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 Hemos construido un mundo de puertas cerradas, cuando han de estar siempre abiertas para acoger, en favor de los más desfavorecidos. La llave maestra es don dinero como siempre. Quizás uno de los grupos más menospreciados sean los pueblos indígenas. Según Naciones Unidas hay por lo menos cinco mil grupos aborígenes y autóctonos, compuestos de unos cuatro centenares de millones de personas, que viven en cerca de cien países de cinco continentes. Junto a estas gentes, también hay otras excluidas y totalmente marginadas de los procesos de toma de decisiones, que suelen habitar en las periferias, como si fueran productos de desecho.

 

Es aquí, en estos sectores de la población, donde la hospitalidad en familia es una auténtica virtud decisiva. También cohabita otro grupo de despreciados en cualquier esquina del mundo, no sabemos cuántos, porque a veces tienen que ocultar su identidad, abandonar su idioma y hasta sus costumbres tradicionales para poder vivir. Deberíamos sumar asimismo la cantidad de personas explotadas, sometidas a represión y tortura, cuando pretenden alzar la voz en defensa de sus derechos. Por consiguiente, ya que cada año, el nueve de agosto, se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, convendría poner más empeño en la promoción y protección de sus ansias por vivir dignamente, que son esenciales para nuestro futuro en convivencia y, a la vez, imprescindibles para crecer como familia.

 

En ocasiones pienso en la cantidad de celebraciones que no sirven para nada, pero también las considero necesarias, cuando menos para despertarnos la conciencia. Por desgracia, las estructuras de poder, incluso en marcos constitucionales, con Estados sociales y democráticos de Derecho, han creado y siguen creando obstáculos al derecho de ciudadanía. Los negros tintes de la exclusión y la pobreza dificultan enormemente el desarrollo humano, como un ser dispuesto a hermanarse con su misma especie.

 

Quizás tengamos que pasar del compromiso a la acción. Estamos hartos de comprometernos con la palabra, sin pasar de las buenas intenciones. Esta es la cuestión. Por ende, la primera puerta que hemos de tener abierta es la del corazón, puesto que sí ésta permanece indiferente, todo será decir y no hacer nada. Desde luego, es importante escuchar la voz de todos y de cada uno de nosotros, si realmente queremos promover un crecimiento humano en el planeta.

 

Qué alegría más genuina siente el que hace del amor su compañero de viaje, puesto que éste domina todas las cosas. De ningún modo ofrecerá discursos vacíos. Aborrece todo lo que no es sentimiento. Hoy más que nunca necesitamos levantarnos unos a otros para aprender a crear fraternidad. Perseverar en los valores humanos, sin tener miedo a comprometernos de por vida, ha de ser nuestra acción continua. Objetivamente, tal vez hemos venido a aprender a convivir, sin otra defensa que el bien colectivo de la familia humana.

 

Sin duda, para ello, hemos de derribar los muros de la desconfianza y del odio, promoviendo una cultura de mediación que nos reconcilie y solidarice. Nada es tan urgente como esto último, sobre todo para conciliar las opiniones contrarias y, así, poder restablecer caminos de concordia. Efectivamente, la sintonía es más del alma, que en realidad es aquello por lo que existimos, concebimos y también maduramos. En consecuencia, no es posible formar parte de un pueblo, sentirse próximo, si hemos fracturado nuestros propios vínculos de familia, de filiación o hermandad.

 

En los últimos tiempos, mucho se habla de progreso; sin embargo, millones de ciudadanos de todo el mundo no se benefician de estos avances. Sabemos, además, que todos los años mueren casi seis millones de niños antes de su quinto cumpleaños. Esperemos no tener que avergonzarnos por no haber hecho más por los relegados, pues generando más igualdad de oportunidades para la infancia de hoy, significa menos inequidad y más mejora para el mundo el día de mañana. Al presente, la misma dignidad corre peligro cuando una estrecha amplitud de miras, desmembrada de las exigencias objetivas de la cuestión ética, lleva a decisiones que benefician a unos pocos afortunados, ignorando los sufrimientos de amplios sectores de la familia humana

 

Es el momento, entonces, de intensificar la convicción de que la humanidad tiene que ser una piña. Preocuparnos por los necesitados, que son muchos y cada día más, ha de volvernos más comprensivos. En cualquier caso, el mundo no puede permanecer sordo a la súplica de quienes piden aliento para vivir o alimentos para sobrevivir. Tanto monta, monta tanto.

 

Además, no olvidemos que podríamos haber sido cualquiera de nosotros las víctimas. La mejor ventaja es ver las cosas como son y, a partir de ese análisis, buscar remedios conjuntos para aliviar males que también son conjuntos. Claro está, si fundamental es crear un mundo que valore la riqueza de la diversidad humana, no menos importante es reavivar un mundo que se construya sobre el auténtico amor, y no sobre los intereses de algunos privilegiados. Por eso, nos entristece que el fantasma de la violencia xenófoba se acreciente por el planeta, y la llegada de refugiados active aún más el cerramiento de las puertas en algunos países.

 

Por tanto, el desafío que se plantea a toda la humanidad es, evidentemente, más que de orden económico y técnico, de orden moral y político. Es un asunto de solidaridad vivida, de desarrollo compartido y de puertas abiertas al progreso de toda la familia. Ser desfavorecido significa, casi siempre, verse más fácilmente atacado por los numerosos peligros que comprometen la supervivencia y tener una menor resistencia a la cotidianeidad que la vida nos presenta. Por eso, la acogida no es un divertimento más, es una situación de aceptación que hace que muchas personas puedan sobrevivir.

 

Me parece que todos los pueblos del mundo, deberían tener centros de hermanamiento, para que todos pudiéramos reencontrarnos en esa dimensión humana que cada cual porta consigo mismo, y que tan poco la utilizamos a veces, aunque solo fuese para recomenzar a sonreír esas vidas bañadas por la exclusión, que no conocen más que el llanto y el dolor. Personalmente, pienso, que toda la ciudadanía está obligada a hacer feliz a todos la vida, y la mejor manera de hacerlo es sirviendo a la persona. Precisamente, servir significa trabajar codo con codo con los desfavorecidos, establecer con ellos relaciones humanas de cercanía, vínculos de fraternización. Juntos podremos buscar el camino, los itinerarios para la liberación de cada cual.

 

Todos somos dependientes, de ahí la necesidad de acompañar a las personas en la búsqueda de horizontes que nos hagan más humanos. No basta con dar unas monedillas o un bocadillo, hemos de sumarnos a su lucha, poniéndonos del lado del débil. El mundo cada día necesita más pueblos que vivan el amor de modo concreto, de manera enérgica con las personas más sencillas y sobre todo con los excluidos. Fortalecer los lazos entre la ciudadanía, promover un mayor respeto y entendimiento entre naciones, estimo que son fundamentales para hacer frente a la discriminación, generadora de multitud de abandonados.

 

Quizás debemos mirar más a la persona, y cuando sepamos mirarnos, estoy convenido que surgirá el anhelo por sentirnos familia. Únicamente así, podremos sentir la necesidad de compartir la esperanza por un futuro mejor. Connatural con tal acción, descubriremos que el secreto de la felicidad radica en la liberación de uno para donarse, y en el secreto de la libertad para hacerlo, en el corazón que pongamos en ello. Permanezcan, pues, las puertas del alma siempre abiertas; que un espíritu sano es lo más hermoso que el cielo puede concedernos para soltar las lágrimas de esta pobre tierra nuestra.

Domingo, 26 Julio 2015 22:28

Hay que tender puentes; no levantar muros

 Se dice que la amistad lo es todo en esta vida de tantos intereses. Algunos han llegado a decir que vale más que cualquier tesoro, otros más que el talento e incluso más que la propia familia. Sea como fuere, para cultivar la solidaridad, en este planeta que todos compartimos, hemos de afanarnos en hallar los vínculos que nos unen, independientemente de la raza, la religión, el género, la orientación sexual o las fronteras; y, para ello, el afecto por cualquier ser humano, provenga de donde provenga, es fundamental.

 

Con razón y justo criterio, la Asamblea General de Naciones Unidas designó en el año 2011 el Día Internacional de la Amistad (30 de julio), con la idea de que la consideración entre los pueblos, los países, las culturas y las personas puede inspirar iniciativas de paz, presentando desde el aprecio por cada ciudadano una oportunidad de tender puentes entre las comunidades.

 

Evidentemente, no podemos seguir levantando muros en un planeta globalizado. Al fin y al cabo, todos somos dependientes de todos. Es arcaico pues, declarar la independencia de nada, por muy bien que suene la música, el espíritu de apertura y comprensión es lo único que nos armoniza. Por tanto, cuesta entender que individuos que no tienen más remedio que vivir juntos, se distancien como jamás, y pongan barreras a sus convecinos, en lugar de abrazarse y compartir territorios.

 

El mundo, con sus poderes tan competitivos y corruptos, tiene que integrarse más en la ciudadanía, hacer valer el espíritu humano y, al mismo tiempo, velar porque ese espíritu prevalezca. Por consiguiente, sería bueno ahondar en la idea de la concordia, tan presente en los ideales de las Naciones Unidas, y, sin embargo, tan negada en los ambientes poderosos de las diversas naciones. A pesar de que la Carta proclama que uno de los propósitos de la Organización radica en "fomentar entre las naciones relaciones de amistad", lo cierto es que las tensiones no cesan y las violencias nos desbordan. La realidad no puede ser más horrenda, multitud de familias en el mundo sufren espantosas atrocidades, incluyendo asesinatos, secuestros y el reclutamiento de inocentes (niños) para luchar en primera línea del conflicto, también mujeres y niñas son golpeadas, violadas y hasta quemadas vivas. Desde luego, este ciclo destructor de existencias debe cesar cuanto antes y, para que cese, pienso que primero debemos activar más que nunca las ayudas humanitarias y, después, hemos de impulsar, con el coraje necesario, el espíritu de la justicia universal, ante este absurdo torrente de crímenes, que causan verdadera catástrofe humana. Dado, precisamente, que en la constitución de la UNESCO se señala la necesidad de que la paz no se base exclusivamente "en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos", sino en la "solidaridad intelectual y moral de la humanidad", convendría que toda la especie humana mejorase la cooperación y comprendiese más la voz de los sin voz, que al fin son los que primero fallecen, y de qué manera a veces tan cruel. La barbarie de los muros nos están dejando sin aire para poder respirar, para sentir la agonía de nuestro semejante; somos así de necios y, esta necedad, por desgracia, alimenta el extremismo.

 

Es verdad que la sociedad civil es cada vez más fuerte, pero también la intolerancia está aumentando, hasta el punto, que ningún país u organización puede derrotar el terrorismo por sí solo. A mi juicio, es vital que toda la ciudadanía mundializada apueste por el respeto y el interés mutuo, conceptos que han de formar parte de toda vida humana, habite en el lugar que habite, sólo así podremos avanzar hacia esa humanización del mundo e inspirar iniciativas de sosiego.

 

Naturalmente, va a ser más fácil trabajar si lo hacemos con el vínculo de la unión, al menos nos impedirá resbalar hacia el abismo, sabiendo que cualquier operación antiterrorista no puede ignorar los derechos humanos y ha de respetar las leyes, reconociendo la amistad como sentimiento noble y valioso en la vida de los seres humanos de todo el planeta.

 

Por otra parte, convencido de la importancia de implicar a los jóvenes y a los futuros líderes en actividades comunitarias encaminadas a fomentar una cultura más próxima, hermanada con las diversas civilizaciones, creo que puede ser interesante estos cultivos encaminados a hacernos más tolerantes, enalteciendo de este modo la diversidad cultural, en detrimento de comportamientos irreconciliables.

 

En cualquier caso, consciente de que la humanidad ha de preservar a las generaciones venideras de estos azotes intransigentes, lo que exige una transformación inmediata de todos los seres humanos para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación permanente. Indudablemente, para tender puentes hacen falta otras actitudes y conductas más pacíficas. Quizás también se precisen otros lenguajes más armónicos para abordar los malentendidos y la desconfianza que subyacen en muchas de las tensiones y conflictos del mundo presente. Las palabras sin el ejemplo son vacías.

 

En presencia de una cultura dominadora y dominante que cierra puertas, que pone en primer lugar la apariencia, lo que es superficial y provisional, el desafío consiste en elegir y amar la realidad tal y como nos viene. Por eso, un mundo nuevo precisa de gente que nos transforme hacia ese horizonte común, del que todos formamos parte, con la gratuidad de que todos somos caminantes y camino. Sin duda, tenemos que aprender a mostrar otros rostros más humanos con nuestra misma especie, viviendo y testimoniando una solidaridad más auténtica, contra todo egoísmo y oscuridad.

 

Es hora de ganarnos la confianza, pero también el respeto, de tomar decisiones que nos liberen a todos de tantas cadenas impuestas. En consecuencia, la amistad, que es lo que da valor a la supervivencia, únicamente podrá tener lugar a través del desarrollo de la consideración hacia el prójimo y dentro de un espíritu sincero. No cabe duda que cada ser humano se merece la consideración debida.

 

Esto debe ser enseñado en las escuelas. La promoción de una cultura de puentes y no de muros, debe ser inculcada a las nuevas generaciones mediante la educación. Si los niños aprenden a tender manos, el mundo cambiará y será más cooperante y pacífico. Tantas veces hemos promovido culturas de paz, desarrollos económicos y sociales sostenibles, respeto de todos los derechos humanos, igualdad entre mujeres y nombre, participación democrática, comprensión, tolerancia y solidaridad, comunicación participativa y libre circulación de información y conocimientos, que deberíamos haber alcanzado el horizonte de la fraternidad, pero no es así, nos queda mucho camino por recorrer.

 

Quizás nos falte coherencia y nos sobren palabras. O tal vez, compromiso, ya no sólo para examinar y revisar las políticas educativas y culturales para que reflejen un enfoque basado en los derechos humanos, la diversidad cultural, el diálogo intercultural y el desarrollo sostenible, sino también promover entornos inclusivos que eliminen los mensajes o acciones que incitan al odio y la venganza, la exclusión y la marginalidad.

 

Seguramente si practicásemos más la amistad, tampoco tendríamos necesidad de la justicia y, desde luego, nos entenderíamos mejor. Si el creador no ha creado fronteras, ni tampoco frentes, que no sea el hombre quien los invente. Ahora que estamos globalizados, tiene bien poco sentido la enemistad de los muros. Nuestro objetivo ha de ser la amistad con el mundo entero. Dicho queda.

 La vida, que por otra parte es un permanente proyecto de reformas, hoy precisa más que nunca reconsiderarse. De pronto, parece todo predispuesto para el cambio, y así es, pero hay que tener en cuenta el modo y manera de llevarlo a cabo, así como las preferencias y los sujetos de esas renuevas. Ciertamente, el mundo lo construimos entre todos y, entre todos, tenemos que activar aquellas transformaciones necesarias para seguir compartiendo espacios, o sea, conviviendo.

 

Para ello, uno tiene que cultivarse para sí, pero también tiene que dejarse cautivar por los otros cultivos, tan necesarios como los propios. Esta es la gran reforma que el planeta hoy precisa, crecer más con el espíritu para comprender que todas las manos son necesarias para desarrollarnos como personas. Por desgracia, somos esclavos del poder, de las finanzas, de lo económico; y en vez de ser más dominadores, tenemos que ser más servidores, más respetuosos con otras culturas, más considerados con los que menos tienen.

 

A propósito, recientemente una relatora especial de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, Victoria Tauli-Corpuz, llamaba la atención al mundo, y sobre todo al gobierno de Belice, a garantizar el respeto del pueblo maya a la no discriminación y a la propiedad tradicional. Desde luego, cuando se pierde la consideración por el análogo, difícilmente vamos a poder avanzar hacia progreso alguno; puesto que el ser humano degradado, pierde hasta su propio valor espiritual, convirtiéndose en un ser perverso, destructor, y voraz.

 

Indudablemente, el saber humano es imperfecto, deficiente, se precisa la fuerza moral para complementarnos, sobre todo para implicarnos en el buen hacer de las cosas. Además, cualquier individuo no se desarrolla por sí mismo, sino en relación con otros; de ahí, que uno más se crezca cuanto más se asciende en valores humanos, en valores del propio espíritu. Una sociedad, materialmente desarrollada como un mercado, en continua opresión de oferta y demanda, nos lleva al vacío permanente. Por consiguiente, se requieren de nuevos aires, es verdad, para superar esta visión competitiva de mercado, para vislumbrar otros horizontes más compartidos, donde cada uno se sienta verdaderamente responsable de su semejante.

 

Esta es la auténtica solidaridad, la que nace de nuestro interior y que no se congratula únicamente con dar lo que nos sobra, sino adquiriendo un verdadero compromiso de auxilio permanente hacia aquel ciudadano más vulnerable. Hace tiempo que la insolidaridad humana es manifiesta en el mundo, solo hay que ver los muros que levantamos unos contra otros o las desigualdades que tejemos cada día unos en favor de otros. Precisamente las bolsas de pobreza subsisten por esa falta de fraternidad y por el abuso de los dominadores, más dependientes del egoísmo y del dios dinero, que de la asistencia a la voz de los que claman ayuda. Ante esta lamentable situación, pienso que es hora de activar reformas que nos hagan más humanos.

 

Lo vengo diciendo desde hace muchos años. Sólo hay que ver que gran parte de los territorios del mundo atraviesan graves crisis humanitarias, y nadie los aborda. La desesperación, la miseria, la denegación de dignidad, se ha convertido en algo que está ahí, y lo peor, es que el otro mundo del bien/estar (dudo que algún día pueda ser del bien/ser) permanece pasivo, sin inmutarse, ajeno a los tristes acontecimientos, viviendo tan solo para sí mismo. Sería saludable, pues, que cada uno de nosotros respondiéramos con menos indiferencia y más coraje interior; pero, claro, para ello hemos de convencernos, cada cual consigo, que la humanidad de la que formamos parte es una familia y, cómo tal, también todo nos afecta.

 

Todo lo contrario a lo que venimos observando. Ya ven, lo complicado que es llegar a acuerdos entre naciones, quizás porque escasea entre los ciudadanos esa pedagogía espiritual de donación total, gratuita e incondicional por principio natural. Verdaderamente, estamos todos llamados a vivir en el mundo, pero no del mundo, con lo que esto conlleva de privilegio para algunos y de desventaja para otros. Y, de igual modo, hemos de estar todos también en guardia ante una voz que pide clemencia para que deje de pedirla. Cualquiera de nosotros podríamos ser los demandantes de compasión.

La idea aristotélica de que "el instante es la continuidad del tiempo, pues une el tiempo pasado con el tiempo futuro", me ha dado pie a dar fundamento a este artículo periodístico. A veces uno se sorprende hasta de que pueda existir y cohabitar en ese proceso, pero realmente es la vida la que da vida o la que nos dona luz, es decir, sabiduría para dar prolongación histórica a un modo de pensar y de hallarse.

 

Por eso, en algunas ocasiones, uno se puebla de coraje y surge la esperanza, en base a unos valores compartidos, para contribuir a un futuro habitable para todos. No olvidemos, que al igual que los individuos, los pueblos nacen y mueren; pero la población persiste sobre el planeta, permanece como secuencia de la propia especie en el tiempo, a pesar de las muchas contrariedades que nos degradan la savia.

 

Ciertamente, a lo largo de nuestra historia hemos tenido la oportunidad de celebrar nuestra humanidad común y nuestra diversidad, pero creo que ha llegado la hora de reflexionar sobre tan importante cuestión de persistencia y permanencia. Sería saludable, pues, que coincidiendo con el día mundial de la población (11 de julio), nos replanteáramos cuestiones que son básicas, para que la cadena, tanto de convivencia como de existencia, no se tambalee o se rompa.

 

Para despuntar, somos tan minúsculos que cada ser humano puede nacer en cualquier sitio y formar parte de una cultura u otra. Nuestras poblaciones están observando, a mi juicio como jamás ha sucedido en nuestra tradición, procesos de mutua interdependencia e interacción a nivel global, que, si bien es verdad que toleran elementos problemáticos como las migraciones, tienen el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la familia humana, no sólo en el aspecto económico, sino también en el humano.

 

Por consiguiente, toda persona pertenece a la humanidad y comparte con la entera familia de los pueblos, la ilusión de un futuro mejor y la expectativa de una especie en unión. Dicho esto, conviene recapacitar sobre el desbordamiento del nivel del mar, que puede ser un auténtico problema. Téngase en cuenta que la cuarta parte de la ciudadanía mundial vive en zonas costeras o muy próximas. Por otra parte, multitud de moradores, especialmente en África, carecen de agua potable segura o padecen tremendas sequías que dificultan la producción de productos alimenticios.

 

Un problema, particularmente grave hoy en día, es el de la calidad del agua disponible, si nos atenemos a las muchas muertes producidas. Además, la vida en los ríos, lagos, mares y océanos, que alimentan a gran parte de los humanos, mal que nos pese, aparte de verse afectada por el descontrol y el despilfarro en la extracción de los recursos pesqueros, también sufren una gran contaminación.

 

Cerrarse en banda y no querer ver esta situación, por tremenda que nos parezca, para no corregirla cuanto antes, pienso que es cargar sobre nuestra conciencia el peso de negar la continuidad de algunas especies. Verdaderamente, el mundo está hecho para repoblarse continuamente de seres vivos.

 

Y en este sentido, para forjar un futuro mejor para las generaciones venideras, es imperioso promover una economía al servicio de toda la población mundial, así como activar una sana política, capaz de poner las instituciones al servicio de los ciudadanos, para superar presiones o cualquier otro síntoma de corrupción. Por eso, los Obispos de Nueva Zelanda se preguntaron qué significa el mandamiento "no matarás" cuando "un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir".

 

Tema grave, gravísimo, y aunque puedan parecernos palabras densas y fuertes, la crueldad radica en dejar que la desesperación de algunos no cese jamás en vida, mientras otros, hasta por divertimento, lo derrochen todo, sin importarles para nada el bien colectivo, adueñándose del planeta como si fuera exclusivo de los poderosos, obviando muchos gobiernos el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, cuando en verdad deberíamos responder eficazmente ante cualquier violación.

 

Pese a los enormes desafíos del momento actual, creo que han de propiciarse los debates a escala global y nacional sobre los derechos humanos y el desarrollo de la especie, centrándose a mi manera de ver, mucho más en el ser humano como tal, que es víctima y verdugo a la vez en tantísimas ocasiones, sobre todo a raíz del aluvión de deterioros humanos percibidos ante la falta de ética y, por ende, de humanidad perdida, proyecto que ha de ser recuperado cuanto antes.

 

Por desgracia, no se puede avanzar en la medida en que los políticos caminen obsesionados sólo por atesorar o agrandar el poder, en lugar de servir a la ciudadanía. Junto a este pelaje ha crecido, asimismo, una legión de oportunistas que únicamente piensen en el rédito económico, en vez de activar el capital humano, que es lo verdaderamente progresista y rompedor. Pensemos, que mientras más vacío esté el alma de los moradores, más necesitados andaremos de objetos de deseo; aunque luego, tras su uso, los tiremos porque ya no sirvan para nada.

 

Naturalmente la humanidad tiene que humanizarse con otros hábitos, para empezar renunciando a un mercado tentador y muy acaparador, sólo así podrá revivirse en esa deseada alianza entre la hoy maltrecha población y el actual maltratado medio ambiente. Hace falta, por tanto, que la población vuelva a sentir que todos somos parte de un todo, que tenemos una responsabilidad de poner orden en nuestras existencias.

 

De ninguna manera podemos resistir ante este huracán persistente de degradación moral que nos invade. No me cansaré de escribirlo, de vociferarlo, puesto que estoy sugestionado que burlándonos de la honestidad nos estamos engañando, primeramente cada cual consigo mismo, y después, mofándose de nuestra propia bondad interior, como si fuésemos un trozo de materia sin voluntad.

 

En consecuencia, es el momento de situar los problemas de la población en la perspectiva de un destino armónico, donde la decencia sea el abecedario permanente, mediante acciones conjuntas y valientes, para que cada ciudadano pueda hallar, por sí mismo, ese horizonte humanitario de autenticidad que engrandece al propio linaje. Todos somos conscientes de que ese camino no es fácil, porque se trata nada menos que de cambiar mentalidades, formas de vivir y de ser, pero confiemos en ese reforzarse como ciudadanía nueva, bajo el referente de la escucha a todo y a todos.

 

Hoy más que nunca, las personas de todas las culturas pueden influir de manera positiva unas en otras, cuando menos para hacernos reconsiderar nuestras acciones, crecidas por la violencia y la dominación de pensarnos dueños del universo. En cualquier caso, es bueno que nos interroguemos, y tengamos tiempo para hacerlo, máxime cuando cavilamos por un mundo más equitativo, y no escuchamos a los excluidos. Por ello, estoy convencido que la nueva población necesita otras motivaciones y, sobre todo, un camino educativo más acorde con la propia naturaleza creada.

 

En definitiva, lo que le ha pasado a nuestra población es que su retroceso está ahí, más allá de la crisis financiera; y, lo nefasto del momento, es no ir al corazón del problema, que radica en el desprecio por algunos seres humanos (los marginados) y en el menoscabo de buena parte del hábitat; a la que, por cierto, ya le cuesta seguir la secuencia de vivir y dejar vivir.

 A poco que nos adentremos en el mundo observaremos que el aluvión de injusticias sociales nos dejan sin aire, así como la corrupción política que sufren todos los pueblos en mayor o en menor medida, lo que nos invita a reflexionar sobre ello. En relación a esto, personalmente pienso, que la cuestión no es tanto la renovación de personas como el sentido ético de la ciudadanía. Únicamente sobre esta conciencia moral es posible construir un mundo más humano, y resolver los problemas complejos y graves que nos afectan.

 

Hasta ahora ha triunfado la fuerza del poder económico, político, social, en lugar de la dignidad del ser humano como tal, despojado de cualquier interés de grupo. Así, en Europa, lo urgente actualmente es establecer vallas protectoras para el euro, en vez de establecer políticas sociales que nos lleven a conquistar un mundo más fraterno. Mientras en África y Oriente Medio, los incesantes conflictos armados obligan a una desbandada de desplazamientos humanos, en el centro de la cuestión cultural ha de incluirse abrir caminos a la auténtica libertad de la persona, ya que se hace todo lo contrario.

 

Hemos de reconocer, por tanto, que bajo estas realidades inhumanas, se resienta hasta el mismo fundamento de la convivencia, amenazada y abocada al mayor de los caos, a su disolución como especie; y, lo que es peor, a una verdadera inmoralidad que nos trasciende a un mundo de salvajadas sin precedentes. Por desgracia, las divisiones forman parte de la identidad humana.

 

En esto no hemos evolucionado. Nos puede la necedad del egoísmo, que llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de ciudadanía. Ciertamente, nos hemos globalizado, pero el individualismo nos sobrepasa, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, totalmente distinta a la verdad del otro ciudadano. De este modo, va a ser muy difícil entrar en diálogo, avanzar, puesto que esta cultura pone radicalmente en duda los mismos pensamientos. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la cognición, afirmaba con decisión que "la conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes".

 

Naturalmente, cuando todo lo hacemos subjetivo a nuestros propios negocios, la mundanidad toma posiciones privilegiadas. Es lo que está pasando en el momento presente. Estamos siendo gobernados por personas irresponsables, sin seriedad alguna, que anteponen sus avaricias a una vida de servicio a los demás, que es por la que han optado libremente. De ahí la necesidad, de unirse cada vez más, como hace setenta años lo hicieron un grupo de naciones, ante las cenizas y los escombros de la Segunda guerra Mundial.

 

En este momento Naciones Unidas cuenta con 193 Estados miembros y, tras de sí, con una historia verdaderamente elogiosa, con importantes frutos como el desmantelamiento del colonialismo, el triunfo sobre el apartheid, el mantenimiento de la paz en zonas en conflicto o la protección de los derechos humanos.

 

Desde luego, si en verdad queremos hacer una vida humana más condescendiente con la propia especie, o sea más íntegra para que nos haga mejores personas, hemos de intensificar la cuestión ética, o si quieren moral, y para ello, han de adquirir una importancia fundamental y decisiva las organizaciones internacionales. Lo prioritario ha de ser el ser humano más allá de las estructuras de poder, exigiendo un examen de las mismas y su transformación en una dimensión mucho más aglutinadora y universal. No cabe la exclusión ciudadana.

 

Todo esto da testimonio en favor de la obligación de unir ideas con la laboriosidad como virtud, que permitirá a todo ser humano, ser mejor ciudadano, crecer como persona. Por consiguiente, el progreso en cuestión debe llevarse a cabo mediante la ciudadanía en su globalidad y debe producir un bienestar global en la vida humana, lejos de quienes buscan asesinar, destruir y aniquilar el desarrollo humano y la cultura. Sin duda, tan importante como vivir es dejar vivir. Ahora bien, sin verdad, sin decencia y amor por nuestros análogos, todo se deja a merced de la lógica del poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, y lo que es más absurdo, con efectos destructores de la persona que lucha por el bien colectivo.

 

Ya está bien de mesianismos prometedores que son falsos y que forjan decepciones, ha llegado el momento de humanizarnos, y que el escándalo de las disparidades hirientes cese, para progresar como seres pensantes, más allá de las cuestiones económicas. Naturalmente, nos merecemos cohabitar en un mundo rico en intelecto, pero éste inmerso al servicio de toda la ciudadanía, especialmente de los más vulnerables. Convendría ponernos en acción y no enviar armas a zonas de conflicto, abrir escuelas en su lugar, reeducarnos en lo armónico.

 

Sería bueno, pensar en la imagen de un acorde sinfónico, todos los instrumentos suenan juntos, de manera coordinada, cada uno con su peculiaridad, y esto, en verdad, es lo que nos trasciende y emociona. Cuando se tiene una vida plena todo se fraterniza, y siempre encontramos la manera de acogernos y respetarnos desde esa diversidad. Claro, para esa colmada existencia hace falta la construcción de una sociedad más justa, donde todo el mundo pueda vivir bien y ser dichoso, contagiada por el amor principalmente y por una regla de hábitos coherentes con el espíritu del afecto.

 

Estoy convencido, por ende, que el ser humano tiene que aprender a quererse para poder respetarse mucho más, y aunque la verdad y la justicia no han de tener fronteras, tenemos que fomentar un sentimiento de pertenencia y no de exclusión como se ha venido haciendo en las últimas décadas. A mi entender hoy el mundo necesita prioritariamente escuelas de moral, pues, como decía Albert Camus, "un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada".

 

Es capaz de cualquier cosa. De matar al primero que se le ponga en el camino, de torturarlo para que se sienta mal, de atormentarlo con cuestiones crueles, y hasta de injertarle doctrinas macabras para que no pueda ser él mismo.

 

Cada día precisamos estar más en paz con nosotros mismos, y la manera de conseguirlo, no es otra que fraternizar, que convivir desde la clemencia. Lo que puede parecernos arcaico no lo es, puesto que no se trata de ejercer de compasivos, que también, pero sobre todo de personas equilibradas y es, esta sensatez, la que imprime el valor ético de nuestros actos. Allá donde la moral y las creencias son reducidas al ámbito exclusivamente privado, dificultosamente se va a poder formar una sociedad solidaria. Tengámoslo en cuenta. No le hemos prestado atención a esto, y la consecuencia, es el fracaso y el retroceso.

 

La grandeza de una especie, mal que nos pese, está en relación directa a la evidencia de su fuerza moral. Desprendámonos de autocomplacencias, e inventémonos, si acaso un nuevo código ético, de ética moral, como horizonte para un nuevo renacer más verdadero, más incluyente, más de la conciencia, más de nuestro específico interior en definitiva.

Lunes, 11 Mayo 2015 10:00

Un mundo de lobos

Hemos convertido el planeta en una selva de lobos. Se degüellan vidas humanas por doquier rincón. Se queman vivos a seres inocentes, desvalidos. Se arrojan a las tinieblas de la indiferencia a ciudadanos como si fueran un objeto. Se asesina por tener un determinado culto. Algunos mares se han convertido en auténticos cementerios. Nos hemos deshumanizado hasta el extremo de practicar la liturgia de la pasividad. Nada nos conmueve. Ciertamente, deberíamos poner empeño en avivar los diálogos, y en establecer negociaciones, aunque sólo sea para sobrevivir como especie. Ahí está el drama de los flujos migratorios activando tensiones por todo el orbe.

 

El ser humano tendrá que mostrar otro talante más solidario y, los líderes políticos, deberán redoblar los esfuerzos para asistir a esta abandonada ciudadanía. Sabemos que la cuestión no es fácil, máxime cuando en esta sociedad en lugar de propiciar la cultura de la acogida, se ha activado la cultura de la exclusión. Por eso, más que fijar cuotas debemos favorecer la cooperación entre países, con criterios homogéneos e integradores entre naciones, con gestiones unitarias en las fronteras, sobre todo de mano tendida y de apertura. No olvidemos que muchos huyen a países vecinos por la violencia que estalló en su propio país. En consecuencia, también es vital permitir que la gente se mueva con libertad, manteniendo abierto cualquier linde que nos humanice. Hoy, quizás más que nunca, es el momento para fomentar la solidaridad. Necesitamos acoger y albergar a esos ciudadanos que van de acá para allá.

 

No podemos ser lobos de nuestros semejantes. Este estado salvaje es inconcebible. Además, súmele, la progresiva delincuencia planetaria que viene poniendo en riesgo permanente cualquier sistema armónico, aparte de obstaculizar el desarrollo y de violar los derechos humanos. Ha llegado, pues, el tiempo de la acción fraterna. No podemos permitir que la mala hierba perniciosa, como decía hace unos días el Secretario General de Naciones Unidas, nos ahogue y, sobre todo, deje sin aliento a los más vulnerables. No se libra ningún rincón del planeta del virus de las batallas.

 

El crimen más horrendo está devastando personas, comunidades y naciones. La esperada adopción en septiembre de la nueva agenda de desarrollo sostenible 2015, nos alienta un poco a la esperanza, puesto que debe ser crucial para la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos, los tres pilares de las Naciones Unidas.

 

Desde luego, con urgencia, tenemos que poner fin a este mundo de chacales que aprisiona la dignidad humana hasta límites inconcebibles. Resultan verdaderamente dolorosos los trágicos acontecimientos que buena parte de los seres humanos soportan, obligando a la comunidad internacional a actuaciones contundentes.

 

Mirar para otro lado ante tantos horrores nos hace más bestias. A mi juicio, sin contemplaciones tenemos que hacer todo lo posible y, hasta lo imposible, por detener y prevenir estos atropellos sistemáticos contra vidas humanas, minorías étnicas y religiosas, culturas y razas. En este sentido, es necesario plantar cara a esa lógica del poder que todo lo disgrega, produciendo privilegios para algunos e injusticas para otros. Hay que fraternizar. Somos únicos, universales e indivisibles. Indudablemente, el ser humano no puede actuar contra sí mismo, no somos islas, somos comunidad. Y en la comunidad hay que asociarse desde el respeto y la tolerancia. La ayuda, por parte del Papa Francisco, de acercamiento de Cuba y Estados Unidos, sin duda constituye un blindaje moral y político de primer nivel. Esta es la línea a seguir. Hay que desatar todos los nudos.

 

Esta es una buena noticia. Extiéndase el ejemplo. Sin embargo, el mundo, lejos de hermanarse, se activan todo tipo de artilugios, inclusive las armas químicas. Algunos países parecen concentrar todos sus esfuerzos en sus capacidades para la guerra informática, en paralelo al desarrollo de sus programas nucleares y de misiles. Algo que hemos de parar con el coraje que precise. Menos actos de guerra y más actos de concordia. Evidentemente, no podemos soportar más amenazas sabiendo que los artefactos de la muerte, lejos de desaparecer, están más presentes que nunca. Deberíamos poner orden en esto y no actuar con blanduras. La tarea educativa es la gran asignatura pendiente. Hemos de reforzarla, si en verdad queremos llevar a los moradores de este planeta a una verdadera comunión, no de intereses, sino de vidas compartidas, haciendo que se sientan una sola familia, en la que la mayor atención se ponga en los más débiles. Pienso, por consiguiente, que debemos reforzar la convicción de que la familia ha de ser el lugar idóneo para avanzar, pues a través de ella el ser humano, aparte de sentirse querido, se abre a la propia existencia, y a esa exigencia natural de relacionarse y de convivir.

 

Quizás, deberíamos excavar mucho más en esa conciencia social para adentrarnos en la raíz del mal. Hemos cerrado los ojos a tantas controversias, que además aún no han pasado, que ahora debemos de concentrar todas nuestras fuerzas en restablecer las relaciones ciudadanas que median entre el derecho natural y el amor hacia nuestro mismo linaje. No existe otro remedio que el retorno de la humanidad a su propio auxilio. Todos necesitamos de todos. Nuestra específica historia nos pone al descubierto tanto los errores cometidos como aquellos proyectos conducentes a mejorar la empresa universal del bien colectivo, donde en absoluto cabe un estado irracional opresor e inhumano. En el campo, pues, de este nuevo orden mundial, fundado sobre los principios humanos y morales, no cabe contemplación alguna, sobre todo para aquellos que lesionan dignidades y libertades humanas. Para empezar, debemos limitar los desequilibrios y las desigualdades.

 

Los cimientos de la razón y de la justicia no pueden tambalear. Hoy seguimos sometiendo, bajo una falsa libertad, la voluntad humana al poder público. Uno no tiene que someterse a nadie, y en todo caso, únicamente a la ciudadanía con el respeto necesario y preciso. Por ello, no podemos olvidar el sustento moral frente a los diversos puntos de vista. Cuidado con los que dicen servir a la ciudadanía en este mundo de lobos que ellos mismos han generado, sometiendo el propio Estado de derecho a su antojo, para repartirse la presa del bien común. Borran de la memoria que este trofeo es de la colectividad y de nadie en particular. Nadie me negará que, en el mundo actual, prolifera demasiado partidismo, demasiado poder sin escrúpulos, demasiado fanático atrapado por el egoísmo, demasiado pastel para unos pocos mientras otros ni pueden acercarse.

 

Levantan muros, crean fronteras, se sienten dueños y señores en esta selva donde nadie se sensibiliza por nadie, salvo cuando obtiene beneficios para sí y los suyos. Al fin y al cabo, el egoísta sólo se ama a él, y no admite contrincantes. Le importa nada los que sufren. Salgamos de la contradicción y hagamos familia desprendiéndonos hasta de nosotros mismos. Esta es la auténtica patria humanitaria. Lo demás es abecedario estúpido, puesto que los gobernantes anteponen su éxito personal (de caudales) a su responsabilidad social (de reparto y transparencia). Sálvese el que pueda.  

Miércoles, 29 Abril 2015 19:22

Amenazas globales

El ataque al sosiego y a la tranquilidad del ser humano está siendo un verdadero calvario para muchos ciudadanos que ven truncado su personal desarrollo armónico en cualquier esquina de la vida. Ciertamente, todos estamos amenazados; de ahí la importancia de compartir herramientas para hacer frente a esta persistente intimidación. Peligros que tienen siempre su origen en nuestra debilidad humana, en la forma superficial de considerar nuestra propia existencia. Además, a la par que las tensiones renacen por el planeta, las armas nucleares se posicionan una vez más como herramienta política. Desde luego, debiéramos prevenir esta tremenda propagación armamentística y, de una vez por todas, lograr su eliminación.

 

Recordemos que Naciones Unidas, creada para expandir la justicia y restituir los derechos universales, no puede salirse de esa dirección y, a mi juicio, debe actuar con más contundencia, si en verdad queremos que la ciudadanía no pierda la esperanza en las instituciones internacionales. Hemos de reconocer que el panorama no es muy ventajoso. Cada día se pone más en entredicho la libertad de la persona y el derecho que todos tenemos a un desarrollo normal y pacífico.

 

Por desgracia, en lugar de proponer, se decide imponer determinados intereses por la fuerza, resurgiendo de este modo los conflictos, los enfrentamientos violentos, las pugnas absurdas e inútiles. Es hora de consensuar objetivos, de plantearnos como especie si queremos continuar dilapidando recursos en armas, o mantener un clima de armonía a través de un justo desarrollo, en beneficio de todo el linaje, sin excluir a nadie. No podemos seguir alentando estrategias mezquinas que nos llevan al desencuentro. Para desgracia de la familia humana, hay una legión de programadores del terror en activo, alimentando crímenes, masacres, destrucciones, que cuando menos debiéramos desterrarlos del poder.

 

Ya está bien de tanta convergencia de intereses, de tanta correlación de fuerzas inmersas por la codicia del dinero, de tanta injusticia poderosa que niega de un modo cínico esa autonomía ciudadana a la que todos tenemos derecho. El mundo lo hemos convertido en un mercado de despropósitos y de abuso hacia los más débiles. Tampoco necesitamos tantos poderes, en su mayoría corruptos, máxime cuando intentan solucionar mediante la violencia lo que se puede solventar con sociedades más justas.

 

La mezquindad lo pervierte todo y también lo aborrega todo. Muchas veces, mientras los políticos todo lo enfrentan a su antojo y capricho, en vez de establecer pactos y sumar vínculos de entendimientos, los ciudadanos son los que sufren los efectos de sus interesadas acciones políticas. Tenemos que pensar más en gobiernos que activen sus programas en global. Esta es la cuestión de fondo. No se puede legislar para un grupo, hay que pensar colectivamente, puesto que vivimos globalizados y las amenazas, tan reiterativas como catastróficas, también son globales. Al fin y al cabo, es la fuerza de la razón, no la de las armas, cómo la concordia abre camino. Indudablemente, la situación del mundo contemporáneo pone de manifiesto no sólo avances, asimismo revela también múltiples tensiones y amenazas, que sobrepasan con mucho las hasta ahora conocidas. Podemos ser víctima de nuestros específicos progresos.

 

La deshumanización, fruto del permisivismo moral, se ha instaurado en nuestro singular hábitat, volviéndonos irresponsables y, además, necios. Sobre el germen de esta necedad resulta imposible humanizar algo. El ser humano, por consiguiente, debería reflexionar sobre lo que es y rescatar su fondo de humanidad antes de fenecer de pánico, desesperación o aburrimiento. Es hora, pues, de poner un final para las contiendas; sino éstas, pondrán un fin para toda la especie, sabiendo que nadie llega a la cima si se deja acompañar por el miedo. Valor es lo que necesitamos cada día para levantarnos y comenzar el camino, pero también se requiere para sentarse y escuchar, para entrar en diálogo y para pensar, para convivir y; ¡cómo no!, para despertar.  

La gran injusticia de este siglo es la pasividad de los gobiernos frente a la desbordante desigualdad de sus moradores y la falta de oportunidad de los excluidos socialmente. No valen las migajas. Andamos con la fiebre limosnera para acallar las conciencias, pero esa no es la solución, máxime cuando tenemos el derecho a un trabajo digno y el deber de trabajar. Todo parece indicar que el desempleo va a seguir creciendo, lo que agravará el malestar social, sobre todo en Europa.

 

También, en algunas zonas de América Latina y el Caribe, las perspectivas de empleo se han deteriorado. Tampoco mejora la situación en África, ni en las regiones de Asia Meridional, o en las mismas economías avanzadas. Tan sólo en Estados Unidos y en Japón, las condiciones de avance parecen despuntar. Lo cierto es que en el mundo, cada día tenemos más empleo vulnerable, mayor inestabilidad, y una gran diferencia de ingresos.

 

Ante este panorama desolador, convendría que todos los líderes internacionales reflexionasen sobre esta nueva lacra, y activasen soluciones para que todo ser humano pueda realizarse como ciudadano. A veces me pregunto, ¿para qué tantos itinerarios si luego nos cargamos el futuro de la gente?. Esto es grave, gravísimo, muy grave. No podemos continuar por esta línea de desequilibrio. Tenemos un sistema económico inhumano, que cierra las puertas de la vida a multitud de personas. Y esto, cuando menos, ha de inquietarnos. Aniquilar el horizonte de una buena parte de la ciudadanía es una barbarie que no podemos permitir.

 

Hemos perdido el corazón cuando descartamos una generación de jóvenes, y nos quedamos tan pasivos. No hay mayor crueldad que ese pensamiento para la propia especie. Esto es trágico. La cultura del bienestar no puede estar al capricho de unos pocos. Los políticos han de trabajar mucho más por esa ciudadanía a la que representan y a la que han optado libremente servir; no para servirse de ella, como en realidad se hace, sino para ayudarles a reencontrar el camino de su propia autonomía. Si en verdad queremos proteger nuestro linaje, hemos de tomar como prioridad, la de promover un empleo decente para toda aquella persona en edad laboral.

 

Tampoco podemos disociarnos, las sociedades han de ser más inclusivas, menos excluyentes, puesto que la globalización es una realidad. Por consiguiente, el empleo ha de tener ese aire globalizador y dinámico. Hace tiempo que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) defiende la propuesta de un objetivo de desarrollo sostenible dirigido a promover un crecimiento económico sostenido, inclusivo, de empleo pleno y productivo, de trabajo para todos.

 

Sin embargo, los hechos son bien distintos; de ahí, que reivindique la urgencia de recuperar la dignidad que el trabajo confiere. Es hora de la acción conjunta y coordinada. Los pobres no sólo pide pan para el sustento, requieren también sentirse útiles socialmente, reinsertados. Quieren olvidar las atmósferas que le han denigrado, desfigurado y explotado en la mayoría de las veces. Hemos de hacer un pacto por el trabajo a nivel mundial. El drama del desempleo no puede cohabitar con nosotros. Hay que dar remedios.

 

Estar sin trabajo no es únicamente carecer de lo necesario para vivir, ¡no!, es algo más; es negar la dignidad a la persona. Y esto marca, claro que marca, hasta el punto que habría que reexaminar estos modelos de desarrollo tan injustos. A mi juicio, estamos ante una emergencia histórica, que interpela a la responsabilidad social de todos, empezando por una mayor voluntad de ofertar puestos dignos. No olvidemos que los trabajadores tienen mayores posibilidades de acceder a estos empleos si existen instituciones que les ayuden a participar en este mercado, mediante cursos y orientaciones, mediante políticas de cualificación profesional.

 

Todos necesitamos sentirnos respaldados. Por otra parte, la negociación colectiva y el salario mínimo son dos instituciones que no pueden entrar en crisis, sobre todo para apoyar los salarios más bajos de la escala salarial. Asimismo, las políticas sociales redistributivas son el principal medio con que cuentan los gobiernos para modificar la distribución de los ingresos.

 

Desde luego, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro de nuestras acciones y, sobre este pilar, han de reconstruirse nuevas estructuras sociales encaminadas a poner orden y honestidad, con tenacidad pero sin fanatismo, con pasión pero sin violencia, donde hay indiferencia y corrupción. La buena gobernanza, la estabilidad social y la justicia económica no son meras palabras, son la esencia de un derecho humano fundamental como es el trabajar.

 

Hoy en el mundo tenemos menos dignidad por esa falta de trabajo. Esto debiera ser la principal preocupación de todos los gobiernos del planeta. Este sistema económico idolátrico ha fermentado, aparte de un caudal de violencias, la pérdida de toda ilusión. Verdaderamente, necesitamos políticas justas que nos hagan salir a todos adelante.

 

Esto es particularmente desalentador para los jóvenes, a los que les venimos trucando sus sueños. Están formados pero han perdido la certeza de su valor y de su valía. Requerimos además la eliminación de cualquier trabajo indecente. Al mismo tiempo, hemos de volver al rigor moral que hemos perdido. La ética debe globalizarnos. No estamos aquí para vendernos unos otros. Resulta inaceptable que el trabajo se haya devaluado, hasta convertir en moneda de uso corriente, los diversos abusos. En el mundo hay millones de niños trabajadores. En todo caso, estamos para proteger al ser humano y también para custodiar nuestro propio hábitat y que las generaciones futuras puedan seguir avanzando. Sólo así habrá una auténtica promoción del ser humano.

 

En consecuencia, los diversos Estados deben garantizar el trabajo, teniendo en cuenta que una sociedad abierta al progreso no debe encerrarse en sí misma, en la defensa de los intereses de unos pocos, sino que ha de mirar con la perspectiva del bien colectivo para entusiasmar a toda la especie. Naturalmente, los años pueden arrugarnos la piel, pero renunciar al entusiasmo que todos llevamos implícito, conllevaría contraer nuestro propio espíritu. El notable número de hombres y mujeres obligados a buscar trabajo, más por necesidad que por elección, lejos de su patria ya es motivo de agitación, y esto no debe dejarnos indiferentes y sin fuerza para luchar. En este sentido, es una buena noticia que la misma Organización Internacional del Trabajo elabore políticas que maximicen las ventajas de la migración laboral para todas las partes involucradas.

 

Al final, es el trabajo en conjunto lo que nos engrandece como familia humana. Jamás es el trabajo lo que corrompe, sino la ociosidad con su bucólica inercia. De ahí, lo analgésico que es trabajar, no con lo que uno imaginaba, sino descubriendo aquello que uno porta consigo. Con razón el trabajo es un bien de todos, y por ende, ha de estar al alcance de todos. Por eso, es fundamental la creatividad solidaria. Un gobierno que ya no es capaz de avivar el empleo con políticas que entusiasmen, mejor abandone el barco. Lo mismo digo, para aquellos componentes de la sociedad que repudian un estilo de vida solidario, mejor desisten de ser guía.

 

Dejemos, pues, el liderazgo para aquellos ciudadanos que han optado por un trabajo de constancia, de método y de organización que nos confraternice. Al fin, lo que importa es cuanto amor ponemos en lo que realizamos para endulzarnos esta existencia unos a otros. Los auténticos promotores de armonía saben que la clave radica en partirse el corazón y en repartirse la vida. Lo que es insolidario y vergonzoso es la indiferencia entre gobiernos que hacen el mal y el pueblo que lo deja hacer. Pensemos en esto.  

Jueves, 23 Abril 2015 18:32

Hemos de motivarnos para la creatividad

Es bueno alentar la innovación y la creatividad. Todo se aprende. El que no sueña, no vive. El que no busca, no halla. El que no ama, tampoco puede desprenderse de sí. Naturalmente, la creación intelectual es la más misteriosa búsqueda que el ser humano puede cultivar solitariamente.

 

En efecto, cada individuo está hecho para explorar y reencontrarse, para la escucha y la ayuda mutua, para sorprender y dejarse entusiasmar. Hemos de reconocer, pues, más allá de su día mundial (26 abril), el valor de esa propiedad intelectual como algo más que una cuestión monetaria, en la medida en que contribuye al florecimiento de las artes y las ciencias. No podemos negar que la invención de unos y de otros, su aplicación global, sin duda ha modificado nuestra perspectiva del mundo.

 

Tal es el poder de esa invención, que hoy nos comunicamos inmediatamente, tanto física como intelectualmente, social y culturalmente, de manera que jamás podíamos imaginamos. Es un hecho, por otra parte, que a veces, esta iniciativa innovadora puede llegar a ser, en lugar de aliada, adversaria del ser humano. De ahí la necesidad de no exaltar a las máquinas, sino al creador de esa mecanización, para que sirva de estimulo a las nuevas generaciones. Todo es saludable, pero sin reducir al ciudadano a un mero objeto de deseo, reduciéndolo en ocasiones a ser esclavo de su propios artilugios.

 

Por consiguiente, hemos de decir sí a la creatividad, pero con responsabilidad. Estos frutos del cerebro no pueden dominarnos a su antojo, hasta volvernos dependientes de ellos totalmente. Una sociedad irresponsable quizás no merezca cohabitar, pero es que un ciudadano imprudente no debiera existir.

 

En consecuencia, pienso, que hemos de activar al verdadero indagador que todos llevamos consigo. Al fin y al cabo, es lo que nos hace crecer como personas, siendo los principales responsables de cuanto acontece a nuestro alrededor. Los nuevos tiempos han empezado desgraciadamente por avivar el conflicto entre civilizaciones. Hemos de ser más respetuosos. Sin duda, las personas creativas saben mirar más allá de esta mundanidad que nos acorrala. Precisamente, el respeto de la conciencia de cada individuo es la señal de reconocimiento de la dignidad.

 

Por desdicha, esta tendencia de la sociedad actual a encerrarse en sí misma, a vivir alocadamente, se debe contrarrestar con la disponibilidad de las personas creativas, sobre todo a la hora de proyectar un bienestar más íntegro y verdadero. El dinero por sí solo no forja avance alguno; para generarlo, se requiere de vidas que tengan la valentía de tomar la iniciativa. Tomar la decisión significa, no sólo innovar, también es preciso establecer relaciones entre los individuos, sumar fuerzas, invertir en asistencias mediante una cultura del encuentro. Por eso, hay que decir, ¡no a los enfrentamientos culturales!.

 

El discernimiento es creativo, no es ciego, menos aún improvisado, y ha de realizarse sobre la base de criterios éticos. Ahora bien, la palabra creatividad no pertenece únicamente al vocabulario de los insignes, es una voz fundamental del espíritu humano. Sólo hay que cultivarlo. No tengamos miedo a hacerlo. La sagacidad es lo único realmente valioso.

 

Todo lo descubrimos por la intuición. Penetrando la realidad interpretamos tantos misterios escondidos como almas habitan sobre la tierra. Eso sí, hace falta ponerse en situación, tener ganas de hacerlo y, luego, poseer el ingenio suficiente para no naufragar en la mezquindad. Verdaderamente, resulta miserable observar la falta de ideas o conceptos ante epidemias, como puede ser la lucha antiterrorista, que podían preverse y solventarse, con motivaciones armónicas de estricto respeto a los derechos humanos. También para redefinir el progreso necesitamos espíritu creativos, puesto que no son solamente los líderes quienes han de trazar las líneas, sino cada persona, cada ciudadano a través de sus actos, aunque sea con una contribución pequeña, ha de usar el sentido común para encauzar el futuro.

 

Puede que la recuperación de la economía global del planeta continúe siendo lenta, pero lo importante no es el ritmo, sino que lo sea fuerte, equilibrada y sustentable. Estoy convencido, que esta naciente época, exige producir una forma de pensar nueva, o lo que es lo mismo, de desarrollar modernas ideas y conceptos, capaces de apasionarnos reflexivamente y de unirnos como verdadera familia.  

Nadie me negará que vivimos con la falsedad en cada esquina, como si fuésemos descendientes de la mentira, y en lugar de ser hijos de la luz, parece que somos hijos de las tinieblas. La mundanidad nos acorrala, pues nos hemos abandonado al relativismo y al escepticismo, y nada es lo que parece. Ciertamente, cada día nos cuesta entender más algunas actitudes de nuestros propios líderes y no acabamos de comprender sus hipocresías. En ocasiones, andamos tan perdidos que nos cuesta discernir lo auténtico de lo simulado. Por eso, tenemos la ética obligación, como especie pensante, de interrogarnos en la autenticidad de lo que aspiramos a ser.

 

En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos del discernimiento, afirmaba con entusiasmo, que la conciencia tiene unos derechos porque también tiene unos deberes. Indudablemente, el bien jurídico protegido ha de ser siempre la persona humana, el bien humano, el que hoy tan en duda prevalece. A todos nos conviene reflexionar. Más allá de las palabras se precisa, con urgencia, ejercicios de honestidad.

 

Es fundamental invertir en la ciudadanía, no para entregarles limosnas, sino para avivar el deseo de hallarse. De ahí la importancia de que la igualdad de oportunidades cohabite en todos los países, sobre todo a la hora de mejorar la educación desde edades muy tempranas. Indudablemente, la enseñanza es clave para avanzar y promover la conciencia crítica, sustentada en el derecho a la verdad como licito compromiso tanto individual como colectivo, pues hasta el mismo estado de derecho precisa de personas formadas.

 

Además, hemos de acrecentar las comisiones internacionales de investigación y las misiones de constatación de los hechos, así como las comisiones para la reconciliación, antes de que nos amortaje este clima de desengaños. Sea como fuere, tenemos una necesidad inherente a saber la verdad de todo cuanto acontece. Sólo así podremos retornar a la realidad del vocablo exacto, que es nuestra propia historia de vida. No se puede silenciar lo que nos afecta a la humanidad en su conjunto.

 

Todo lo contrario, hemos venido para compartir ideas y conocimientos, para conjugar sueños y realidades a través de la poética de la dicción, para crecer en el irrepetible verbo de cohabitar unidos. Precisamente, durante este mes de abril y coincidiendo con el Día mundial del libro y del derecho de autor (día 23), cuando los libros salen por las plazas del mundo para reencontrarse con los lectores, se me ocurre escribir este artículo de retornos a la creatividad y de regresos a la inspiración del entendimiento entre culturas diversas.

 

La historia del libro, como la historia de los lenguajes, se hace festiva y se alumbran actividades culturales por doquier rincón del planeta. Esta es la mejor noticia. Sin duda, necesitamos digerir todos los abecedarios e injertarnos de sabiduría para no ser engañados por una aparente verdad que nos venden en cualquier plaza del mundo. Abramos los oídos y los ojos a esta multiculturalidad. Las palabras son muchas y variadas, pero la verdad es única y ninguna civilización puede llegar a extinguirla. Entre tinieblas también resplandece la certeza.

 

La ciudadanía, por tanto, a la hora de demandar una mayor igualdad, ha de comprometerse con la dignidad del ser humano, puesto que somos algo más que un mero material biológico. Nuestros actos no pueden desconocer esa verdad que nos dignifica como seres humanos. Hoy, por desgracia, no triunfa la verdadera palabra; la fuerza del poder económico es la que nos maneja a su antojo. Tampoco se reconoce la trascendencia de ese espíritu creativo que todos llevamos consigo. Preferimos no ser libres, pero tener dominio, potestad, mando, superioridad. Nos han despojado de la referencia moral, de la verdad última, y entonces las convicciones humanas se han vuelto simplistas, sin fondo, sin belleza para entusiasmarnos. Por desgracia, vivimos en la apariencia y no en la verdad interior, en esa veracidad que emana del auténtico verbo conjugado en todos los tiempos y para todas las edades y entornos. Para desdicha nuestra, tenemos que reconocer que, en lugar de ser personas de palabra, nos hemos convertido en seres de rapiña. Esta es la cuestión. Cuando la verdad no es, realmente nadie respeta a nadie, y todo es confusión e incertidumbre.

 

Las puñaladas sociales se convierten en un diario, obstaculizando el desarrollo y violando los derechos humanos, mientras el pasotismo lo justifica todo y la indiferencia nos gobierna. En todo el mundo, el pernicioso paisaje de la farsa ha tomado posiciones ventajosas. Nos mentiríamos a nosotros mismos si dijésemos lo inverso. La falta de coherencia, entre lo que se predica y lo que se hace, está devastando personas, comunidades y naciones. Quizás a lo mejor no tenemos que decir tantas cosas. Puede que sea más saludable menos propagandas y más retornos a uno mismo, a la palabra interior, al silencio del corazón y a la soledad del alma. Estoy convencido que ahí radica la voz de la verdad.

 

Por consiguiente, a mi juicio de valor, hemos de huir de esos predicadores que difaman, que se mueven por el camino del embuste. No aspiran a otra cosa más que a meternos por los ojos sus propuestas perversas para desgastarnos como familia. Únicamente cuando hayamos llegado a la evidencia del guión que brota de nuestro espíritu, y que debe cultivarse con nuestra práctica en la vida, sólo entonces hallaremos la paz y el gozo que tanto vociferamos. Con gran tristeza vemos, a menudo, serpentear audazmente el disfraz que todo lo envenena de vicio, ridiculizando las bondades y burlando las virtudes. Es hora de decir basta, y en lugar de dinero o fama, pedir que no se oculte la verdad aunque nos duela.

 

Lo más horrendo es vivir en la mentira, en la necedad de la ficción, en la estupidez de tantas contiendas inútiles. Naturalmente a la verdad se llega por muchos caminos, tantos como lenguajes y culturas; unos lo hacen a través del arte, otros a través de la ciencia, en definitiva mediante la búsqueda. De este modo la razón del conocimiento de la verdad se coloca en el centro de la indagación. Quien camina comprende que el camino es experiencia de verdad más allá de las palabras. Al fin y al cabo, sólo se inventa la mentira. Por ende, si la conciencia es el volumen más auténtico que llevamos consigo, pensemos que la palabra es lo más bello que se ha creado, y como tal ha de ser nuestro salvavidas.

 

Por eso, podríamos ahorrarnos algunas expresiones, como la palabra progreso mientras haya pobres que no tienen pan que llevarse a los labios. Sin embargo, sí que tienen sentido los mensajes cuando nos obligan, cuando son el espejo de la acción. Bienvenidas sean estas misiones. En virtud de la palabra, pues, superémonos. Nada hay imposible para una voluntad recia, sabiendo que la verdad no está de parte de quién grite más, sino de quién ame más el verbo y lo vuelva verso. Yo mismo llegué a la poesía por los silabarios del silencio. Ahora comprendo lo importante que es conservar los ojos de niño para seguir viviendo en el poema. Desde luego, la más sublime verdad no se sueña, coexiste en cualquier expresión de belleza. Dicho queda.  

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