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Jueves, 12 Febrero 2015 10:58

Puentes de entendimiento

Me asusta el mundo que no considera la igualdad de derechos para las minorías o la independencia del poder judicial, que mira hacia otro lado ante la multitud de migrantes desaparecidos en el Mediterráneo, o que para controlar el orden público utiliza la fuerza militar, porque es preciso evitar que en nuestro corazón se levanten muros de resentimiento y venganza. 

Domingo, 08 Febrero 2015 18:49

La palabra amor en un mundo de intereses

En un mundo en el cual tantas veces se relacionan historias de amor que no son tales, que se cultiva la venganza hasta extremos insospechados, que se practica el odio y la violencia más que la reconciliación y la armonía, realmente cuesta divisar la autenticidad de ese amor que mueve todo el universo.

 

Los mismos asesores especiales de Naciones Unidas sobre la prevención del genocidio y la responsabilidad de protegernos, recientemente llamaban a todos los individuos con influencia, incluidos los líderes políticos y religiosos, a abstenerse de exhortar a la violencia como respuesta a las atrocidades cometidas por grupos terroristas.

 

Con urgencia hemos de retornar al verídico amor; es una cuestión fundamental para la convivencia y para la vida misma en sí. Para ello, pienso que debemos comenzar por interrogarnos a nosotros mismos, sobre lo qué somos y sobre aquello que queremos ser.

 

Muchas personas hoy tienen miedo a hacer opciones definitivas, a donarse al amor y también a verse crecer en el amor, junto a los demás. Por desgracia, nos invade la cultura de lo efímero, de lo momentáneo e inestable, obviando que el verdadero gozo radica en esa transcendencia conciliadora y reconciliadora de poder caminar unidos. Nada se entiende sin amor, pero ha de ser verdadero.

 

Tampoco nada se sustenta sin amor, pero ha de ser auténtico. Ciertamente, resulta difícil dejarse cautivar por él en un mundo de intereses. Sea como fuere, a todas luces, vivimos en un mundo de contradicciones. Hoy, prácticamente en todos los países celebramos la onomástica del amor en San Valentín (14 de febrero). Sin embargo, el estado de confusión es tan grande, que ubicamos el amor como un sentimiento tan solo, cuando en realidad es una actitud de vida, que nace de la experiencia de vivir.

 

Al fin y al cabo, uno crece según el amor que se dona asimismo y que ofrece por doquier. Por consiguiente, quien intenta desentenderse de su capacidad de amar se dispone a odiarse de igual forma. Uno ha de reencontrarse, del mismo modo en el amor, para poder ser feliz. Se equivocan aquellos que tienen el corazón endurecido, que no han probado el genuino amor en sus vidas. Es más un amor de obras que de palabras, de sentirse acompañado, incluso por quienes nos odian.

 

Evidentemente, la grandeza de la humanidad está determinada por esa capacidad de sentirse próximo con el prójimo que sufre. Si somos incapaces de socorrer a los que soportan el dolor de las injusticias, de tener compasión por ellos, hasta el punto de no ayudarles a sobrellevar el sufrimiento, tiene bien poco sentido hablar del amor. Hay tanto amor que no es, que el efectivo amor es cada día más escaso.

 

Nos hemos alejado del amor, y nos hemos imbuido de un amor que todo lo confunde e imagina, que no se mueve en otro horizonte nada más que en el de los beneficios. La persona que en verdad ama está pendiente de todo y de todos, su ritual forma de ser está más en dar que en recibir, en hacer lo posible por perdonar y comprender. Lo decía Gandhi: "el amor jamás reclama; da siempre.

 

El amor tolera, jamás se irrita, nunca se venga". Y, ciertamente, servir por amor a la verdad y a la justicia, convertirse en una persona que ama realmente, es una acto de mucho valor, pero también de grandes esperanzas. Son las pruebas de amor las que inspiran las más honestas hazañas. Donde reina el amor sobran tantas cosas, hasta las mismas legislaciones y también cualquier conmemoración. Día a día hemos de amar sin medida, y ha de costarnos amar.

 

Porque el verídico amor no se encuentra hecho, tampoco se compra con una rosa, hay que realizarlo cada uno consigo mismo, trabajarlo a destajo, beberlo a corazón abierto y convidar a los semejantes, no para que se entretengan, sino para que se sumen a esta pasión que, por otra parte, tampoco se puede ocultar, pero que imprime el regocijo de vivir con fundamento. San Valentín, allá por el siglo III, vio que era injusto que el emperador Claudio II, decidiera prohibir la celebración de matrimonios, porque en su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados, y no dudo en desafiarlo, celebrando en secreto uniones de jóvenes verdaderamente enamorados.

 

En este sentido, pienso que la sociedad de hoy da muchas facilidades para reunirse, para hacer el amor con cualquiera, pero pocas para efectivamente encandilarnos de la persona.

 

Enamorarse no es un mero guión de una telenovela más que nos injertamos en vena, es todo lo contrario, un camino a seguir para afrontar los desafíos que la vida nos presenta y ser capaces de reconocer e interpretar las necesidades, las preocupaciones y los anhelos que anidan en el mismo corazón de cada ser humano. Éste es el camino que ha de recorrer toda persona que opte por amar, y dejarse amar, por abrir el corazón a su amor y permitir que sea el amor, y sólo el amor, el que guíe la vida.

 

Quien no se enamora de su propia existencia, quien no tiene plena conciencia de que uno también es querido, que uno también infunde pasión y ternura, apenas vibrará con el verbo, será pobre de espíritu, andará sediento y perdido, sin poder remar ni interiormente. ¿Habrá desolación mayor? Advierto que las tristezas del corazón matan mucho más rápido que cualquier bacteria o virus, porque hasta el mismo entusiasmo se pierde.

 

En consecuencia, apremia querer, pero aún más querernos, en un mundano planeta donde tantas veces destruimos el deseo de la exactitud, de la búsqueda, y la disponibilidad para el amor. No entiendo cómo seres humanos se pisotean ellos mismos el amor. Algo terrible. Sin palabras.

 

Las personas tienen que entenderse. No puede haber divisiones. Las naciones, como los ciudadanos, no han de tener miedo de vincularse entre sí. Somos hijos del amor, pero de un amor muy diferente al que se vive y se predica actualmente.

 

El reto, como en su tiempo hizo San Valentín, pasa por restaurar la fidelidad, otro valor en crisis. Ahora nos instan a buscar siempre el cambio, la novedad más absurda y esclava, soslayando hasta las propias raíces de nuestros progenitores. Soy de los que pienso, que únicamente aquel que cohabita con un alma noble es servido con franqueza, y es cuando puede hermanarse a su semejante.

 

¿Cuántas personas no son leales ni a sí mismos? Nuestra obligación de sobrevivir en el amor, no es tan solo para nosotros, sino también para el especie, para este hábitat y para este cosmos en el cual nos bañamos.

 

La fuerza de una especie, como la fuerza del mar, se funda en su mutua nobleza de oleaje y en su misma correlación de latidos, para todos los tiempos y todas edades. Claramente, amar es hallar en la belleza del otro tu propia belleza. Sólo así se puede uno embellecer mutuamente. Por tanto; capacítese para el amor, ame más el diario amor, y quiérase hasta la extenuación.  

Jueves, 05 Febrero 2015 09:59

Cada época exige sus docencias

No tengo duda de que las personas nos predisponemos unas a otras, que los mismos lenguajes nos mueven el alma; que también los buenos pasajes, aparte de convencernos, nos reaniman, y que algunos hechos nos entusiasman. Esto me pasa a mí con el libro: “Una educación nueva para un tiempo diferente” (edición de autor), recopilación de artículos de opinión escritos por un docente vocacional, de brillante trayectoria curricular y aún mejor persona, en coherencia siempre con lo que pregona, y que no es otro que el profesor Juan Santaella López. Dichos textos fueron publicados en un medio escrito durante los tres últimos años.

 

O sea, que estamos ante una obra escrita pausadamente, que como buena antorcha de pensamiento y manantial de referencia, lleva implícita la lucidez en consonancia con la genialidad más auténtica. Reescrita y, por tanto, nuevamente pensada después para darle formato de libro. Son más de doscientas páginas impresas de valores y experiencias (de valías), sumamente cuidadas ya que forman parte de sí, de su donación al desarrollo del ser humano, lo que hace que sea alimento a los ojos de cualquier lector. Hasta el mismo prólogo, realizado por Antonio Rus Arboledas (otro humanista-científico de la educación y de la psicología evolutiva), nos introduce en el apasionante mundo de la educación, sobre todo en el sentido de predicar con el ejemplo.

 

Efectivamente, soy de los que pienso que educar, por encima de todo lo demás, consiste en formar seres capaces de liberarse de ataduras, aptos para regirse por sí mismos y no para ser dominados por otros. Y en este sentido, el libro de Juan Santaella López en su conjunto es un verdadero manual, sobre todo para padres y docentes, resultado no sólo de muchas horas de reflexión, sino también de vivencias propias, de meterse en las honduras de nuestro vivir de cada día. Al fin y al cabo, educar no es otra cosa que templar el alma para sobrellevar nuestros propios aconteceres; no en vano, se analiza la sociedad actual, con sus alienaciones y sus dependencias; con una crisis económica que está dejando más pobres a los que ya lo eran y más ricos a los que la precipitaron.

 

Además, también se aportan instrumentos y modelos para el cambio de sociedad que tan necesario es en estos momentos. El autor contrapone modelos de vida, que es necesario que emerjan, y siembra, de igual modo, referentes como pueden ser el hidalgo humanista y defensor a ultranza de la justicia y de la equidad entre los seres humanos, Don Quijote de la Mancha; o un político español tan comprometido con su pueblo como Adolfo Suárez, que hizo del diálogo y del acuerdo consensuado la base de transformación de un país autoritario en otro democrático; o el ejemplo de coherencia de Camus, defensor de que la verdad y la naturalidad estaban siempre por encima de las ideologías.

 

También aporta Juan Santaella López los fundamentos de un buen sistema educativo que, necesariamente, ha de apoyarse en unos buenos docentes capaces de hacer del discente alguien que no existía. Evidentemente, se ha de contar con el esfuerzo del alumno, para –como dice el autor del libro- partiendo de él, adentrarlo en el mundo de la lectura, en las humanidades, en la misma convivencia y vivencia de los valores, mediante los estímulos educativos pertinentes. Cierra el libro un capítulo dedicado a analizar los problemas que la juventud actual padece, que son muchos y diversos: alcohol, drogas, embarazos no deseados, suicidios…, se analizan los problemas educativos, entre nuestros jóvenes: en primer lugar el bullying o acoso escolar, tan extendido en los últimos tiempos.

 

Examina, igualmente, diversos tipos de niños: los depresivos, con sus causas y sus posibles soluciones; los agresivos, los cuales tienen un pasado que les impulsa a ser violentos con los demás; los niños mimados, a los que la sobreprotección paterna los inutiliza para vivir de manera autónoma. Termina el capítulo con un tipo de agresión juvenil que cada día se expande más y que afecta a más familias: la violencia que muchos hijos ejercen sobre sus padres y las causas que conducen a ella.

 

Indudablemente, tan sólo por la educación –como dijo Kant- puede el hombre llegar a ser hombre. En cualquier caso, acusarse a uno mismo con una buena ración de humildad, demuestra que la educación ha comenzado. Por lo demás, ineludiblemente estamos en un tiempo diferente, lo que exige cuando menos una educación renovada. Esta publicación, cabecera de tantos sueños, naturalmente, ayuda a encontrar ese camino de rectitud, advirtiendo que nunca fue fácil el aprendizaje de la virtud.  

Lunes, 02 Febrero 2015 09:40

El amor ha de unirse a todas las culturas

A veces la naturaleza del ser humano es perversa, lo que exige injertar algunas bondades adheridas a nuestra innata existencia, para que el cultivo sea más humano. Hablo de esa cultura adquirida, en la que no se puede permanecer estáticamente, puesto que todo está en movimiento. Hasta el amor se fecunda permanentemente.

 

Por otra parte, poco tienen de afecto aquellas tradiciones que nos degradan, deshumanizan y lesionan. Son violaciones a la propia especie que debemos combatir activamente hasta que desaparezcan. Pienso, ya que en este mes celebramos el Día Internacional de tolerancia cero con la Mutilación Genital Femenina (6 de febrero), en tantas niñas y mujeres destrozadas de por vida. Ciertamente, tenemos que conservar lo mejor de nuestras raíces, pero también hemos de abandonar todo aquello que nos cause daño.

 

Y, palpablemente, nos menoscaba todo aquello que no lleva implícito el amor, que además todo lo iguala. Sin duda, el momento histórico que vivimos ha de empujarnos a tratar de encontrar caminos de luz, desde una cultura de entendimiento y proximidad, orientada hacia la solidaridad, o si quieren hacia las pruebas de amor, cuyo cenit radica en dejar vivir libremente.

 

Desde luego, para poner fin a la indigna mutilación genital femenina es preciso contar con todos los sectores sociales para desenmascarar el absurdo de una tradición. Se trata nada menos de educar a las personas y de comprometer a las comunidades en el universal derecho a la salud sexual y reproductiva, y a una vida sin violencia ni discriminación. Volvemos al amor para reeducarnos. No hay otro abecedario como el del amor para transformar. Por desgracia, se calcula que a día de hoy -según Naciones Unidas- hay unas ciento veinticinco millones de niñas y mujeres mutiladas en veintinueve países de África y Oriente Medio.

 

En consecuencia, no podemos caer en la desilusión, o en la actitud de Pilato de "lavarnos las manos", encerrándonos en nosotros mismos, hay mucho trabajo que hacer para recuperar el horizonte de la vida, donde cada vida es fundamental e imprescindible. De lo contrario, si la tendencia actual continúa, para 2030 aproximadamente ochenta y seis millones de niñas en todo el mundo sufrirán algún tipo de mutilación genital, con sus consabidos efectos negativos y traumatizantes para la salud, y otras veces, incluso la muerte. Ante estas realidades numéricas no podemos permanecer indiferentes.

 

Esto no pasaría si amásemos sin medida. ¿Por qué nos dará tanto miedo cultivar el amor? Tenemos que huir de esa naturaleza malvada que acosa a la humanidad, y apostar por otra vida más afectiva, en sintonía con las propias emociones interiores y los propios sentimientos del alma.

 

El peligro individualista, así como el riesgo de vivir en clave egoísta está ahí, en todas las culturas. Deberíamos huir de esta tendencia cultural que nos acompleja, por sus muchos tormentos que nos aplican en vena, optando por ser más generosos con nuestros semejantes. Igual que nadie puede arrinconar a nadie porque sí, tampoco nadie puede mutilar a nadie sin más. El hecho de que algunas prácticas hayan existido durante mucho tiempo no justifica su continuidad.

 

Sea como fuere, hemos de tener altura de miras, para darnos la oportunidad de cambiar tradiciones que nos embrutecen. Ha llegado, pues, el momento de humanizar las culturas y, asimismo, de avivar la defensa de la ciudadanía y de su promoción cultural. Para ello, es necesario presentar la palabra diálogo, absolutamente indispensable, de lo contrario estaremos dando palos de ciego. Verdaderamente, dialogar es el primer acto de amor. Naturalmente, el diálogo intercultural, bajo una actitud de reciprocidad y comprensión para simpatizar con todas las pluralidades de pensamiento, es una buena orientación para penetrar en todo el orbe y, así, poder contribuir a una armónica humanización de la especie.

 

El ser humano, y más el sector vulnerable, es humillado continuamente por poderes sin escrúpulos y por sistemas económicos que explotan y comercializan con vidas humanas con total descaro. Considero muy necesario aumentar mucho más la conciencia pública más allá de cualquier cuestión de género. Ahora más que nunca, es el momento de la acción conjunta y Naciones Unidas es imprescindible para esa protección y ese promover otra cultura más respetuosa con el ciudadano.

 

Tenemos que asegurarnos de que las mujeres más marginadas y las adolescentes más excluidas, pueden llevar una vida digna y productiva, con el acceso universal a servicios de planificación familiar, contribuyendo así a un bienestar que todos nos merecemos. Sacudidos por los desequilibrios socio-políticos, por las inestabilidades propias de los descubrimientos científicos, por el ocaso de las viejas ideologías y el deterioro de los viejos sistemas, urge poner en valor la autonomía de la persona. Nuestra época actual nos revela descarnadamente la contienda entre géneros, la falta de orientación y la inmensa necesidad de acogida. Hay un hambre más tremenda que la física, es la del espíritu.

 

Requerimos corazones que iluminen y auténticos amores incondicionales, que son los únicos que puedes reanimarnos ante el despertar de una civilización de lo universal. Téngase en cuenta que la humanización que se requiere, por consiguiente, es más que una simple adaptación externa, a mi modo de ver significa una transformación íntima de los auténticos valores culturales, mediante su integración en la ética y en la moral más profunda de las diversas culturas humanas.

 

A mi juico, creo que es vital hacer comprender a nuestros contemporáneos que cualquier ser humano, mujer u hombre, es lo más significativo más allá de las finanzas, de los sistemas políticos y de las alianzas militares. El orden no puede recaer en el miedo o en la fuerza, sino en el entendimiento. Si hay algo que desterrar que sea la cultura de la impunidad, lo que viene posibilitando que la violencia contra los más vulnerables continúe proliferando. Obviamente, la sociedad del mañana deberá ser diferente en un planeta que no tolera más las actitudes discriminatorias de género. Por muchas tradiciones que nos cohabiten de Oriente a Occidente, de Norte a Sur, esta apertura hacia nuevos espacios requiere, en todo caso, sabia meditación y audaz previsión. Aunque el futuro pueda parecernos incierto, si es verdad que nos invade una certeza, que la ciudadanía se ayuda a crecer en el corazón de todas las culturas. Siempre habrá una ilusión a conquistar, inherente consigo mismo, la de que cada persona pueda afirmarse en su libertad, avanzar con su responsabilidad y poder actuar en favor de los demás de manera solidaria. No hay otro secreto que el amor para motivarse, el amor al ser humano, el amor sobre todo lo demás. Es la necesidad cardinal de toda cultura humana, que se precie de ser condescendiente con los suyos. Humanizar con nuestra acción ejemplarizante, y dar nuevamente a la familia el sitio que le corresponde, hará de este mundo una irradiación cultural más vigorosa, sobre todo en la búsqueda de la belleza y de la verdad, de la unidad y del amor verdadero. En cambio, si tomamos la vía de una cultura sin trascendencia, irrespetuosa con su propia especie, pereceremos ante la atracción del dinero y del poder, del placer y del éxito. Nos hallaremos, con la insatisfacción causada por el materialismo, por la pérdida del sentido de los valores morales y por el desasosiego ante el porvenir. ¿Verdad que le suena esta cultura del tormento? Pues cambiémosla, así de fácil. Ya sabemos que solo el amor puede alentar todas las cosas. Sí, sí, más de lo mismo: el amor ha de unirse a todas las culturas.  

El mensaje del Papa Francisco, para la cuaresma 2015, no puede ser más explicito: "fortalezcan sus corazones". Sin duda, la peor prisión es un corazón indiferente. Naturalmente, la insensibilidad es tan acusada en todas las culturas, que hemos convertido el planeta en un viaje habitado por auténticos monstruos. Cuando se toma como actitud de vida, que cada individuo no piense más que en sí mismo, nos olvidamos de los demás, y entonces nuestro propio corazón, sólo siente por sí y para sí. Indudablemente, este proceder egoísta, ha alcanzado una dimensión tan amplia, que podemos hablar de una apatía hacia nuestra misma especie. El Santo Padre habla, justamente, de una globalización de la indiferencia.

 

Por desgracia, solemos escondernos en la fría dejadez ante el sufrimiento de los otros, incluso cuando somos los causantes. Tanto es así que asistimos a una desgana total por el valor de la vida humana. Resulta público y notorio que todos podemos hacer más por los demás. Yo, como aquel célebre escritor francés: Anatole France, también "prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría". Desde luego, avivar el egoísmo no conduce a buen puerto, hasta el punto que los grandes acaparadores son el injerto de los grandes males.

 

Evidentemente, no hay cristales de mayor aumento que los propios ojos del ser humano cuando mira su propia persona, el exceso es tan incuestionable que hay ciudadanos que se animan, con tal que ellos, y sólo ellos, puedan seguir cosechando riquezas para sí. Precisamente, para no caer en esta cultura de pasividad, de encerrarse en sí mismo, el Papa Francisco propone tres sustanciosos pasajes para meditar acerca de este cambio, tan necesario como preciso. El primero se refiere a que "si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él" (1 Co 12,26). Ciertamente, puesto que estamos unidos al Creador, o a una misma fuerza creativa (la de la especie humana), todo ha de afectarnos.

 

La humanidad es una familia única, y como única ha de estar unida e indivisible, para seguir siendo ella misma. El segundo punto hace mención a "¿dónde está tu hermano?"(Gn 4,9). La misión es el amor, sin condiciones, ni condicionantes. El amor de amar en su verdadero esplendor, hasta los confines del orbe. El tercer fragmento nos lleva a la cita de que "fortalezcan sus corazones" (St 5,8). Indudablemente, puede que estemos saturados de noticias que nos narran el sufrimiento humano, y tal vez podamos sentirnos abrumados, incapaces de consolar tantas miserias, pero la indiferencia jamás va a ser solución, y máxime cuando nosotros mismos podemos llegar a ser nuestro peor enemigo.

 

También conviene recordar que frente a esta cultura insensible, también hay otras personas verdaderamente admirables, que ponen en peligro su vida a través de operaciones humanitarias. Por otra parte, la falta de implementación de leyes y de rendición de cuentas de las autoridades, así como los escasos avances en la lucha contra la ilegalidad, generan las condiciones para que se produzcan violaciones a los derechos humanos y hechos violentos por doquier lugar.

 

Convendría, pues, desde el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos, hacer hincapié en otros cultivos más de compromiso con el ciudadano, con todos los ciudadanos, sin distinción alguna. Nada de lo que ocurra a un morador del planeta nos debe resultar impasible o ajeno. En todo caso, frente a la preocupante indiferencia e inercia de muchos de los sistemas de justicia de algunos países para investigar y perseguir hechos delictivos, que se traduce en un alto índice de la impunidad, tampoco podemos, ni debemos, permanecer callados. Ha llegado la hora, por consiguiente, de activar otros caminos más transparentes y equitativos, tomando auténtico partido en caminar unidos como especie, todos juntos hacia la paz, o nunca la encontraremos.  

Domingo, 25 Enero 2015 22:58

El factor humano

Está visto que el factor humano es decisivo para todo, también para impulsar una vida más armónicamente sustentable e inclusiva. La adopción de modelos económicos orientados a la baja emisión de carbono, así como un mayor respeto a los derechos de los trabajadores, han de contribuir a que el escándalo de las disparidades hirientes sea menor, y por ende la miseria deshumanizadora se contenga.

 

De igual forma, urge poner fin a los muchos conflictos existentes, y para ello es menester lograr acuerdos globales para un desarrollo sostenible. La moderación es vital para poder avanzar en el espíritu de la armonía, en el abecedario del diálogo. También hay que hacer mucho más en la lucha contra la siembra del terror. En muchos países perduran modelos culturales y normas sociales de comportamiento que son más destructores de vida que constructores de existencias.

 

El sufrimiento de inocentes cada día es mayor, en parte por nuestro insensible y alocado estilo de vida. Cuando una sociedad se encamina irrespetuosamente hacia la desvalorización del ser humano como tal, acaba por no encontrar la motivación necesaria y tampoco la energía suficiente para atajar su propio absurdo. Por eso, conocer la verdad de nuestros propios hechos históricos debe plantearnos un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy globalizador.

 

Se trata de ahondar en nuestras propias raíces y de buscar, todos juntos, la supervivencia y la continuidad de nuestra exclusiva especie. Precisamente, la celebración en 2015 del Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto (27 de enero), coincidente con el setenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial y la fundación de las Naciones Unidas, deben hacernos reflexionar sobre estos tiempos convulsos y de incertidumbre que vivimos. En esta introversión hemos de estar toda la humanidad, puesto que todos hemos de sentirnos responsables de todos, permaneciendo vigilantes frente a la intransigencia, las ideologías extremistas, las tensiones comunitarias y ante cualquier discriminación de las minorías.

 

De una vez por todas, liberémonos de las atrocidades y unamos nuestras fuerzas por un mundo de igualdad, dignificando a todas las personas. No podemos, ni debemos, permanecer indiferentes ante este mar de dolores, o quedarnos sólo en el recuerdo, hemos de avivar, sobre todo desde los sistemas educativos, los pilares de la tolerancia, el respeto hacia los demás y los derechos humanos. Ha llegado el momento de la acción, el ser humano no se puede destruir asimismo, envenenado por el odio.

 

Por desgracia, hay una violencia persistente y radical que sigue ahí, con su afán destructor y su voraz pugna devastadora. Obligatoriamente, la enseñanza del Holocausto debe hacernos ver, lo cruel que es el factor humano cuando deja de combatir la intolerancia de algunos de sus moradores. Por tanto, como vengo reafirmando desde siempre, tenemos que activar una mayor comprensión entre los pueblos, las religiones y sus culturas. Además hemos de impulsar a los países para que consoliden la democracia, la estabilidad y la promoción de sus ciudadanos en un estilo de vida más acorde con el espíritu humanitario. Quizás tengamos que desenmascarar a los falsos líderes, y pasar a una actitud más vinculante con el excluido. Se trata de poner fin a toda una cultura que margina, que rechaza sin miramiento alguno, incapaz de construir un mundo más equitativo y hermanado, un orbe más de todos para todos.

 

La sociedad tiene que tener otro comportamiento menos intransigente hacia las personas migrantes, hacia los refugiados, hacia aquellos que piden clemencia. Todos los pueblos del mundo han de saber escuchar a los que relatan sus horrendas vivencias y, bajo la mano tendida siempre, ver que otro hábitat puede ser posible, tan solo con la comprensión tendríamos parte del camino andado.

 

El ser humano puede rehacerse y renacerse, de igual modo, fraternizarse, transformar la ira y el dolor en manantial de luz, de progreso y justicia, de sabiduría en definitiva. En cualquier caso, el mal triunfa si el factor humano permanece impasible, se deja vencer por la desesperanza y rehúye de la verdad. El hecho de que las Naciones Unidas tributen y rindan testimonio sobre el horror, a mi juicio, es un argumento incuestionable para aprender y para inspirarse en acciones conjuntas y urgentes.

 

Por consiguiente, defender la veracidad, proponerla con humildad, pero también con persuasión, testimoniarla en suma, me parece un buen impulso para el cambio. Por desdicha, aún no hemos aprendido a amarnos como especie, sobre todo lo demás. Amar es querer siempre el bien y trabajar junto a él por ese valor. Vale la pena el esfuerzo, sobre todo para que avance la historia de la familia humana, la misma comunidad de los pueblos y naciones.

 

Creerse dominadores y autosuficientes ha inducido al ser humano a ser altanero, egoísta, y a pensar que la felicidad y la de los suyos, es lo fundamental y lo demás accesorio. Pienso, en consecuencia, que es bueno recordar. ¿Cómo puede un ser humano sentir tanto desprecio por una vida humana? Las actuales imágenes de tantos rehenes prisioneros, secuestrados por Estados intransigentes, nos dejan sin palabras. Les recordamos a todos, pero no con deseos de venganza o como un incentivo más al odio, sino para comprometernos aún más con la justicia.

 

Sólo un mundo ecuánime, equilibrado por sus ciudadanos, puede hacer parar tanto sufrimiento. El dolor humano es tan extensivo y cruel en el panorama actual, que si en esos momentos de tristeza nos mostramos cercanos, ayudamos a sobrellevar el sufrimiento mucho mejor. Naturalmente, inmovilizar, contener a cualquier injusto agresor, es tan lícito como preciso.

 

Ahora bien, debemos tener memoria. Muchas veces, con este pretexto de paralizar al agresor injusto, las potencias se han adueñado de pueblos y han hecho una genuina guerra de conquista. Evidentemente, un solo país no puede determinar cómo detener a un indigno criminal en un orbe globalizado. Después de la Segunda Guerra Mundial, surgió la idea de las Naciones Unidas: es allí donde se debe dilucidar, y al fin decidir.

 

Fue en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos Humanos, donde se consagraron los principios de los derechos humanos para todos los pueblos del mundo. Y justamente este año, la conmoración del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, gira en torno al tema: "la libertad, la vida y el legado de los supervivientes del Holocausto", lo que nos hace pensar en los muchos fracasos en la prevención de genocidios, pero también en los muchos aciertos llevados a buen término para que las atrocidades sean cada vez menores. Efectivamente, nunca más debería ninguna persona tener que soportar la consternación que simbolizó el Holocausto.

 

Con esta lección aprendida, sepamos, en efecto, que únicamente trabajando unidos podremos prevenir este repelente y mundializado delito, aglutinador de actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo humano, o a la misma especie, y poner término a la impunidad. Por otra parte, si educamos a las nuevas generaciones acerca de este terrible episodio de nuestra historia, estoy convencido que podremos ayudar a defender la dignidad humana de todos. Sin lugar a dudas, que sí. El factor humano, es cierto que lo puede salvar todo (o casi todo), pero de la misma manera lo puede devastar también todo (o casi todo). Alerta, pues.  

Durante muchos años he venido escribiendo sobre los peligros de la familia y últimamente he reflexionado mucho más sobre ello. Para empezar, el mundo no se puede construir bajo una mentalidad que separa por principio. No olvidemos que el ser humano se inicia, y debe desarrollarse como tal, donde se abre a la vida y, en todo momento, arropado por los suyos, por los que le dieron la existencia.

 

Por supuesto, uno de los riesgos más graves a los que se expone nuestra época, es el divorcio entre finanzas y moral, entre lazos y ética. Realmente estamos cosechando tantas precariedades que, a veces la vida, cuesta embellecerse con ella, puesto que son las relaciones con las personas lo que da lucidez a nuestro acontecer diario. En este sentido, hemos injertado al vínculo conyugal la fiebre de lo inseguro, la locura del odio, lo efímero y lo frágiles que somos.

 

Por desdicha, aún no hemos aprendido a amarnos cuando ya estamos aborreciendo nuestras propias raíces, que están en nuestros predecesores queramos o no, puesto que por ellos hemos venido al mundo. Por consiguiente, pienso que jamás hay que tener miedo a donarse, a amar con un corazón abierto y comprensivo, a vivir amando. Desde luego, hay que aceptar el reto del amor como algo físico, porque el amor es nuestro sustento, nuestra razón de caminantes, nuestro sentimiento más profundo. El matrimonio, en cambio, es más química.

 

Todos los problemas germinan de un mismo tronco, de una misma raíz; la del miedo, que desaparece cuando verdaderamente se ama; pero el amor nos da recelo porque nadie se fía de nadie. Bajo esta precariedad de malicias, en ocasiones servidas en bandeja de plata, se constata en todos los continentes y en cualquier ambiente social, una cultura que nos repudia como seres humanos. Sin duda, esta sociedad es más inconsistente que nunca, lo que ha puesto en peligro incluso el esfuerzo educativo. Naturalmente hoy sabemos más que en otros tiempos, pero no por ello somos más felices. Esta es la auténtica verdad. ¿Cuántas veces nos quieren convencer de que el divorcio es la única salida a una crisis matrimonial? Es lo propio de esta mundanidad que nos acorrala con su dictamen de absurdas normas. No importa una vida compartida.

 

La mentalidad divorcista es tan fuerte que todo se deriva en drama. Con demasiada repetición, los cónyuges se rinden sin luchar por algo que les pertenece, pero es que la sociedad no les deja pensar ni para que luchen, y con las primeras dificultades todo se derrumba en la nada. Nadie me negará que el divorcio es otro de los negocios actuales, por cierto uno de los más rentables. La desunión la hemos convertido en una decisión jurídica sin más, de pelea de gallos hasta matarse si es preciso. Las modas son así de crueles y tozudas. Lo que es un problema de relación que tal vez podría reconstruirse, se destruye sin más, judicializándolo al máximo.

 

Los costes son particularmente elevados para todos, incluso para la misma sociedad que continúa aborregándose, permitiendo pasivamente el desmembramiento de tantas familias. La idea de que la entrega recíproca de los esposos hasta la muerte es posible, no interesa a esta sociedad que repela el compromiso, que trivializa con el sexo, que juega con los sentimientos a través de una falsa concepción de la libertad. Asistimos, además, a la invasión del goce de una independencia atroz, de un individualismo radical, a un desprecio del ser humano en definitiva. Con frecuencia somos piedras que no ablandamos y hasta llegamos a desechar, del propio corazón, al que un día le dijimos que le amábamos.

 

Es la incoherencia de una tribu alocada, sumida en estilos de modas, de telenovelas que ponen en tela de juicio el valor del vinculo matrimonial, como si fuese cosa de antiguos. Alguna vez he leído que lo más razonable que se ha dicho sobre el matrimonio, es que hagas lo que hagas te arrepentirás. Partiendo de estos pensamientos que están ahí, en la propia calle, difícilmente se puede hablar de entrega generosa, fiel y permanente.

 

O se habla, pero no pasan de ser meras palabras sin latido alguno, con lo cual, ante el primer pulso de la vida se hunde el nexo, que un día elegimos libremente y conscientemente. Sucede a menudo que los responsables de hacernos la vida más llevadera, entiéndase nuestros líderes políticos, alimentan este cultivo divorcista con expresiones legales que ponen en precario el propio amor, contribuyendo desde sus doctrinas a crear más problemas que soluciones. En multitud de Estados, el matrimonio, ya no se considera un bien colectivo, ni un valor público, sino algo arcaico y sin sentido.

 

La palabra dada tiene un valor limitado en el tiempo y el egoísmo es lo que impera, lo que está bien visto o lo que se consiente. No suele importar el pensamiento de cada uno de los cónyuges. En el fondo, hay un desconocimiento total de la pareja como riqueza y complementariedad; inexperiencia y confusión en parte avivada por una radical ideología feminista, renombrada de género, que casi nunca suele escuchar a todas las partes.

 

A mi juicio, creo que hemos pasado de un polo a otro, sin mediar en los sentimientos de las personas, y en la ayuda que precisan estos sufrimientos. Verdaderamente, con excesiva asiduidad, cuando se produce la crisis, los esposos se encuentran sin apoyo alguno, y esta indeseable soledad los deja encerrados en un camino sin salida, llámese mujer u hombre. Seamos sinceros, aquí también solemos privilegiar el dinero a costa de la vida matrimonial, o sea la industria del capital a costa de las propias miserias humanas. Sería bueno que nos preguntásemos más en cómo ayudar a los que viven esta situación para no caer en la trampa de la disociación.

 

Pensamos que el divorcio es la solución, porque así se encargan de hacérnoslo ver el sistema que todo lo separa, que no entiende de bien colectivo, ni de bien social, cuando en realidad se debiera promover una genuina cultura del amor y de la vida. En una sociedad que se desmorona inevitablemente falla todo, tenemos que reconstruirla como decía yo mismo hace unos días en otro de mis artículos.

 

Lógicamente hemos de aprender a convivir, a tener consigo una comunión de vida y de amor estable, fiel y leal, exclusivo y regenerador, de integración y de apertura, de felicidad y de pasión. En todo caso, se tiene que revalorizar el ser humano en su dignidad, como proyecto de vida y como caminante de horizontes. Se trata de que todos nos acompañemos a todos, de pacificar en lugar de guerrear, de comprender y de poner en marcha una humanidad más auténticamente amorosa. Lo nefasto sería entrar en una guerra de género. Evidente, hay que prevenir las separaciones, y eso solo se puede hacer desde la infancia, con el ejemplo de sus progenitores, que es donde la persona nace y se crece en el afecto. Todos necesitamos una educación más humana, más del alma, más de la vida para poder seguir viviendo y, de este modo, poder tener continuidad como especie pensante.  

Lunes, 12 Enero 2015 12:12

Las trampas del mundo nos delatan

El mundo vive injertado en el lenguaje de la hipocresía. Una buena parte de los moradores del planeta no aman la verdad, no viven en la verdad, apenas se aman a sí mismos, y lo único que les mueve, es el engaño. Hay una persuasión diabólica a confundirlo todo, a simular la verdad.

 

Tal es precisamente el discurso de tantos políticos, de tantos aduladores salvavidas, que con palabras bellas reinventan paraísos que distan mucho de la realidad. Lo cierto es que son diversas las trampas del mundo que soportan los mismos de siempre, la mansedumbre ciudadana, los excluidos del sistema.

 

Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la propia vida, o no acierta a convivir con los suyos, o sea con los de su misma especie, acaba por no hallar la motivación y la energía suficiente para esforzarse en el servicio del verdadero bien colectivo, que no es otro que la ayuda mutua. No podemos seguir ejerciendo de tramposos, poniendo en peligro la cohesión social, algo que es indispensable en toda convivencia.

 

Ahora acaba de ponerse en marcha, oficialmente el nueve de enero, el Año Europeo de Desarrollo en Riga, justo con el inicio de la Presidencia de Letonia del Consejo de la Unión Europea, donde se dice que se busca estimular el interés activo de los ciudadanos europeos en la cooperación al desarrollo y fomentar un sentido de responsabilidad en la formulación y aplicación de las políticas.

 

Ya me gustaría que todo no estuviese perdido y tomásemos otros caminos más de autentico diálogo, de comprensión hacia nuestros semejantes. Vamos a dejar de dar ayudas, migajas que seguramente les hemos robado, y de una vez por todas, trabajar juntos por el desarrollo común. Por desgracia, a mi manera de ver el modelo europeo, que pudiera haber sido un referente para todo el planeta porque se basa en valores, lleva consigo la trampa de ser distante, todo ello activado con una política comunitaria de diversas velocidades y con objetivos distintos.

 

Sin duda, la pobreza y el subdesarrollo son nuestros mayores disidentes que, a su vez, generan un clima de terror, de nacionalismos absurdos, de desastres y mezquindades, que realmente impiden la integración regional, el diálogo cultural y la verdadera asociación colectiva.

 

Lo mismo sucede con el sufrimiento de tantos ciudadanos del mundo, cuya vida apenas vale nada. Si realmente tuviésemos el compromiso de cooperar unos con otros, de respaldar procesos de transición democrática para que el resultado sea una nación fuerte con sólidas instituciones que respeten los derechos humanos, todo sería diferente.

 

Para empezar, tenemos que expulsar los ídolos de la mundanidad, que continuamente nos tienden trampas por doquier camino. Luego, después, debemos trabajar de manera conjunta, y con la mesura precisa, en la solución de las diferencias mediante medios pacíficos. La violencia hay que pararla cueste lo que cueste, y dar la bienvenida a cualquier medida concreta para la implementación inmediata de los acuerdos de paz. Nada entorpece más en cualquier avance que los deseos egoístas entre los propios ciudadanos.

 

Resulta obvio, los fanatismos suelen causar dolor, devastación y muerte. Por tanto, se han de valorar cuidadosamente los hechos actuales con amplitud de miras para corregir disfunciones y desviaciones. Indudablemente, todos los países del mundo han de adoptar una postura responsable en consonancia con los convenios e instrumentos internacionales y los principios humanitarios, mediante acciones concertadas, para salir de este clima de inseguridades que nos asaltan en cualquier esquina del orbe. ¿Qué confianza puede tenerse ni qué protección encontrarse en leyes que dan lugar a trampas y enredos interminables?.

 

En este sentido, resulta alentador que recientemente cincuenta jefes de Estado y gobierno de cinco continentes, invitados por el presidente de la República francesa, François Hollande, se manifestasen unidos en París para denunciar la barbarie terrorista islámica. Naturalmente, tenemos que ser tolerantes y respetuosos con las creencias, religiones y tradiciones de los demás, pero las discrepancias si las hubiere, han de solucionarse sin avivar el odio. La trampa del terror todo lo destruye, nada construye, es un hecho criminal deplorable, que bloquea cualquier plática entre las naciones.

 

Creer que somos autosuficientes por nosotros mismos es otra gran trampa del mundo actual. Por consiguiente, pienso que con gran acierto el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, acaba de decir al mundo que sus líderes tienen una oportunidad histórica para impulsar los cambios económicos, sociales y ambientales durante los próximos años, y así, asegurar de este modo la paz y la estabilidad, cuestiones que tendrán un impacto significativo en la vida de los ciudadanos.

 

Claro está, las acciones han de ser globales. Y si importante es el desarrollo sostenible de todos los pueblos del mundo, no menos vital es la búsqueda de nuevas fuentes de financiamiento y el alcance de un pacto sobre el clima. Si en verdad somos la generación del pensamiento, hemos de hacer todo lo posible para poner fin a la pobreza y abrir nuevos horizontes de ilusión. La silenciosa desesperación que viven muchos seres humanos hay que atajarla sin engaños. Seducir es fácil cuando un pueblo se mueve en el descontento permanente.

 

La soberbia mundana, que en parte nos gobierna tantas veces, es capaz de dejarnos en la selva desnudos, sin cobijo alguno, porque las actitudes verdaderamente gratuitas se reducen a nada, cuando debieran ser el todo. Hay tantas fronteras y tantos frentes abiertos que la globalización como unidad de la familia humana, como criterio estético y como sensatez ética, resulta inexistente. Efectivamente, hay que esforzarse incesantemente en que la unión, no sólo hace la fuerza, también hace que las ocultaciones sean menos posibles.

 

Sin duda, una verdad que únicamente interesa a unos pocos puede ser eclipsada por un disfraz emocionante. Me atrevería a decir que, algunos gobiernos, son tan ficticios que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que hacen. Lo mismo le pasa a muchos ciudadanos, son tan tramposos que no son consecuentes y piensan exactamente lo contrario de lo que dicen.

 

En cualquier caso, la mayor trampa contra el desarrollo la genera el desempleo, o un empleo en precario, forjando tremendas desigualdades, mundos separados. Colosal antítesis. Unos lo tienen todo, otros no tienen nada. Desde luego, una de las pobrezas más hondas nace de la marginalidad, del aislamiento, del rechazo.

 

Esencialmente, el ser humano se crece no aislándose, sino poniéndose en relación con sus análogos. En consecuencia, la importancia de dichas relaciones son vitales. Por consiguiente, hay que reivindicar esa carta de ciudadanía auténtica en un mundo de pícaros, que difícilmente va a propiciar el encuentro cultural y humano entre su estirpe.

 

Tengamos presente, pues, que no se puede avanzar sin personas que cultiven la rectitud, tanto en el hacer como en el obrar, sin operadores económicos con corazón, sin agentes políticos que sientan fuertemente la vocación de servicio, sin humanidad que vincule su conciencia a la llamada del bien común. Hoy por hoy, el apresuramiento y la incertidumbre nos aborrega.  

Miércoles, 07 Enero 2015 18:33

Crímenes por doquier espacio humano

El planeta llamea por todos los costados. El desprecio a la vida humana lleva consigo estos sanguinarios efectos. Un ser desenfrenado es insociable por naturaleza. Carece de afectos. Su pasión no es la razón de vivir, sino la razón de matar para satisfacer sus caprichos altaneros.

Domingo, 28 Diciembre 2014 21:22

No hay cosa más divina que el verdadero amor

Somos transeúntes de un planeta en movimiento. Multitud de perseguidos por el hambre, las creencias, o las sin razones propias de la especie humana, huyen desconsolados en busca de esperanzas.

 

Por desgracia, los humanos hemos dejado el vínculo de la familia, con lo que eso conlleva de compromiso a la hora de compartir y, cada cual, encara los nuevos tiempos con la frialdad de una inhumana economía que ha hecho del planeta un espacio divergente, donde el caos lo domina todo, mediante un frenético sin vivir. Sinceramente, cuesta entender que un planeta, que es todos, camine a varias velocidades, con un ritmo realmente injusto.

 

La idea de un ciclo económico familiar, o sea cooperado, que en verdad nos globalice, se ha convertido en un amor imposible. La necedad del ser humano, movido por el egoísmo es tan fuerte, que impera la crisis por doquier rincón del mundo. Deberíamos de despertar más allá de las finanzas, y ver que hay otra vida más apasionante, la de hacer un camino unidos, un camino que ha de ir hacia una realización de todos los humanos. Justo, cuando un año que se no fue, pero otro comienza, me permito recordar que la meta somos nosotros mismos, y por ello, hemos de reencontrarnos, no sólo para hallar la felicidad, también para crecer como humanidad.

 

En efecto el rostro de un pueblo que camina, ha de hacerlo con entusiasmo, y, asimismo, ha de contribuir a que sus semejantes no pierdan el ritmo de la convivencia, por muy dispar que sea el mosaico desde el que nos movemos. Bajo esta perspectiva, cualquier ser humano, es tan preciso como necesario, no puede haber excluyentes, somos un conjunto de latidos en busca de un horizonte de acogida y equidad. No perdamos de vista el lenguaje que nos une, reiterado en los días de Navidad, para que sepamos entender el transcurso de nuestros días, con nuestras noches. La unidad llega por la convergencia de valores humanos, por la sinceridad en las palabras, en el trato y en las relaciones mutuas. Quizás debemos reflexionar más.

 

Seguramente si lo hiciésemos, pensando en la viva conciencia de la fugacidad del tiempo, veríamos que lo importante a veces lo dejamos sin llevar a término, mientras a otras cuestiones insignificantes le solemos prestar más atención de la debida. Hay un derroche de energía en inutilidades. Precisamente, con la ida de un año, lo substancial es que nos haga meditar sobre el valor de nuestra propia vida humana en relación con nuestros similares. Personalmente, cada vez que me encuentro del lado de la mayoría, procuro hacer una pausa y recapacitar. En el pensar somos únicos, yo así lo entiendo.

 

El borreguismo no es un buen referente. Nuestro distintivo común es el amor entendido como donación total. El hombre no puede ser un lobo para el hombre. Sin embargo, una movilidad libre en el pensamiento es un acto creativo que siempre nos enternece y enriquece. En definitiva, pensar no es más que una chispa en una tenebrosa noche.

 

De ahí la importancia de que pensemos todos, porque ese relámpago, ciertamente contribuirá a la fraternización ciudadana y a descubrir el genuino horizonte de lo eterno. Lo malo es que adoctrinemos, que corrompamos el pensamiento desde los pedestales de los diversos poderes, que abonemos intereses mundanos, que nos hagan creer que estamos en la verdad absoluta, sabiendo que no hay mayor mentira que la verdad mal entendida.

 

En cualquier caso, jamás perdamos la inquietud por llegar al corazón de las cosas, a la autenticidad del deseo, al fin y al cabo, la verdad podrá deslucirse pero no apagarse. La ideas estimulan la mente y el planeta está hambriento de verdaderos estímulos humanos. El ejemplo de Indonesia nos llena de regocijo.

 

Diez años después de que el peor tsunami de la historia se cobrara la vida de más de 230.000 personas en toda Asia, una de las regiones más afectadas por la tragedia se “ha reconstruido mejor”, en palabras de Naciones Unidas. Gracias a este desvelo por sobrevivir, "Indonesia se considera ahora un líder en la región, en la promoción de la reducción de riesgos en caso de desastres naturales”, acaba de expresar Gunilla Olsson, representante de UNICEF en Indonesia.

 

Sin duda, tenemos que ser constructores de sosiegos, sembradores en continuo renacer. Tal vez la vida sea eso, un rehacerse cada día, un revivirse cada momento creando y recreando nuestra propia existencia junto a los demás. No dejemos de lado que somos un todo, y en el centro, ha de estar la esperanza como abecedario.

 

Bienvenido, pues, el 2015. Tenemos tantas cosas por hacer, pero todo a su debido tiempo y con calma, que la paciencia es tan imprescindible como ponerse a pensar. Donde no hay ilusión, no puede haber vida humana, tampoco libertad y menos aún espíritu de autocrítica. Por aquello de que año nuevo, vida nueva, seamos persistentes en nuestra actitud positiva de ser sembradores de vida. Sobre todo, insisto, de existencia

 

Esta es la legítima expectativa. No solo tenemos que vivir anclados a un camino, a la espera de un futuro mejor, que también, pero hemos de ir más allá del pensamiento, buscando alentar savia donde no la hay, desenredando nudos y aclarando espacios, activando en nuestra boca la sonrisa y en nuestra lengua la alegría.

 

Indudablemente, no podemos (ni debemos) dejarnos abatir y asustar por una realidad hecha de dolor, de guerras y sufrimientos, hemos de tomar el proceder con la tracción exacta, sabiendo que todo se terminará transformando a poco que nos pongamos en acción. Querer es poder. Y el mundo podrá caer por corrupción, pero hemos de reaccionar frente a este espíritu de confusión que nos gobierna, fruto de una cultura putrefacta y muerta. Quizás la cuestión pase por saber mirar y ver.

 

Lejos de asustarse, debemos soportar las crueldades, pero también debemos saber alzar la cabeza y volver a reiniciar el camino, tantas veces como sea necesario. Para ese camino renovado debe germinar un ferviente espíritu de convivencia, una naciente mentalidad acerca del ser humano, de sus vicisitudes y derechos, de sus deberes y destinos.

 

Por consiguiente, entiendo, que ha de nacer una propicia pedagogía más universal, basada en la cooperación entre los pueblos y en la colaboración ciudadana. Por supuesto, los pueblos necesitan hermanarse para que sus moradores se respeten entre sí. Y es por la tutela de los valores humanos como se levantan los pueblos y sus ciudadanos, proyectando la bondad y la verdad como árboles que nos cobijan, como argumento de placidez, con la promoción de toda persona en su dignidad, sabiendo que para amar la paz, antes hay que haber amado el amor. Bajo las alas de esta maravillosa energía poética, hasta las raíces del rencor se pudren para siempre.

 

Ama y olvídate de todo, pero ama, y ama sin condiciones. Perdonarás también con amor. Nosotros, sí usted y yo mismo, seguiremos compartiendo verbos y sembrando sueños. ¡Gozoso 2015!. Aprendamos a vivir, amando. Es nuestro deber de vida. O nuestro proyecto de existencia. Y si tiene que odiar a algo o a alguien, que sea al señorito triunfo y a la señorita victoria. Espero sus ecos.  

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