilla algo tan níveo como la propia dignidad humana. Quizás, por ello, sería saludable educar para el ejercicio de la libertad, que, a mi manera de ver, ha de reconocerse lo más ampliamente posible y no debe restringirse sino cuando es necesario y en el modo que lo sea. Un mundo que avanza, efectivamente, es un mundo que se humaniza con un corazón solidario e ilusionante, que se reinventa cada día con una cultura de proximidad, de acercamiento, de encuentro y de diálogo.

 

Para ese cultivo, sabemos que la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos ha sido galardonada hace años con el récord mundial Guinness por haber recopilado, traducido y difundido la Declaración Universal de los Derechos Humanos en más de 380 idiomas y dialectos: desde abjasio hasta zulú. La Declaración Universal es, por tanto, el documento más traducido, de hecho, es el documento más universal del mundo. Ahora nos queda darle fundamento, razón de vida, a ese lenguaje, donde cada ciudadano tiene derecho a ser oído, a decir lo que piensa o a dejar claro lo que quiere. Por desdicha, muchos pobladores de todos los países vienen expresando claramente que están hartos de que sus dirigentes les traten con humillación y haga caso omiso a sus necesidades. Habrá que escuchar más y, sobre todo, pensar en arroparnos más, máxime cuando miles de ciudadanos, mujeres y niños, son torturados hasta la muerte, violados, bombardeados, tiroteados, obligados a abandonar hasta sus hogares y privados de alimentos, agua, electricidad, educación o atención sanitaria. Se trata de gobiernos, o de colectivos, que siguen comportándose como verdaderos animales, sin importarles para nada el ser humano, y aún menos, el Día de los Derechos Humanos. Para ellos, todos los días son días de sangre en vez de días de luz y, el planeta, una selva para compartir un mismo odio en lugar de un mismo amor.

Lunes, 30 Noviembre 2015 10:55

El voluntariado como agente de esperanza

Tenemos que despojarnos de guerras y sufrimientos. Es cierto. La realidad es horrible, sí quieren espantosa, pero tampoco podemos dejarnos atrapar por la tristeza y, aún peor, permanecer abatidos por el desconsuelo. Seamos personas de esperanza, de saber mirar y ver, pero jamás debemos asustarnos por nada, ni por nadie.

 

Al fin, todo tiene su momento, su revisión, nada es perenne, pues aunque la situación actual sea grotesca, con un color antiestético que nos reviente la mirada, debemos soportarlo con paciencia, pero también con valentía. Hay muchos, muchos pueblos, ciudades y ciudadanos, mucha gente, que sufre; muchas guerras, mucho odio, mucha envidia, mucha mundanidad anímica y mucha corrupción; pero todo esto caerá más pronto que tarde, o más tarde que pronto, y nos servirá para recapacitar, con la cabeza siempre en alto, sobre lo vivido y lo que nos queda por vivir.

 

Precisamente, es desde esta dimensión de la memoria, como construimos el presente y nos renovamos, mirando hacia adelante, pues lo peor que nos puede pasar, es quedarnos anclados en nuestra propia historia, sin hacer nada por nosotros, ni por nuestros análogos, o por el orbe mismo. Somos personas de acción y reacción, de andares y sendas, siempre en búsqueda y auxilio. Nos necesitamos unos a otros. Un equipo de socorro traslada en su coche a un niño al hospital. Una familia, en la que ninguno de sus miembros trabaja, puede comer caliente gracias a la solidaridad de la gente de su barrio. Una mujer maltratada por su compañero ha quedado a salvo, refugiándose en el piso de una vecina. Son acontecimientos tremendos que se repiten por todo el mundo.

 

Nadie estamos totalmente a salvo. Viendo estas situaciones se me ocurre pensar en tantísimos voluntarios que ofrecen su tiempo, su formación y sus recursos en las personas que más lo necesitan. Cuando bebas agua, dice un proverbio chino, que recordemos la fuente. El agradecimiento nunca está demás. Justamente por ello, el Día Internacional de los Voluntarios (cinco de diciembre) nos brinda la oportunidad de mostrar nuestra gratitud a las numerosas personas de bien que actúan con esa generosidad, y de animar a otros a que sigan su modelo.

 

Estoy convencido que este impulso humano, lo que hace es humanizarnos mucho más a todos, querernos por principio y abrazar un sistema de vida más esperanzador para todos. Partiendo del dicho: "de bien nacidos es ser agradecidos"; estos agentes de esperanza, que son los voluntarios, con su labor de servicio desinteresado e incondicional con el prójimo, sin duda contribuyen a generar un cambio positivo para otros, pero además, ellos mismos, también se ven transformados con su quehacer.

 

Por consiguiente, aplaudo a todos los que se donan sin condiciones, a los que trabajan gratuitamente en beneficio de la colectividad, a los que ponen su vida en riesgo por salvar vidas ajenas, pues su presente de lucha es nuestro futuro de fraternización, encaminado a prevenir conflictos, a socorrer a las sociedades para que puedan recuperarse de las inútiles contiendas, o la de prestar asistencia en las situaciones de crisis.

 

Evidentemente, el voluntariado se sustenta en los valores humanos, en la solidaridad más profunda, y en la confianza de su mismo linaje, transcendiendo cualquier frente o frontera cultural, lingüística, religiosa y geográfica. En este sentido, la misma Carta de las Naciones Unidas, al iniciar con las palabras "nosotros los pueblos", nos recuerda que idear soluciones para los problemas mundiales no es tarea sólo de los gobiernos, sino también de la ciudadanía en particular, de las comunidades y la sociedad civil en su globalidad.

 

La esperanza, -como decía el poeta latino Ovidio-, "hace que agite el naufrago sus brazos en medio de las aguas, aún cuando no vea tierra por ningún lado", y ciertamente, estos millones de voluntarios que se dejan la vida en promover un desarrollo para todos y la paz como horizonte, son tan necesarios como imprescindibles. Juntos vigoricemos los marcos institucionales en que se apoyan estos agentes que unas veces consuelan, otras reaniman y tranquilizan con su efervescente ilusión.

 

Unidos, utilicemos este recordatorio del cinco de diciembre, para activar el voluntariado como expresión de nuestra humanización y como manera de promover el respeto mutuo entre todos. Más allá de cualquier interés mundano, ha de prevalecer esa unidad de corazón, esa unanimidad de esperanza, esa armonía de los sentimientos en el amor, en el amor mutuo, tratando de ser compasivos unos con otros, considerados con nuestro análogo, dejando con humildad el lugar al otro que necesita de nuestro auxilio. Desde luego, el voluntariado que lo es de corazón, no sólo crea fortaleza, resistencia y solidaridad comunitaria, también genera un espíritu de reencuentro y concordia, consigo mismo y con los demás. Ellos son los primeros que descubren que hay más dicha en dar que en recibir.

 

Quizás ahí resida la verdadera felicidad, la que con tanto desvelo buscamos. Recordemos que al fin, cuando todo parece perdido, siempre hay un corazón que nos responde; es un vivo anuncio de que el ser humano jamás está solo, que camina con la humanidad de cada época, a pesar de tantas exclusiones que nos discriminan. Por tanto, el voluntariado constituye un vehículo sumamente necesario que permite que la población participe en la vida de sus sociedades, muy en especial aquellos grupos vulnerables y marginados, así como las personas de edad o los discapacitados.

 

De este modo, frente a la desesperanza que hoy día impera en el mundo, se contrapone el amor de multitud de voluntarios, dispuestos a dejarse los mejor de sí, en favor del otro, y que se manifiesta como cultivo de esperanza, a través de una implicación seria y responsable; no en vano, Naciones Unidas acaba de apostar por el voluntariado como el motor del desarrollo en Latinoamérica, contribuyendo a que los gobiernos rindan cuentas y respondan a las demandas de los ciudadanos.

 

Efectivamente, el programa Voluntarios de las Naciones Unidas (VNU) es el principal ente de voluntariado en el sistema de las Naciones Unidas, y su labor es encomiable: apoya la paz, ofrece socorro y promueve iniciativas de desarrollo en casi ciento cuarenta países. Naturalmente, este voluntariado beneficia tanto a la sociedad en su globalidad como a los individuos que lo ejercen, ya que refuerza la confianza, la solidaridad y la reciprocidad entre los ciudadanos, al tiempo que crea oportunidades de involucración.

 

Esto nos hace, reivindicar cada día con mayor tesón, el reconocimiento de los voluntarios, como fuerza motor de humanización, en un planeta muy deshumanizado. Está visto que el silencioso heroísmo de algunas gentes del voluntariado son una escuela de vida, con la clave de la esperanza, para los jóvenes y menos jóvenes, para todos nosotros en definitiva. En cualquier caso, no olvidemos que nunca será tarde para buscar un mundo mejor y más renovado, si en el empeño ponemos coraje y esperanza, o lo que es lo mismo, fortaleza y voluntariado.

Lunes, 24 Agosto 2015 00:00

Mundos destructivos y destructores

 Hay un mundo pasivo, que no acierta a defenderse con la razón y ensaya todo tipo de armas como autodefensa, o quizás como venganza o hasta divertimento, mientras también hay un mundo sin corazón dispuesto a destruirse, sin importarle nada. Tanto es así, que desde que en 1945 se llevaron a cabo los primeros ensayos nucleares, no cesaron de realizarse pruebas de todo tipo, sin prestar mucha atención a sus efectos devastadores sobre la vida humana.

 

Considero, por tanto, que sería muy bueno al cumplirse los setenta años desde el comienzo de esta nefasta era nuclear, y haciendo coincidir este aniversario con la onomástica (29 de agosto: Día Internacional contra los Ensayos Nucleares), se reconsiderase el Tratado de Prohibición Completa, para que pudiese entrar en vigor un instrumento fundamental, después de casi dos decenios de que se negociara, por ser jurídicamente vinculante y verificable para limitar el desarrollo cuantitativo y cualitativo de este tipo de tormentos tan destructivos como destructores.

 

Tan solo desde la confraternización se puede generar otro clima más esperanzador y menos frustrante, por lo que conviene recordar que "uno somos para todos", y también "todos somos para uno", y, por eso mismo, educar y reeducarse en no considerar al prójimo un enemigo o un adversario al que destruir, si no alguien próximo, ha de ser nuestra permanente lección de convivencia.

 

No olvidemos que cuánto más se arman los países, más se acrecientan los peligros de guerra, que de algún modo hallan su aliento precisamente en este tipo de artefactos; sin embargo, cuanto más disminuyen los arsenales bélicos, menos se atiza la tentación de valerse de ellos. A propósito, reconozco que me impresionó hace días que un grupo de jóvenes, denominados "poetas por la paz", reivindicase a través del verso el desarme del mundo y concentrasen toda su energía en el reencuentro del ser humano consigo mismo, libre de ataduras, poniendo el acento en los principios éticos y en la estética del camino a trazar.

 

Al final yo le propuse que se denominasen "poetas por el desarme". El mundo les necesita, y tan importante como avivar lo armónico, es apagar esta filosofía armamentística que lo que hace es generar espacios inseguros. La paz, como decía uno de los poetas intervinientes, es la confluencia de sentimientos poéticos.

 

De modo que si los esfuerzos de reducción de los armamentos y el posterior desarme total no van conducidos de manera relacionada por un enderezamiento moral, o si quieren versátil, están destinados de antemano al fracaso. De ahí la importancia de esta siembra de versos, emanados de corazones jóvenes, con deseos de embellecer el hábitat, pero también con la necesidad de gritar para que disminuyan las desigualdades clamorosas y la justicia gobierne más allá de los lenguajes. Si en verdad se quiere otro mundo más unido, inevitablemente hay que luchar por la rectitud.

 

Pero para este combate únicamente es preciso un deseo definitivo de unidad, de concordia entre unos y otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino personas a los que socorrer y amar.

 

Por desgracia, seguimos sufriendo los efectos de las guerras. El ser humano aún no ha aprendido a renunciar a la vía de las armas, y no sabe, o no quiere por su particular egoísmo, recurrir al encuentro del otro con el diálogo, la clemencia y la mediación. Es la única manera de despojarnos de este mundo destructivo y destructor. Con frecuencia, Naciones Unidas nos llama a la conciliación, a redoblar los esfuerzos para resolver diferencias a través del razonamiento, al tiempo que se abstienen de tomar cualquier medida que no sea propiciar el buen talante pacificador. Esta es la salida, y no la de las armas que imponen terror y destrucción. Por eso, aplaudo públicamente la voz de estos poetas jóvenes entusiasmados por embellecernos de pensamientos lúcidos, pues si los acuerdos internacionales son altamente deseables y necesarios, también se precisa una humanidad que no muestre indiferencia, y reconozca en el otro un ser del que ocuparse y preocuparse, con el que colaborar para construir un mundo más habitable para todos. Desde luego, ante una ideología de odio y exclusión capaz de derrumbarlo todo, como ha sido recientemente la destrucción del Monasterio Mar Elián, ubicado en la ciudad siria de Al Quariatain, en Homs, por el grupo terrorista ISIS, lugar de peregrinación de la comunidad cristiana siria, no sirve solamente la condena, hemos de ver la manera de que estos hechos no vuelvan a repetirse, puesto que una sociedad que se apoya en la violencia, aparte de deshumanizarse, se embrutece y aprovecha cualquier ocasión para la venganza. Naturalmente, es imposible organizar una humanidad sobre el miedo, el rencor y la crueldad, no perduraría; pero, también, hemos de pensar en el poder de destrucción que tienen algunas armas nucleares y sus ensayos. En este sentido, la educación como trampolín para obtener lo mejor de uno mismo, estoy convencido de que puede desempeñar un papel clave en el impulso del entendimiento mutuo, con la fraternización de los corazones, la promoción de la paz y el fomento del desarme. En cualquier caso, pienso que ha llegado el momento de que el ser humano se aleje de este afán destructivo y destructor, y se empeñe más en descubrir verdades, ya que si la guerra es el arte de destruir vidas humanas, muchas veces la política se ha convertido en el arte de engañarnos. Y esto, yo diría que es grave, gravísimo, puesto que si todos anhelamos la paz, pongamos más alma que armas, más versos que bombas, más veladores de artilugios que actuantes de envidia, sabiendo que la quietud lograda a base de sobresalto y pavor, no es más que una tregua. En ocasiones reflexiono, y me digo, cuánta necesidad tenemos de amor para contener esta irracional carrera destructiva. Esta industria del caos, que todo lo destruye a su paso, lejos de entrar en quiebra, parece como que ha tomado un nuevo auge. ¡Qué ruina más repelente y absurda!. Es la cultura de la necedad, de adueñarse de lo que es de todos y de nadie, lo que nos impide retornar a ese camino de recreación con la construcción de la familia humana. Por tanto, hemos de repudiar esta lucha que lo devasta todo, y hemos de reconsiderar al rival como uno de los nuestros, pues todos tenemos el derecho a pensar diferente, reconociendo que esta manera de actuar no es ningún avance, más bien es un retroceso de desorden, y por ende, de espiritual insatisfacción y desesperación. "En el derecho público, -decía el escritor y político francés Montesquieu (1689-1755)-, el acto de justicia más severo es la guerra, porque puede tener por efecto la destrucción de la sociedad". Y, evidentemente, una colectividad destruida, o dividida, es incapaz de reponerse del desastre cuando se ha vuelto dependiente del endiosamiento de la ciencia y la tecnología, y máxime cuando ya no respeta al ser humano como tal, sino al ser humano con poder. Esto pasa cuando la mentira está instalada en un pedestal y nuestra vida moral en un sillón podrido. En consecuencia, no sólo debemos analizar nuestro propio estilo de vida, si es acorde con la conservación del medio ambiente, también hemos de repasar sí nuestro itinerario interior da sentido al valor del camino y al ser del caminante, que ha de construir y no destruir, o como diría Machado, "hacer camino al andar".

  Cada día estoy más convencido que el ser humano ha de armarse menos y amarse más; y, en consecuencia, debe ir pensando en establecer un final para toda contienda, antes de que un clima de absurdas rivalidades tomen como reo al propio ciudadano como tal, estableciendo un fin para toda la especie humana. No podemos seguir deshumanizándonos. Hemos de tomar la conciliación como verbo y, entonces, comprenderemos que nada de lo que ocurra a un individuo, por insignificante que nos parezca, puede resultarnos ajeno a nosotros.

 

Realmente, ha llegado el momento de generar un sentimiento mundial de cercanía, activado con la fuerza revolucionaria de aglutinar todas las culturas, para poder identificar y obligar a rendir cuentas a tantos responsables del uso de tantos artefactos que, no solo destruyen la ilusión, sino que matan, como los relativos a la utilización de sustancias químicas tóxicas, que a pesar de estar prohibidas, continúan siendo utilizadas.

 

Un mundo cruel vierte sus venenos sobre inocentes y, vemos de un lado, las ingentes riquezas dominar a su antojo las economías, y del otro, la innumerable multitud sufriente, que debería renovar el compromiso con los valores humanos. Ojalá hubiese muchos trabajadores humanitarios, dispuestos siempre a socorrer a las personas necesitadas. A mi juicio, la supervivencia del linaje va a depender mucho de estos heroicos obreros de la donación y de la entrega generosa, siempre dispuestos a dejarse la vida por una causa común, como es la justicia, la dignidad y el desarrollo.

 

Este es el espíritu humanitario que precisa hoy el planeta como jamás. Evidentemente, renunciar a nuestra identidad es un improcedente acto de resignación, igual que desistir de nuestra libertad, de nuestra calidad de ciudadanos del mundo, y, por ende, de todos los deberes de la ciudadanía. Los países tampoco se pueden utilizar como campos de batallas, sino como lugares donde es posible el diálogo y los acuerdos. Quizás deberíamos ser menos sectarios, más incluyentes y más democráticos; puesto que un pueblo digno de tal armonía, hace sentir al ciudadano la conciencia y la validez de su voz, de sus obligaciones y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la autonomía y de la dignidad de los demás. Me gustaría subrayar, pues, que ciertamente ante las más altas cotas de miseria, que hoy respira el mundo, se precisan obreros que nos hermanen con urgencia, declarando si es preciso: la guerra a las guerras.

 

Es cierto, de pronto, parece que el espíritu de la invasión se ha apoderado de toda la humanidad. Todos los días hallamos combates en los medios de comunicación. La hostilidad se ha adueñado de nuestro lenguaje, en parte porque nos hemos distanciado unos de otros, y aunque el odio no se compra en los mercados, sí que hay un escandaloso comercio guerrero que debiéramos cortarlo de raíz. Realmente, esto se produce cuando la persona, cúspide de la creación, pierde de vista el horizonte de belleza y de desprendimiento, y se encierra en su propio egoísmo.

 

Con razón, una persona egoísta sería capaz de levantar una muralla con tal de sentirse señor y gobernante. Precisamente, es el altruismo de los asistentes humanitarios, su espíritu solidario, lo que debe animarnos a reflexionar y a impulsar, como referente y referencia, la conmemoración del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria (19 de agosto).

 

Estas gentes de bien, o si quieren de bondad y verdad, han preferido enrolarse a echar una mano a los empobrecidos de esta vida, muchas veces abandonando la comodidad de sus hogares. Sus esfuerzos por salvar vidas, en ocasiones en sitios inseguros y en lugares de gran peligro, merecen el mayor de los reconocimientos. Además, con su quehacer, están haciendo familia, construyendo un mundo más unido y reconstruyendo un espacio más fraternizado, en una tierra adueñada por un diluvio de injusticias.

 

Al fin y al cabo, nosotros mismos somos nuestros propios destructores, y así, nada puede destruirnos, excepto la humanidad misma con sus miserias. Sería saludable, por consiguiente, que nos interrogáramos y examináramos nuestra particular existencia, para ver si hacemos lo suficiente por los demás, o aún podemos implicarnos más. No olvidemos que todos somos dependientes de todos, por más que reivindiquemos nuestro espacio de independencia.

 

Está visto que cuando la ciudadanía piensa sólo de manera partidista, en sus propios intereses y en el de los suyos; cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder; cuando se endiosa y se coloca en el centro; entonces altera todas las convivencias, demuele las relaciones, y abre la puerta de la exclusión y violencia con un espíritu de enfrentamiento imborrable. Hace tiempo que el ser humano navega en conflicto consigo mismo y esto no es bueno, sin valores y con la mentira permanente como abecedario, lo que viene generando una deriva del ser humano y un caos de difícil arreglo. Por momentos uno llega a preguntarse, ¿si realmente podremos salir de esta espiral de lenguajes de muerte?. ¿Podremos aprender a caminar por sendas más sosegadas y armónicas? Yo pienso que sí, es cuestión de querer, y tal vez de practicar con más coherencia y constancia los deberes de la justicia.

 

Quizás tengamos que hacer nuestra, la voz de los excluidos, de los marginados por esta misma sociedad excluyente, e implantar la concordia como concepto de gobierno en todos los gobiernos del mundo mundial. Tantas veces tenemos que reconstruir nuestras propia vidas, que se lo digan a los supervivientes de la bomba atómica de Hiroshima, una de las ciudades del mundo que ha tenido la mala fortuna de ser lección para la especie humana, una obra de destrucción del ser humano contra sí. Pienso, por tanto, que únicamente desde la fraternización podremos injertar el nuevo fruto de la armonía, una nueva conciencia mundial contra las garras de las guerras, con la apuesta decidida de que la humanidad, como reino de pensamiento y amor, está obligada a resolver las diferencias y los conflictos por medios pacíficos y de diálogo.

 

Tal vez, en la Comunidad Internacional debería fraguarse un sistema moderno de convivencia que regulase las relaciones entre naciones y culturas, basadas en el respeto más escrupuloso, acordes con los principios éticos de la equidad y la justicia. Yo pediría, también, que escucháramos mucho más a estos obreros que cargan sobre sus espaldas el trabajo humanitario, en nombre de la vida, en nombre de la humanidad, en nombre de la esperanza de un ser nuevo, más de todos que de sí. Comprometámonos, de una vez por todas, con la alianza mediante la rectitud. Trabajemos incansablemente por reemplazar la violencia y el rencor por la familiaridad y la estima. Asumamos la responsabilidad de unos para con otros y del porvenir de todos sin limitaciones de fronteras, frentes o distinciones sociales.

 

Eduquémonos y reeduquémonos en menos sistemas competitivos y en más sistemas de auxilio y generosidad. Seamos conscientes de que amar y compartir es la mayor felicidad que nos podemos injertar en el alma. Demos por cerrada en el mundo la fábrica de armas. Se puede conseguir. Conjuntamente estamos llamados a ser poesía; y ésta, sabed, que no entiende nada más que de corazón, pero seguro que mañana lo entenderá también tu mente.

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