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Vivimos en la era del cambio. Cada momento tiene su pulso, pero también su pausa; sobre todo, para renovarse. El panorama actual no es nuevo, pero si distinto. No es desconocida la letra. Necesitamos crecer, más interiormente que exteriormente; vivir respetando y respetándose asimismo; y, en todo caso, alentando a convivir si no queremos morir en el desconsuelo y en la desilusión. En cambio su espíritu, sí que es diferente, somos diversos y esto es inevitable, aunque hemos de compartir valores comunes. De ahí la necesidad de diálogos sinceros, de compromisos de colaboración y cooperación, para poder afrontar con unidad y unión los problemas y, de este modo, transmitir esperanza. La reciente cumbre de las Américas, donde por primera vez en más de cincuenta años, un presidente de Estados Unidos y otro de Cuba hablan cara a cara en una reunión, ha de propiciarse mucho más por todo el orbe.

 

Necesitamos entendernos por poder cohabitar. Estoy convencido de que sólo una especie que se comprende, que se afana en vivir para su linaje independientemente de su cultura, se perpetuará. Nuestra respuesta a quiénes somos y por qué vivimos, está precisamente en esa vida donada a nuestros semejantes. Por otra parte, tenemos que lograr el bienestar para toda la especie sin el sacrificio de nadie. Ningún ser humano puede ser excluido de los bienes básicos, ni de los servicios públicos. Nos merecemos, únicamente por haber nacido, la dignidad de persona, con lo que ello conlleva de deberes, pero también de derechos. No es ético que los pobres subsistan de las migajas que caen de la mesa de los pudientes.

 

Tampoco es ético que la ciudadanía, según el lugar de nacimiento, tenga más o menos acceso a la educación, a la salud, o a la misma seguridad. La forma de conseguir esa estética ciudadana, donde todos ayudemos a todos, requiere de más autenticidad ante todo con las prácticas democráticas, los derechos humanos y el empoderamiento de la mujer. En muchos países aún las mujeres se sienten súbditas, ciudadanas de segunda clase, con poca voz y muchas obligaciones. Por eso, es vital proseguir con esa revuelta condescendiente con los más débiles, ofreciéndoles posibilidades de desarrollo. Unas veces por nuestra propia negligencia o dejadez, otras veces por la falta de cooperación entre los Estados, lo cierto es que hay muchos seres humanos sin posibilidad de hacer valer sus derechos, recluidos en la resignación, y sin posibilidad alguna de dejar este mundo que les utiliza y margina. Por desgracia, la mentalidad contemporánea parece oponerse a esta unión y a esta unidad del género humano.

 

El clan de los dominadores no deja espacio para una alianza verdaderamente justa, porque es cuantioso el fingimiento y el egoísmo que tenemos injertado en vena, impidiendo que podamos romper la barrera de la frialdad que suele gobernar hoy el mundo. Nos hemos vuelto tan insensibles que nada nos conmueve. Predicamos mucho, pero hacemos nada por los que nada tienen. Siempre es lo mismo. La palabra fácil, la acción imposible. Hablamos de un futuro brillante y sostenible, de un mañana próspero, con equidad, en el que nadie quede rezagado, pero lo cierto es que cada día la desigualdad se acrecienta y los buenos propósitos se olvidan. Ciertamente, es nuestro deber e interés común fortalecer los lazos que nos unen a la luz de los diversos desafíos comunes, tales como el terrorismo o la misma migración. El éxito de seguir avanzando, y no retrocediendo, va a depender del grado de seriedad que la ciudadanía tome con los principios de la cooperación internacional.

 

El mundo en el que vivimos hoy en día es un mundo cargado de vicios y corrupción, del que tenemos que huir, creando un futuro compartido, que promueva un más equitativo crecimiento para que favorezca la armonía entre sus moradores más allá de las pluralidades culturales. Por consiguiente, considero vital romper con tantas barreras excluyentes. No podemos, ni tampoco debemos transigir, que la desunión o la desventaja impere por el mundo. Quedarnos cómodamente cruzados de brazos es lo que hemos de evitar en todo momento. Indudablemente, se pueden cambiar muchas cosas para mejorar el común horizonte de la especie humana. Cada país, cada pueblo, se enfrenta a circunstancias específicas, pero en su acervo, a todos ha de movernos a mejorar la manera de trabajar juntos.

 

Sí los países adoptan políticas sociales, eso beneficiará a sus poblaciones, pero también contribuirá a reducir el número de migrantes. Lo mismo sucede con los países que adoptan políticas benignas para el clima, eso beneficiará a sus ciudadanos principalmente, pero por igual contribuirá a reducir las emisiones mundiales. Son por estas razones que necesitamos políticas que no marginen, sino que incluyan, máxime en un planeta cada día más interconectado, donde todo, para bien o para mal, nos afecta. Es hora de que la especie humana despierte del letargo y salga del mundo de los horrores hacia otros espacios menos sangrientos y más de convivencia. El panorama en cierta manera es desolador. Mientras unos caminan vacíos de amor, otros andan vacíos de bien.

 

A todos nos consta que no hay nada más antinatural que la maldad, pero ahí está, con su aluvión de atrocidades y crímenes. Justo para que triunfe esta atmósfera diabólica, sólo es preciso que los buenos no hagan nada por remediarlo. Por ello, deberíamos pensar en fortalecer la reconciliación de los humanos y, esto es posible, gracias a la conversión de nuestros propios corazones. Nuestros interiores no pueden seguir endureciéndose. Tenemos que escucharnos más. Los gritos ciudadanos a veces no los oímos. Estamos petrificados en multitud de cosas y lo verdaderamente importante no lo captamos. Deberíamos, pues, reflexionar mucho más sobre esos seres humanos atormentados, y así, poder rescatarnos del malvado espíritu de ideas materialistas, hacia otro hábitat más despejado, donde la armonía entre tranquilidad y actividad, forme parte del fondo espiritual de las nuevas generaciones.

 

En suma, que si nuestro común horizonte ha de ser vivir unidos, lo que requiere gratuidad en un mundo donde todo se compra y se vende, ha de empezarse por un sustento moralista, cuando menos para despojarnos de tristeza, de amargura, de pesimismo. Este desprendimiento no es fácil. Es más bello recoger, cosechar, ser acogido. ¡No tengamos miedo de aproximarnos, de tender la mano!. La vida es para todos. Aunque el primer paso ha de ser siempre hacia los marginados, también debemos ir a las fronteras del pensamiento, para entablar un diálogo razonable y conjunto, teniendo en cuenta que la discordia siempre nos debilita y que la unión nos refuerza.

 

Basta con que un ser humano odie a otro para que el odio se extienda por toda la humanidad entera. Deberíamos pensar en esto. No olvidemos que respiramos todos el mismo aire y que todos somos mortales. No entiendo la desunión, si al final todos vivimos y morimos en este pequeño planeta. Sorprenderse y extrañarse, pienso que es comenzar a convivir. El gran instrumento es el lenguaje, que adquiere mayor entusiasmo, cuando las cosas se hacen con amor y con voluntad de cambio para mejor. O sea, para el bien colectivo de toda la humanidad.  

Lunes, 06 Abril 2015 09:43

Propiciemos la gran cumbre de verdades

Me gustaría que se avivara la gran cumbre de las verdades entre tantas reuniones de hipocresía. Únicamente desde una realidad exacta podemos hablar de reconciliación.

Siempre hay un motivo de acción de gracias, aunque sólo sea por vivir y dejar constancia. Asimismo, constantemente cohabita la necesidad de intimar con nosotros mismos. Al fin y al cabo, somos un abecedario de sensaciones e interrogantes. La exploración es innata con el ser humano. Vivimos entre la creencia y la increencia, entre la contradicción y la búsqueda, entre la mística del gran sacrificio del Calvario y la victoria de la Resurrección del Crucificado, entre el ser y el no ser, entre el instante preciso y la preciosa eternidad.

 

En cualquier caso, el mundo necesita con urgencia abrir las vías de la justicia; y , para ello, sus moradores han de ponerse al servicio incondicional de unos y otros, sin que nadie quede excluido ni como vencido ni como vencedor. La cuestión es fraternizarse para renacerse. Tantas veces hemos fracasado en conciliar la ecuanimidad con la autonomía de la persona, que en el planeta se acrecientan las mayores desigualdades. Muchas naciones viven hoy en día la peor crisis humanitaria de nuestro tiempo.

 

El peso de la desesperación que sufren vidas humanas es tan cruel e inhumano que debiera hacernos reflexionar. Tenemos que comprender a nuestros semejantes, a que el ser humano es lo único importante, y que no se deben establecer fronteras, ni tampoco frentes, entre ciudadanías.

 

Donde no hay solidaridad no puede haber justicia. Hemos llegado a unos extremos de ingratitud sin precedentes. Deberíamos dejarnos cautivar por el sosiego para crecer en pensamiento. Ha llegado el momento de respetar las conciencias de cada uno y de activar las energías suficientes para procurar el bien colectivo. Solamente el esfuerzo armónico de todos puede disipar este aluvión de horrores que nos sorprenden en cualquier esquina del orbe.

 

En este sentido, el Cristo que camina durante estos días por las calles del mundo es todo un referente, puesto que nos dio ejemplo con su vida.

 

En ese Crucificado se puede aprender el ejercicio sublime de este amor y de esta efusión de gozos; porque es algo que nace desde dentro, sin necesidad de maquillaje. Nos ha traspasado el alma tanto dolor; pero al fin, la luz del Resucitado nos trasporta hacia un horizonte de esperanza y consuelo. No hay mayor alivio que practicar entre sí la amistad como un auténtico hermano penitente, y máxime, cuando soportamos un mundo de injusticias que nos desbordan.

 

Cada uno de nosotros sólo será justo en la medida en que cultive la verdad, en que viva donándose, reconciliándose consigo y con todos, en que haga lo que le dicte su conciencia, despojado de doctrinas mundanas, poniéndonos decididamente en acción, bajo el impulso del intelecto y al servicio del amor. Amar es lo que nos distingue y nos hace prodigiosos.

 

Es lo más hermoso a descubrir. No lo olvide. Encandilados a esa pasión por el deseo de amar, nos haremos más fácilmente cargo de este aluvión de inmoralidades sembradas. Y así, repararemos el verdadero sentido de adhesión y de la confluencia fraterna, abriéndonos de este modo a la solidaridad, e incluso nuestra propia muerte se convertirá en una puerta de esperanza. O al menos de luz. La coherencia, de solo predicar aquello que se practica, nos traslada cuando menos a un espacio real de ilusión. Todos necesitamos, en algún momento de nuestra existencia, alguna ayuda.

 

Lo fundamental es socorrer, madurar y crecer feliz, por muy adversas que nos parezcan las circunstancias. Dejémonos que la fuerza del amor encarrile nuestras vidas. A propósito, decía San Agustín, que "quien toma bienes de los pobres es un asesino de la caridad y que quien a ellos ayuda, es un virtuoso de la justicia". Buen recordatorio para un tiempo repleto de hipocresías. Sí ese Cristo, en procesión por el mundo es nuestro modelo, instemos por medio de Él, la paz para el mundo entero. Pero, claro, esa concordia alberga en su interior la construcción de una sociedad equitativa.

 

El ser humano armonizado con su mismo linaje, siente esa llamada de auxilio como algo natural, y no ve en su misma especie a un contrincante o un enemigo. Esta es la gran asignatura pendiente. Volvernos familia para todos gozar de igual e invisible dignidad. Teniendo presente todo esto, es fácil entender que la fraternidad no requiere de justicia, porque ella misma es un acto justo, y, por consiguiente, un cauce para la paz, sustentado por el amor de amar AMOR.  

Jueves, 26 Marzo 2015 09:41

La decadencia de lo moral

El mundo necesita líderes con autoridad moral. Las simientes de odio son tan fuertes que la violencia prolifera por doquier parte del planeta. Además de andar atrapados por el miedo, la espiral de terror es tan acusada, que resulta difícil injertar lenguajes de paz. Todo está como muy convulso. Fruto de este malestar, que domina y enjaula el propio hábitat humano, germina un cúmulo de trastornos de salud mental como jamás se ha producido en otras épocas. Ahora bien, no tenemos que ser fatalistas con respecto a nada, todo en el fondo es previsible y prevenible. Es cuestión de poner remedio.

 

Todo se ablanda con el abecedario del afecto. Cuánto más practiquemos la ternura, mejor nos sentiremos en nuestro itinerario de vida. Como decía el inolvidable filósofo y ensayista español, Ortega y Gasset, "con la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con el amor los errores de nuestra moral". Dicho lo cual, pienso, que hoy más que nunca precisamos gentes capaces de llegar al corazón de la ciudadanía, que sepan entender, que convivan con la verdad, que inviten a la comprensión. Porque comprender, ciertamente, es comenzar a vivir armónicamente. Sucede a veces que se rivaliza porque no se llega a vislumbrar lo que pretende decirnos nuestro semejante. De ahí, la importancia de trabajar todos unidos para dar luz a los ideales y, de este modo, construir entornos dignos para todos, con ambientes donde la conciencia crítica sea tomada como costumbre.

 

El apoyo moral es fundamental para proseguir cualquier camino. Una sociedad que desprecia aquellos valores más universales y su propia naturaleza humana, se destruye asimismo y camina en un terreno de confusión consigo misma. Ningún país puede dormirse en los laureles. El sentido moral es vital, puesto que cuando se desvanece de una nación, también su estructura social camina hacia la hecatombe.

 

Tanto es así, que el verdadero signo de avance radica en el factor ético y moral. Tal y como está el mundo actualmente, necesitaríamos verdaderamente campos donde cultivar la decencia y la honestidad, sobre todo para no sentirnos violentos con nosotros mismos. Al respecto, apuntaba Aristóteles, que "la excelencia moral es el resultado del hábito". Naturalmente tenemos que ejercitarnos en la consideración hacia lo humano, aunque sólo sea porque forma parte de cada uno de nosotros. Nos volvemos buenos realizando actos de bien, equitativos realizando actos de justicia, valientes realizando actos de valentía; pero también nos volvemos violentos ejecutando el fanatismo, avivando la venganza en nuestros corazones. Y es que el mal es un invento de la mente corrompida, inmoral, devaluada hasta el extremo de estropear el más bello pensamiento.

 

A veces, yo mismo recapacito, sobre la necesidad de refugiarnos más en nuestros propios interiores espirituales, para crecer cuando menos humanamente. Otras veces creo que sería saludable alentar a la ciudadanía a tomar una postura de principios y, posteriormente, actuar con coraje moral frente a tantas atrocidades. Quizás sería aconsejable un poco de todo, cuando menos para tomar partido en la aceptación de la verdad como norma que ha de regir en todas partes del mundo. Naturalmente, la veracidad y la ecuanimidad no deben tener fronteras en un planeta globalizado. De lo contrario, la indignación moral será tan fuerte, que el caos y los desasosiegos no nos van a dejar vivir. En el fondo, esta decadencia moral que soportamos, es cuestión de saber digerir (y dirigir) lo ético y lo estético, de lo mundano y lo mediocre.

 

En cualquier caso, la mejor manera de vivir, tanto éticamente como estéticamente, o sea moralmente, reside en las puertas abiertas al encuentro con nuestra misma especie. Tenemos que reencontrarnos más allá de esta fría globalización. Estamos juntos, pero nos separa el aluvión de maldades que vamos activando a diario con nuestras hipocresías. Tenemos que pensar, que lo que nos ayuda a proseguir por el camino de los avances, es nuestra autenticidad de servicio, de generosidad, de entrega total al que nos pide ayuda. Indudablemente, hemos de ser más respetuosos para conducirnos, no sólo al conocimiento, también a nuestra capacidad de amar, sin condiciones, ni condicionantes. Hoy por hoy nos corrompen tantas simulaciones, dobleces, que deberíamos poner orden y concierto hasta en nuestra distintiva mirada. Que cada cual impulse su reflexión.  

Lunes, 16 Marzo 2015 11:16

La poesía como alimento anímico

La decisión de proclamar el 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía, onomástica aprobada por la UNESCO en la sesión que se celebró en París en 1999, no sólo me parece una acertada idea, sino que también es una necesidad para la propia subsistencia de la especie. Si importante es alimentar el cuerpo, aún más vital es alentar el alma, poder convivir con diversos corazones, y, de esta manera, embellecernos al menos espiritualmente para sentirnos bien con nosotros mismos. Vivimos tiempos de indiferencia e imposiciones, de dejar hacer, hasta el punto de permitir que piensen por nosotros, de acomodarnos a las circunstancias más absurdas; que, por cierto, distan mucho de ese manjar sabroso para nuestro interior como es el de reconocerse en la verdad.

 

Todo este cúmulo de fingimientos, hipocresías, dobleces y ocultaciones, a mi juicio, es lo que nos viene impidiendo disfrutar de lo armónico. Ciertamente, andamos saturados por la fiebre de placeres que nos impiden calmarnos y, así, poder disfrutar de la autenticidad del verso y la palabra, del corazón y de la vida, de nuestros propios semejantes. Hemos edificado tantos poemas falsos que, la misma sociedad humana, camina hambrienta de estética, sin valorar el ardiente deseo de perfección que rueda por el universo.

 

De ahí, la importancia de la poesía para andar con otro aliento, para sentir de otra forma el místico árbol de nuestras raíces, para crecernos y recrearnos con las cosas más tiernas y humildes, para ser de otra modo, quizás más sentimiento que negocio, o tal vez más melodía que hostilidad. Sea como fuere, debemos reencontrarnos para refundirnos en la unidad. Sólo así es posible anidar un ensueño regenerador. Sabemos que hasta el mismo sueño se desvanece; sin embargo, la vida se vuelve más interesante si no dejamos de soñar. Evidente. Tenemos que interesarnos más por nuestra propia existencia. No sabemos otra cosa que alborotar, que entrar en contiendas, que batallar como fieras al dictado del poder mundano.

 

No obstante, tenemos que llegar a la poesía, a ser de la poesía, a vivir en la eternidad de la poesía, a ser más corazón en definitiva. Ese es el punto de confluencia de todas la culturas, la de unir voces y sintonías verdaderas. Sin duda, nuestra exclusiva historia se verifica en el verso, algo que nos trasciende, y a la vez, nos trasporta a un orbe de gozos, adquiriendo un sentido más etéreo que humano. La inagotable mina de bienes cósmicos que nos abrazan han de volvernos más reflexivos, más inauditos, más practicantes de bondad en suma. No hacer el bien es un mal muy grande, pero lo es contra nosotros mismos; en cambio, si buscamos el bien de nuestros análogos hallaremos el nuestro propio.

 

Estamos encadenados unos a otros y, como en el poema, cada verso es distinto, pero todos son necesarios y han de confluir en armonía, para llegar a la inspiración perfecta. Por eso, la poesía es una herramienta de fraternización, de diálogo y de acercamiento, de mediación y de meditación, de soledad compartida y de silencios vividos, de expresión penetrante del espíritu humano, lo que contribuye a hermanarnos mucho más y a entendernos mejor. La apuesta por la lírica es un envite a las capacidades creativas del ser humano, a sus latidos, a sus genuinos pulsos y a sus legítimas pausas. No entiendo esa ciudadanía que camina desconsolada, sin acercarse a tomar aliento, a respirar profundo y a beber de los horizontes el anhelo de sentirse poesía para el cosmos.

 

Permanecer insensible ante tanta belleza es propio de los inhumanos. Indudablemente, el planeta que habitamos necesita de los poetas, de esos corazones verídicos, para sentirse alguien en un mundo que tantas veces nos hace sentir nada. Desde luego, precisamos calentar el alma ante tanta exclusión, iluminar nuestro camino, encender nuestra pasión por la verdad, que no es otra que la poesía que todos llevamos dentro. Existimos y cohabitamos en el verso y la palabra, con eso queda dicho todo.

 

Pertenecemos a la esencia de las cosas y vamos en busca de la cima más anímica. Hay que proclamarlo a los cuatro vientos. Seguramente deberíamos ser poetas a tiempo completo, pero esta mundanidad nos deja sin tiempo, nos acosa y nos ahoga con un sin fin de tareas inútiles, donde se avivan los egoísmos, las envidas, las sinrazones, que nos llenan el alma de amargura. En este sentido, dejarse cultivar por la poesía significa no solamente apartarse de lo mediocre y del engaño, sino evitar también aquellos movimientos que nos desajustan y nos apartan de la belleza. A esta tarea de cultivo debe unirse el esfuerzo de contribuir al perfeccionamiento moral de todo ser humano. Para ello, tenemos que saber escuchar todas las sintonías, conectar con ellas aceptando las divergencias, con la libertad de pensar distinto, pero sin perder la identidad de lo que somos; y somos, más que un cuerpo que siente, una poesía que vive. Verdaderamente, tenemos que buscar la unidad en la poesía que somos.

 

El ser humano no sólo es único, ha de ser uno también. Esto nos hace sublimes y nos encarna la energía creativa necesaria para no permanecer pasivos y renovarnos cada día. El propio verso que habita dentro de cada persona, nos da también el valor requerido para cambiar esta podredumbre de orbe y hacer un universo más habitable. Todas las criaturas han dejado tras de sí una huella imborrable, unos versos eternos por la defensa de la dignidad humana, de sus derechos naturales en suma.

 

Por el amor que todos nos correspondemos, por la libertad que todos ansiamos, tenemos que reivindicar el lenguaje de lo original. Efectivamente, la expresión rítmica es algo más que una hazaña, es una actitud de vivir compartiendo abecedarios, soñando horizontes maravillosos, injertando mensajes capaces de ilusionarnos hacia otro esperanzado hábitat más idílico. Lo fundamental es despojarnos de mundo y recapacitar más, aunque sólo sea para encontrarnos sosegados con nosotros mismos. Sobre todo es bueno dejarse sorprender, dialogar con el silencio, explorar recónditas soledades, caminar con la lámpara de la poesía, buscar la luz en cada paso, convertir la vida en una experiencia irrepetible y, como tal, ceder a su hermosura. Los tiempos actuales, nos instan a no dejarnos intimidar por las modernidades del mercado. Ya está bien de someterse a un gentío de apariencias. Resulta ineludible, pues, proteger la poesía auténtica. Tenemos que ir más allá de las formas. Es en el fondo del alma donde todo resplandece. La pureza germina en lo hondo. Por eso, cada vida, deseosa de saciar su espíritu, busca en el poema lo que no halla en el camino.

 

En consecuencia, reivindico el rescate y la liberación de tantas cadenas. Retornemos al jardín de las metáforas. Dejémonos balancear bellamente al soplo de las ilusiones. No desfloremos la ingenuidad del niño que nos pertenece y nos revive. Sabemos que la esperanza nunca muere en su mirada, que es la nuestra, la de cada uno de nosotros.  

Es la hora de los rescates. El ser humano debe ser rescatado por sí mismo, por su misma especie. Para ello, hace falta rescatar la política, convertida en negocio, en lugar de activarla como servicio. Hacen falta menos dominadores y más solidaridad. Así, la ciencia ha de integrarse en la reducción de riesgos que conllevan desastres. Los sindicatos, las diversas asociaciones, han de salvar a esa humanidad injustamente tratada. Por desgracia, vivimos en el permanente abuso, con un uso inadecuado de los bienes, una desbordante degradación ambiental, una débil gobernabilidad en muchos países, con unos escenarios de pobreza que no deberían existir y, lo que es peor, con unas expectativas que no despuntan, porque hasta la misma sociedad carece de referentes. Tendríamos que pactar otras formas de hacer, otras de formas de vivir, otras formas de actuar, otras formas de ser.

 

El dominio no puede permanecer en unas pocas manos para su capricho o divertimento. Buena parte de los moradores del mundo se encuentran ensombrecidos por la frustración, el desconsuelo, la venganza o la duda. Pero, ante este desolador desconcierto, no podemos caer en la trampa de lo trágico. Siempre cohabita una luz que nos da la oportunidad del cambio social. Evidentemente, el cambio social no pasa por resignarse, o por buscar la huida de la realidad, o por inventarse un optimismo falso. Veamos lo que va mal y rectifiquemos. Pensemos en los desequilibrios sociales, en la falta de oportunidades de tantos jóvenes, en el terrible poder armamentístico, en la escasez del agua para tantos seres humanos, en las injustas y altaneras finanzas.

 

Tenemos la oportunidad de rescatarnos de este infierno de tragedias, sin tener que lavarnos las manos como Pilatos. Todos hemos de contribuir a mejorar este camino que hemos de recorrer. Y aquí es preciso el papel aglutinador, cada uno desde su horizonte de reflexión. Dejemos las lecturas ideológicas, doctrinarias, y apostemos por el ser humano como realidad pensante, que ha de vivir y puede vivir sin miedos, sin catastrofismos, sin desilusión en definitiva. Quizás para esta renovación merezcamos un rescate, no de finanzas, sino de valores humanos. Desde hace tiempo, nos hemos abandonado y supeditado al poder, obviando esa dimensión espiritual, trascendente, que nos forma en el discernimiento para alimentar los avances humanos, que son los verdaderamente esperanzadores. Por consiguiente, llegados a este punto, creo que hemos de integrarnos al máximo; máxime para recuperar lo humano en toda su plenitud.

 

Es lo humano lo que tiene que prevalecer sobre todo lo demás. Es lo humano lo que importa. De ahí que tengamos que pensar de otro modo la política. Hemos de hacerla de otra manera. No tengamos miedo a escucharnos. No tengamos miedo a compartir. Respetémonos. Abrámonos a la vida para favorecer el encuentro. No excluyamos. No pensemos que hemos venido al planeta para ser eternos líderes, dejemos que la nueva savia fluya en un mundo en permanente cambio. Saltemos de esta mundanidad hacia otro mundo más sabio y, a la vez, más solidario también. Rescatémonos de las inútiles contiendas. Es tiempo de fraternizarnos, de tender puentes y de avivar coincidencias. Tenemos que concurrir en acuerdos.

 

Para educar un hijo, dice un refrán africano, hace falta una aldea; luego, para educar al ser humano, hace falta la humanidad entera. La referencia de que han disminuido el número de fallecidos por desastres naturales en la región de Asia-Pacífico, es un claro ejemplo de cooperaciones en el intercambio de información regional y, también, de coordinación conjunta de operaciones de alerta temprana y evacuaciones. Sin duda, esta es la vía para hacer más habitable el escenario de nuestra propia especie, la de sumar fuerzas de apoyo y no la de restar por puro egoísmo.

 

Indudablemente, todos los humanos tenemos la responsabilidad moral de hacer de la cooperación entre culturas diversas, una manera de vivir. Pienso que la moderación en todo ha de ser nuestra brújula para orientarnos hacia ese verdadero bien colectivo, que se determina y se conoce mediante la naturaleza del ser humano en su armónico equilibrio con lo que le rodea. Para lamento de toda la humanidad, en todos los países la exclusión y la discriminación continúan inmortalizando la falta de equidad, unida a la ausencia de un corazón sensible. Por eso, en ese rescate que propugno es fundamental la reorientación de la política hacia otros horizontes más humildes y de asistencia social. Un gobernante que únicamente gobierna para los suyos no puede gobernar

 

. Como mucho puede hacer avanzar a los de su línea, pero no puede en absoluto regir los designios de unos seres pensantes cada día más globalizados. Por estas razones, una política comprensiva con todos y tolerante, gana el respeto de la ciudadanía, y sobre todo la admiración de ese pueblo marginado, que espera la mano tendida para salir del callejón de la intransigencia de algunos. Entre todos, pues, hemos de rescatarnos y reintegrarnos en un planeta, en el que gobierne la ética por encima de los ídolos. Que manden los seres humanos más humildes. Escuchemos su voz. Entremos en diálogo. El mundo tiene el futuro que el ser humano quiera. Luchemos, al menos todos unidos, para que la confianza no se desmorone.

 

Quizás debiéramos tener la picardía de los reptiles, pero también la autonomía bondadosa de las aves. Alguien astuto es una persona difícil de engañar, cuestión importante en un mundo de falsedades y, asimismo, la clemencia es un buen símbolo para superarnos y acercarnos a nuestros semejantes. Lo decía el escritor español, Pío Baroja (1872-1956): "Realmente, no sé si con justicia o no, a mí no me admira el ingenio, porque se ve que hay muchos hombres ingeniosos en el mundo. Tampoco me asombra que haya gente con memoria, por grande y portentosa que sea, ni que haya calculadores; lo que más me asombra es la bondad, y esto lo digo sin el menor asomo de hipocresía".

 

Ciertamente, ese espíritu de dulzura, de apacibilidad, de mansedumbre, actualmente no cohabita con la especie, por lo que difícilmente va a sorprendernos avanzar en el vínculo de familia humana, cuando lo que prolifera es una mentalidad separadora, de acoso y ahogo al ser humano. Nos hemos globalizado pero no nos hemos hermanado. Esta es la gran necedad. Cómo globalizar un sistema económico, sin una mente integradora, donde esté la mujer y el hombre, la familia, todos nosotros, para que la luz de la justicia nos encamine a la esperanza de un mundo renovado, más del espíritu que de los negocios, más del verso que del dinero, más de la ilusión que de la desgana.

 

O caminamos todos juntos para acrecentar el paraíso o el desencuentro nos llevará, más pronto que tarde, a la nada, al vacío de la estupidez. Es muy significativo fortalecer los vínculos entre culturas, retornar y rehacer un hábitat verdaderamente humano, resurgir en lo auténtico para que lo bueno y lo bello mane (y emane) por cualquier rincón del orbe. Al igual que algunas cosas del pasado, son pretérito, pero abrieron una brecha al futuro; reinventemos el hoy, el presente que es nuestro, y nuestra será la vida para reafirmarla hacia nobles aspiraciones. A lo mejor cada día hemos de rescatarnos para luego regresar a la eternidad. El cambio es ley humana. Al fin y al cabo, cualquiera que olvide el pasado o no viva el presente, se perderá también el futuro. Y no será posible volver atrás para desgracia nuestra.  

Viernes, 06 Marzo 2015 10:02

El futuro está con el ser humano

A veces pienso que es la hora del ser humano y que debería haber una mayor protección jurídica de la persona, por parte de la comunidad internacional, fuese mujer u hombre. Son tantas las promesas incumplidas que deberíamos pasar a la acción. Por una parte, la marginación social es tan acusada y está tan extendida, que hasta las piedras con ser piedras, en ocasiones son más blandas que el corazón de las gentes. El valor de la compasión y de la ternura se ha devaluado cantidad, hasta el extremo que resulta muy difícil integrar colectivos, que el propio sistema mundano excluye, y ya no digamos propiciar la equidad de género, o aliviar la pobreza de la multitud de seres indefensos. Por otra parte, el aluvión de violencias nos desborda, con una gran incidencia en la vida de los desamparados (mujeres, niños, personas mayores…), que a menudo sufren más intensamente los efectos de las carencias de medios. A esto hay que añadir, la poca o nula participación, de estas personas desabrigadas, en las responsabilidades y beneficios del desarrollo de la propia especie humana.

 

Además, también tenemos otra asignatura pendiente, el hecho de la complementariedad de la mujer y del hombre, que no pasa de ser un mero objetivo, a pesar de haber surgido al final del siglo XIX, en el mundo industrializado, el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo), como lucha en beneficio de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. A todos estos desajustes, hay que añadirle la nula política familiar, con remuneraciones del trabajo insuficientes en muchos casos, para fundar y mantener vínculos estables. La integración social en un mundo global no puede demorarse. Algo evidente. La sociedad, en su conjunto, debería implementar oportunas medidas legislativas y de seguridad social, hacia esos colectivos más vulnerables.

 

Desde luego, son de desear políticas más directas y de cooperación a la vez. Quizás debamos exigir, incluso a los medios de comunicación, establecer y observar normas éticas de conducta para promover la dignidad del ser humano como tal. Ya está bien de imponer ideologías en lo que es algo innato con la especie, como ha de ser el nivel de la decencia por encima del nivel del miedo. Por desgracia, la coacción se ha adueñado de multitud de ciudadanos que no pueden ni respirar. Han dejado de ser ellos, para convertirse en un producto sin alma; o bien de desecho, o bien de interés. Se confunde la humanidad acostumbrándose a digerir los crímenes contra la dignidad humana como algo normal, cuando debiera ser lo más horrendo de los infortunios. No se puede morir arrodillado cada día, uno tiene que poder vivir de pie por si mismo, hacerse valer y ser el mayor valor del orbe. Si la mujer o el hombre no están dispuestos a que se respete su exclusiva existencia, ¿dónde está su grandeza? Sin duda, el ser humano necesita un cambio; pero, de igual modo, el linaje requiere de otra mentalidad más aperturista a la diversidad. Podemos lograrlo, pero únicamente entre todos. Sin exclusiones.

 

Ciertamente, el mundo necesita la igualdad plena para que la humanidad avance. Ya lo sabemos. Ahora es menester asimilarlo en todas las culturas para universalizarlo. El ejercicio es fundamental, al menos para que todos los seres humanos puedan vivir con plenitud sin tener que arriesgar, o vender, su específica existencia. Mi apuesta, por tanto, es bien clara. Hemos de retornar al ser humano, más que como ciudadano, que también, como persona dotada de algo más que un estado físico que nos trasciende, ya que todos llevamos consigo una innata capacidad de distinguir el bien del mal, la vulgaridad de la elegancia, los buenos modos de los nefastos modales. Por desgracia, el ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de las finanzas, a un ser sin criterio, adoctrinado para el consumo, sin otro miramiento que su utilidad. Así se descartan tantas personas con enfermedades terminales, se desprecian ancianos abandonados, se arrinconan niños utilizados para morir o se asesinan antes de nacer. Esta crueldad, creciente y progresiva, debiera hacernos recapacitar para tomar conciencia de lo que representa un ser humano en nuestra propia historia como especie.

 

Naturalmente, no podemos permanecer insensibles ante realidades necias y absurdas, gestadas en parte por una mala comprensión de los derechos humanos, de los derechos inalienables de todo mortal que han de ser respetados siempre, puesto que nadie puede ser privado arbitrariamente de los mismos y, menos aún, en pro de intereses económicos.  

La invasión de la vida silvestre es un mal presagio. Precisamente, la organización de Naciones unidas, que proclamó el día 3 de marzo como día mundial de esta existencia salvaje que nos circunda, acaba de poner de relieve un mensaje directo y firme, en relación a este poético patrimonio. Considera el momento de tomar en serio los delitos que se vienen produciendo contra la fauna y la flora, comparable a otros perniciosos modelos como la trata de seres humanos y el tráfico de drogas, artículos falsificados o el absurdo comercio de armas. Al parecer, tienen pruebas sólidas de que hay una participación creciente de redes de delincuencia organizada y grupos armados, que todo lo contaminan y lo extinguen para su goce o enriquecimiento personal, teniendo presente que los bienes que la naturaleza proporciona a todos han de ser respetados también porque forman parte de la hacienda común de toda la familia humana.

 

Bajo esta profunda convicción, de que la preservación de estos bienes naturales requiere que su sociabilidad, inherente a su propio estado originario, se active lo antes posible a este escenario mundial globalizado. No olvidemos que los bienes indispensables para la vida de cada uno, son de todos, como el aire mismo que respiramos. Por consiguiente, combatir estos delitos, no sólo es esencial para nuestra propia existencia, sino también para la conservación y el desarrollo de la propia especie humana. Obviamente, las naciones tienen que hacer valer su estado de derecho, pues estamos ante un interés universal, de modo que el uso de esta riqueza redunda en el bien de la humanidad. Quizás más que nunca sea necesario hacer circular por los caminos de la vida aire limpio. De un tiempo a esta parte, todo parece estar contaminado.

 

La gente no puede respirar libremente y hay una pesadez en la atmósfera que nos deja sin fuerzas y, lo que es peor, sin ganas de dar oxígeno a la mente y al alma. Ciertamente, el ser humano tiene que cuidar mucho más esa naturaleza salvaje que le acompaña, que está ahí esperando nuestra mano protectora, en lugar de nuestro abandono o explotación abusiva. Si la maltratamos, ella también nos maltratará. Necesitamos sus pulmones, sentirnos aliviados por tantas fuerzas invasoras que continuamente amenazan ese universo silvestre, tan variado y, por ende, tan apetecible para nuestra propia naturaleza de caminantes. Nuestra vida misma es un camino hacia nuestro interior, y dentro de nosotros mismos, hay un espíritu salvaje que hemos de amansar, con la libertad necesaria, pero con un ánimo de respeto y estima hacia todo lo que nos acompaña. En cualquier caso, todos estamos obligados a ser mejores personas, mejores ciudadanos.

 

A propósito, la escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), recomendaba una serie de tareas, que no me resisto a transcribirlas, aunque sea nada más que para recordarlas: " Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino". Qué gran verdad para llevar consigo, sobre todo cuando el camino de la corrupción y del vicio, es tan ancho como espacioso. Indudablemente, tenemos que adentrarnos mucho más en la belleza de las cosas para comprender lo que es saludable para toda la humanidad. Hemos de volver al verso, a la poesía, al auténtico camino silvestre de la naturaleza que nos circunda. Tal vez el primer paso para la solución de problemas, aparte del optimismo como aliento, sea el de aprender a valorar lo que nos rodea. Quien no ama lo que le envuelve difícilmente merece vivir. Con la naturaleza, que no es de nadie y es de todos, no se comercializa.

 

De pronto, mal que nos pese, todo parece estar en peligro. Nosotros estamos viviendo un momento de deriva, de descontrol; lo vemos en el medio ambiente, pero también en el propio ser humano. Nuestro específico manto silvestre cada día está más desértico. Algunas de las especies más carismáticas se han extinguido ya o están a punto de extinguirse de inmediato. El ser humano no puede coexistir armónicamente bajo el imperio del engaño. Nosotros tenemos la obligación de custodiar esta belleza campestre, selvática, por encima de una cultura que todo lo destroza sin miramiento alguno. Es hora de actuar, de que dejen de dominar en el mundo las dinámicas de una economía putrefacta y de unas finanzas carentes de ética. El dinero tiene que dejar de gobernarnos. ¡No puede ser así!. Vuelva a la vida lo que es de la vida. Desvivámonos por celebrar la belleza y la variedad de la flora y la fauna que nos guarda en cada esquina.

 

Creemos conciencia acerca de esta necesidad y no expropiemos, a nuestro antojo, lo que es un bien social para todo el linaje. A veces pienso, que aún la naturaleza es un arte desconocido para el ser humano. De lo contrario, no tiene sentido el papel pasivo e indiferente de la ciudadanía ante un persistente comercio ilegal de vida campestre. Esta concepción natural de la existencia silvestre, orientada hacia toda la familia humana, precisamente se hace fértil cuando se despoja de soberbia y toma la humildad como abecedario de entendimiento. Puede que la cooperación entre naciones resulte vital para la protección de ciertas especies, sobre todo contra su explotación excesiva mediante el comercio internacional, pero es el propio ser humano el que tiene que concienciarse de la gran riqueza estética, científica, cultural, recreativa y económica, que genera este mundo rústico, que continuamente nos viene lanzando llamamientos ante nuestros abusos.

 

Está bien que cultivemos, es parte de nuestro proyecto existencial, pero cultivar no es derrochar y mucho menos eliminar nada. Si escucháramos mucho más a ese universo salvaje, estoy seguro que tendríamos otra pasión y también otra dedicación. Produce un inmenso dolor pensar que nuestro propio hábitat nos habla, mientras la especie humana apenas presta atención a sus lenguajes, contribuyendo a acrecentar el negocio, por ejemplo el de la subasta de marfil o cuernos de rinoceronte ilegales. Si estos productos, y tantos otros, tuviesen un origen legal y se hubieran obtenido de manera sostenible, nuestro patrimonio natural dejaría de resentirse, y todos estaríamos cuando menos más sosegados.

 

La humanidad, ciertamente, ha logrado avances, pero también retrocesos. Uno de las grandes regresiones es el medio ambiente y, con ello, la vida silvestre tan ahogada como acosada por un indigno desarrollo de temores, discriminaciones, explotaciones absurdas e injusticias, que hacen la propia vida irrespirable. Si importantes son las personas, también su hábitat, que pide a gritos civismo, gobernanzas eficaces, aplicación de las normas internacionales, coherencia e implicación de todos los ciudadanos. Hasta ahora, todas las voces han reclamado una agenda centrada en las personas y con conciencia planetaria que asegure el respeto de la dignidad humana, la igualdad, la ordenación del medio ambiente, economías saludables, la libertad para vivir sin miseria y sin temor y una asociación mundial renovada para el desarrollo sostenible. El discurso público está ahí, lo que falta son las acciones que han de ser contundentes, con determinación y valentía, para lograr el objetivo de un medio ambiente digno para una existencia digna, que no deje a nadie sin respiración. Al fin y al cabo, somos tan silvestres como una amapola, lo que sucede es que algunos cruzan el campo y solo ven pétalos para sus labios. Y es que el egoísmo, aún no sabe nada más que amarse a sí mismo. Qué lejos queda el compartir.  

Coincidiendo con el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, se anuncian un aluvión de actividades, cuestión que me alegra enormemente, y si el lector me lo permite, yo también me sumo a esa moda cervantina, enhebrando sus eternos coloquios con el momento actual.

 

No olvidemos que las grandes obras son imperecederas, y sus enseñanzas siguen acá, despertando la curiosidad de todo ser humano. En ese afán reconciliador, de nosotros consigo mismo, del mundo con la sociedad, para garantizar que esta creación no desfallezca, es vital que prosigamos creciendo con los lenguajes del alma. Ya lo decía, en su tiempo, el autor de la obra del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: "Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas". Ciertamente, cuando todo parece estar perdido algo nos transforma, cambia nuestra actitud, y parece como si la vida fuese otra.

 

Dejarse abatir por una realidad de sufrimientos y guerras, tiene poco sentido, en la medida en que todo se disolverá en la nada, de ahí la capacidad de reaccionar y de renacer, antes de comenzar a pudrirse. La peor corrupción es el espíritu de podredumbre que nos estamos injertando en vena, como si la mundanidad fuese a solventar todos nuestros problemas. Cada uno de nosotros tendrá su fin, nadie podrá comprar la vida, por eso el camino de la luz, más pronto o más tarde renacerá, dando salida a muchas amargas dificultades. Vivimos entre la espera del tiempo y, este mismo tiempo, que se nos va de las manos. Lo que hoy es, mañana ya no es. Pero siempre nos cohabitan unos dones que están esperándonos con paciencia.

 

Pongamos como concepto a meditar nuestra propia liberación frente a tantas ataduras. Así lo dejó enmarcado, el inolvidable caballero de la triste figura, Don Quijote: "la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida". Con este llamamiento a la esperanza de vivir autónomamente, los seres humanos de nuestro tiempo, o sea nosotros mismos, debemos ser cada vez más conscientes de la dignidad de todo ciudadano, que ha de ser guiado por la conciencia del deber y nunca movido por la coacción. Por consiguiente, todos los individuos, dotados de razón y de voluntad libre, estamos impulsados por nuestra misma naturaleza a vivir, y a dejar vivir, emancipado. Por otra parte, es inevitable que todos los pueblos del mundo se unan cada vez más.

 

La globalización es una realidad, por lo que las personas de diversos cultos y culturas tienen lazos cada vez más estrechos, lo que ha de acrecentar la conciencia del respeto a esa diversidad. Por muy seca que esté la esperanza, la familia humana tiene un tronco común, lo que requiere que en todas las partes del planeta, se reanime la libertad y se proteja eficazmente, mediante una tutela jurídica universal. Tenemos que universalizarnos, ablandar nuestros corazones ante tantas experiencias de sangre, sudor y lágrimas; construir un mundo más humano, más movido por el alma de las personas, más abierto a la pureza del amor.

 

Quizás sigamos sin aprender aún la lección más importante de la vida, la de amarnos. Es nuestra gran asignatura pendiente. Todos caminamos bajo sospecha. Al respecto, también decía este príncipe de los ingenios que fue Cervantes, sobre el afecto entre los seres humanos, que "la buena y verdadera amistad no debe ser sospechosa en nada". A veces, nuestra propia inseguridad es tan fuerte que andamos todos descolocados, hasta el punto que, el autor de la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal, Cervantes, dividió la faz de la tierra del siguiente modo: "Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener". Obviamente, la confusión nos invade, salvo en el tener que todo lo puede. Los eternos dominadores continúan marginando, excluyendo a su específica estirpe.

 

Porque la codicia, efectivamente, hace enfermar al ser humano, que acaba por destruir la relación con sus semejantes, conduciéndolo a que todo esté en función de ese tener dominante. Desde luego, no podemos privatizar un mundo a nuestro antojo, tenemos que compartirlo y más con los más humildes, lo que debe hacernos ir hacia adelante en comunión. Por desgracia, los estigmas y la discriminación están muy generalizados, y son muchos los ciudadanos que viven recluidos en la soledad más absurda, que es otra forma de estar muerto. Junto a estos campos de desolación, prosiguen cometiéndose crímenes inimaginables todos los días, por todas las partes, en medio de una impunidad persistente.

 

Y, aunque es cierto que por muy intensa y extensa que sean las tormentas, el sol siempre vuelve a despuntar entre las nubes, o como decía Cervantes, "no hay pecado tan grande, ni vicio tan apoderado que con el arrepentimiento no se borre o quite del todo". Posiblemente tengamos que superar todas las dependencias y volvernos más libres. Ya sabemos que un progreso en manos equivocadas, lejos de ser un bien, se convierte en un mal. Si los avances no se entroncan con el interior de la persona, difícilmente vamos a estar felices con nosotros mismos.

 

La irracionalidad es tan acusada, en ocasiones, que la libertad ha de ser conquistada y reconquistada para el bien, una y cien mil veces otra vez. En cualquier caso, tenemos que tener la convicción comunitaria como diría Don Quijote, de que "más vale el buen nombre que las muchas riquezas". Indudablemente, como también apuntó el padre de la criatura, "al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas gastar". Al fin, hemos de saber, más que desembolsar, darle un buen uso. Todo precisa de un recto criterio. Ayer teníamos la expectativa de la instauración de un mundo perfecto que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia y a una suma de fuerzas democráticas. Hoy resulta que todo parece tambalearse.

 

Mañana, tal vez aflore una nueva esperanza, pero no una ilusión para mí, sino para todos, un camino que nos fraternice y nos haga caminar desnudos de egoísmos. Sería bueno dejarnos modelar por el amor para reconstruir la fraternidad humana. Nos hará bien examinar nuestros propios sentimientos, nuestra conciencia, sin vanidad, sin deseo de poder y sin deseo de dinero. Al fin y al cabo, el peso de las fortunas no donadas o compartidas con los demás, acabará siendo un peso agobiante para cualquier caballero andante. En este sentido, Cervantes, fue un creador de diálogos en un mundo contrapuesto de parodias permanentes.

 

Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Sancho y Don Quijote llegan a confundirse y a reconocerse el otro en el uno y el uno en el otro. Nadie vive solo. Puede que ahí radique la estrella de la esperanza que ahora no divisamos, en armónicamente saber convivir.  

Lunes, 16 Febrero 2015 09:47

¡TRISTE ÉPOCA LA NUESTRA!

Estoy convencido de la necesidad urgente de establecer un orden jurídico mundial, que bajo el influjo de la justicia social, activada tanto por instituciones públicas como privadas, permita a los seres humanos armonizar el planeta, establecer unas directrices financieras adecuadas al bien colectivo y no al interés particular de unos pocos. Este mundo dejará de ser habitable si las desigualdades continúan creciendo. No puede haber convivencia pacífica, sino eliminamos las barreras del egoísmo que nos enfrentan, con un reparto equitativo de los bienes sociales. En una sociedad como la actual, sin principios, ni éticas, con un aluvión de injusticias, no es factible que se respeten los derechos humanos, por mucho que los vociferemos y los recordemos. No será por leyes, ni tampoco por onomásticas, pero quizás nos falte el auténtico compromiso del genuino amor hacia los demás, para que nos podamos abrazar en la bondad toda la especie, de manera fraterna.

 

Desterrado el vínculo que nos une, muere también cualquier tipo de conciliación. Todo fracasa, hasta la misma celebración del día mundial de la Justicia social (20 de febrero), encaminada a erradicar la pobreza, promoviendo trabajos decentes y pleno empleo, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social, lo que conlleva a una vida digna para todos. Qué bueno que la dignidad formase parte de todos los seres humanos.

 

Reconozco que una profunda amargura nos embarga a multitud de ciudadanos, unos porque se encuentran desempleados y otros, porque teniéndolo, se les remunera con salarios ínfimos, dejándolos sometidos, tanto a ellos como a sus familias, en condiciones de vida totalmente míseras. Considero vital que la ética ciudadana reencuentre su espacio en la gente poderosa, en las finanzas y en los mercados, poniendo más interés en auxiliar a los excluidos del sistema. La solidaridad no consiste en entregar migajas, o aquello que nos sobra, se trata de poner en condiciones más ventajosas, para que cada uno libremente pueda avanzar a su ritmo, poblaciones enteras que se ahogan infrahumanamente.

 

Téngase en cuenta, que los pueblos a quienes no se hace justicia se la toman por sí mismos más pronto que tarde. Por consiguiente, ya no podemos tolerar que las finanzas de los poderosos nos destruyan, en lugar de servir a las necesidades de toda la ciudadanía, especialmente la de aquellos más pobres. Ya no sirven las palabras, es la hora de la acción urgente, de que los gobiernos de todo el mundo, se comprometan a desarrollar un activo mundial capaz de promover un impacto social de mínimos, para que los marginados al menos puedan levantar cabeza. Indudablemente, ante las graves situaciones de injusticia que sufren una buena parte de la ciudadanía, las profundas desigualdades sociales cada día más horrendas, y las penosas condiciones de desventaja en las que se hallan poblaciones enteras de todos los continentes, no podemos caer en la indiferencia o en mirar hacia otro lado.

 

En los últimos tiempos, se vienen produciendo, en todo el orbe, fenómenos vergonzosos para la propia especie humana, auténticos fenómenos de explotación, sobre todo en perjuicio de los trabajadores más débiles, migrantes o marginales. En todos los países se debieran asegurar unos niveles salariales adecuados al mantenimiento del trabajador y de su familia, incluso con cierta capacidad de ahorro. Igualmente, todas las naciones debieran asegurar una cultura más humana y menos interesada.

 

De no cesar este injusto clima de despropósitos, podemos llegar a un suicidio colectivo de la propia especie, unos por amargura y otros por tormento. Naturalmente, no podemos quedarnos quietos sin hacer nada. Hay que reiniciar nuevos modos y maneras de vivir, escuchando todas las voces, y cuidando mucho más las desapariciones forzadas. Tampoco podemos truncar proyectos de vida porque nos estorben o nos sean molestos para nuestros intereses. Sin duda, el mundo ha de reconciliarse con su propia especie y buscar menos divisiones que no conducen a buen puerto.

 

La dársena de la paz llega por la vía del entendimiento, sin vencedores ni vencidos, sin destrucción del adversario, sin muchedumbres explotadas y oprimidas, con la liberación de los ciudadanos y la consolidación de sus derechos y obligaciones. ¡Triste época la nuestra! Desgraciada la generación que desprecia a sus mismos progenitores, a su idéntico linaje, cuyos gobiernos merecen ser juzgados y cuya justicia es una injusticia permanente.

 

El mercado todo lo compra, todo lo decide a su manera y antojo, sin contar con los moradores de los pueblos, sobre todo aquellos ciudadanos extenuados por largas e intensas privaciones que piden logros de bienestar tangibles a sus dirigentes de manera inmediata, y una adecuada satisfacción de sus legítimas aspiraciones. Indudablemente, es muy fácil sembrar lenguajes, apenas cuestan nada las palabras, pero la reconstrucción moral exige algo más que buenos deseos, o una concepción de la realidad impuesta por la fuerza, requiere reconocer íntegramente el valor supremo del ser humano, de la conciencia humana, vinculada únicamente a una atmósfera de armonía globalizada. Por tanto, hay que ir más allá del mero reconocimiento de estos derechos universales para reafirmar, que es un estricto deber de justicia, impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales de algunos ciudadanos, o sea las básicas, mientras otros lo dilapidan todo.

 

Advertía, en su tiempo, el filósofo griego Aristóteles, que "cometer una injusticia era peor que sufrirla". Pienso que tenía razón. En consecuencia, que circunstancias como el lugar en el que una persona nace, se desarrolla, su género o grupo étnico, determinen su calidad de vida, es la mayor iniquidad que pueden cometer unos sujetos pensantes. Ciertamente, la inmoralidad siempre es diabólica, pero es más horrorosa ejercida contra un desdichado.

 

Por desgracia para todos nosotros, estamos creando un mundo cruel, con modelos de desarrollo discriminatorios, insostenibles y corruptos, donde el diálogo ya está marcado por el poder, y no por los pobres. Miles de millones de ciudadanos se encuentran totalmente desprotegidos, sin protección social alguna, y todo por haber nacido en un territorio castigado por la exclusión. Ahí radica el gran absurdo nuestro, pretendemos ser justos sin serlo, es el guión perfecto para la obra maestra de la deslealtad. ¿Habrá mayor ingratitud que ser traidores con nuestra propia estirpe?

 

El corazón ciudadano, obviamente, no puede estar muy tranquilo. Nuestra obligación de sobrevivir va en los genes, y además va consonancia con nuestro específico hábitat, con ese cosmos armonioso del cual dependemos. Por tanto, el mundo tiene que equilibrarse hacia la inclusión social, no puede permanecer impasible a tantas lágrimas vertidas por corazones inocentes, que forman parte de su mismo tronco humano. Esta es la gran movilización pendiente, que no es otra que un llamamiento a la justicia social más allá de las conmemoraciones, que están bien, pero que mejor estarían con otras políticas de hechos y de iniciativas.

 

Yo, de momento, no veo corrección por ningún sitio; en cambio, sí que veo un descontento planetario común que debiera conmovernos al menos para ponernos a trabajar en serio. Sobran las promesas. Y, desde luego, faltan nuevos aires para que las crisis humanitarias no sigan avanzando. Por eso, la falta de justicia social universal debería constituir una ofensa para todos nosotros, pues, como dice un adagio, al ser humano sólo le puede salvar otro ser humano.  

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