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Miércoles, 17 Diciembre 2014 18:46

Repensar o recapacitar para permanecer

El ser humano necesita pensar, repensar o recapacitar sobre su distintivo valor en un mundo globalizado. Este es el primer deber que ha de considerar cada ser humano, habite donde habite y sea de la cultura que sea. Está en juego la continuidad de la propia especie, la natural familia humana.

Se acerca el momento de los buenos deseos, de los días impregnados de un singular clima poético, donde la mística y las emociones acrecientan su espacio de recuerdos y añoranzas.

 

Tanto es así, que resulta imposible permanecer impasible ante la abundancia de signos litúrgicos y no litúrgicos, que nos llaman a celebrar, con una carga de sentimientos enorme, estas fechas en las que todo parece volverse más bondadoso, más fraterno, más humano en definitiva. Reconozco que ese impulso positivo me anima, lástima que no continúe a lo largo de todo el año, tan rebosante de gratuidad hacia la misma especie y de gratitud hacia lo que nos rodea.

 

Sin embargo, confieso, que lo que me aleja es que en el astro sus moradores sigan haciendo valer sus raciones de egoísmo, prefiriéndose a sí mismos, junto a los suyos y nada más que con los suyos, como si el globo fuese de unos pocos. Naturalmente, uno tiene que poseerse, pero también tiene que saber donarse, sin obviar que la vida se compone de cosas pequeñas y de cosas llevadas a cabo entre todos.

 

Nadie es protagonista de nadie y todos somos protagonistas de todos. He aquí la cuestión de la genuina felicidad Navideña, el contemplativo camino de ver más allá de las tinieblas. Si me lo permiten, en esta Navidad 2014, yo también siento la necesidad de enviarles a ustedes, pacientes lectores de mis desahogos, unas afectuosas palabras salidas del corazón, que es realmente el lugar donde nace Jesús a diario, y en cada uno de nosotros.

 

Reciban, pues, unas efusivas gracias por leerme, mejor diría por beberme, porque son ustedes los verdaderamente creativos, los que me alientan a seguir siendo ese manantial de verbos, que propago por el cauce de la vida. Sin ustedes que salen con la mirada predispuesta a hacer una pausa, en este orbe de prisas, tendría poco sentido la siembra.

 

De este modo, alargan, con sus casi siempre acertadas puntualizaciones, la reflexión que, al fin y al cabo, es de lo que se trata. Sí, de que todos meditemos, de que todos ahondemos en el pensamiento serenamente. No olvidemos que sólo tiene importancia aquello que nos hace recapacitar desde la escucha más comprensiva. Ha llegado el momento de entenderse, de respetarse, de sintonizar con el que piensa distinto. Tenemos que convivir y hemos de hacerlo con más poesía que poder.

 

La Epifanía únicamente tiene razón de existencia en la medida en que nos haga madurar sobre el espíritu del gozo, de la esperanza, de la luz. Evidentemente, esa sublime satisfacción germina de nuestra propia ofrenda, de nuestra nívea generosidad, de nuestra capacidad de entrega a los demás. Esta misión, porque indudablemente somos seres humanos con un cometido de auxilio, de acompañamiento, ha de brotar de la sencillez, del camino de la pobreza, del mar de la purificación.

 

Todo lo recibido es gratuito, también este espíritu auténtico de la Natividad, no hace falta predicación alguna, sólo dejarse llevar por la certeza interior que nos habita. No debemos, pues, transitar con miedo a la hora de entregarnos, algo que rompe los esquemas humanos del interés, porque al fin la experiencia será única, y aunque nos empequeñeceremos, habrá valido la pena de entender que no somos un mercado, donde todo se compra y se vende, que somos personas dispuestas a abrir el corazón para que entren los que no saben dónde llorar.

 

Este es la fehaciente Advenimiento, el verídico retorno del ser humano abrazando gratuitamente a su mismo ser humano, a su mismo tronco, a su misma vida. Esta es la gran fiesta de la fraternidad, de la conciencia de hermanamiento, para ello uno tiene que saber meterse dentro de sí, vivir dentro de sí, amarse dentro de sí, conocerse dentro de sí. Sólo quien ha experimentado tal alegría puede ofrecerla, es más, está obligado a participarla de manera natural, porque el júbilo del alma se transmite por sí mismo, sin querer, en los ojos de todos. Esta es la referencia y el referente de la efectiva Navidad, la de un niño que es amor, inocencia visible para unos moradores en camino, que da sentido y orientación a nuestras vidas.

 

La gratitud es grande, quizás no tengamos palabras para responder y describir tan profundo sentimiento. Ciertamente el corazón se queda sin verbo, pero es, en la honda mirada, donde se descubre ese niño bondadoso, dispuesto a que lo hagamos presencia y presente en nuestro diario acontecer, no como algo propio, sino como algo que se nos ha legado a todos y para todos. Viendo a ese indefenso crío en los portales del planeta, pensemos una vez más en tantos humanos desamparados, que son víctimas de contiendas inútiles, en los ancianos, en los enfermos, en la multitud de seres humanos maltratados por el propio ser humano. En lugar de ser destructores deberíamos ser constructores de vida. Nunca es tarde para hacerlo. Además, nunca perdamos la pujanza del niño que todos llevamos dentro.

 

Bajo este brío naciente hemos de emprender el camino del diálogo, para cobijar el abecedario de la convivencia, con la gratuidad de los que nada tienen y con la gratitud de sentirnos hermanos. Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se detenga sobre la sociedad, tan necesitada de consuelo, contradiga y rechace toda forma de opresión y ramplonería. Nadie puede ser objeto de dominio y de sumisión, porque la gratuidad ha sido extensiva a toda alma para bien de todos.

 

No es propiedad de nadie. Por eso, cuando la gratitud es tan patente dicen que las palabras sobran, quizás sea cierto, pero como reverdece siempre en la tierra buena de los humildes, permítanme evocar el espiritual peregrinaje de no pasar de largo ante el Niño de Belén. Dejemos que nuestro corazón vibre, se mueva y se conmueva alrededor de la ternura, dejémonos acariciar por su silencio; y, por un momento, abandonémonos de mundo y amparémonos en ese Niño-Dios para sentir de cerca la gloria del Creador, un cántico que une cielo y tierra, elevando las plegarias en un haz de convivencia y armonía. Por consiguiente, les invito a todos los lectores a hacer suya esta invocación.

 

Que cada ser humano se ocupe y se preocupe por el prójimo más próximo. Con la humildad realice su propio deber, sin otra pretensión que la de donarse sin más. A esto es lo que nos invita la Navidad, a ser mejores con nosotros y con nuestros semejantes. Sería un buen propósito, para poder despojarse de esta humanidad atormentada, que habla lenguajes diversos y paradójicos, que se contradice así misma tantas veces y no atina a verse en la concordia, que navega desorientada ante el cúmulo de ambiciones que nos atrofian.

 

Bajo el soplo de la alianza, agradeciendo a la llama su irradiación, pero sin excusar al quinqué que sufrido le sostiene, lo que nos hace revivir una vez más, que el regocijo del don recibido por puro amor se anuncia con amor. En consecuencia, todo se reduce al amor de amar amor. Ya lo sabíamos, ahora bien conjuguémoslo y hagámoslo realidad. Dicho queda.  

Me duele la vida por sus crueles historias de necedad. Se utiliza al ser humano como divertimento, se aniquila su libertad, se pisotean sus derechos más básicos, como si viviéramos en una selva, donde nadie reflexiona, ni nadie se preocupa de los más desvalidos. Realmente somos esclavos de nuestras propias miserias.

 

Todavía hoy millones de personas, de todas las edades y naciones, se someten a la pertenencia de poderes avaros, que los utiliza como mercancía. Pienso en tantos emigrantes a los que se les niega todo, hasta ser detenidos sin miramiento alguno y, en bastantes ocasiones, en condiciones inhumanas. Olvidamos que cualquiera de nosotros puede ser un migrante.

 

No desdibujemos situaciones que son de auténtico calvario. La mayoría de los mortales que han tomado la decisión de huir, lo hacen por extrema necesidad, para escapar de los conflictos o de la persecución. Lo único que buscan desesperadamente es un lugar donde vivir en paz. También recapacito sobre la riada de personas obligadas a ejercer la prostitución, a ser esclavas sexuales, sin tener derecho alguno, a dar o no su consentimiento.

 

Medito, finalmente, pensando en esa otra multitud de gente, a la que se adoctrina para aceptar la esclavitud de la sumisión, siéndolo de sí mismo. Por no citar a esa otra muchedumbre, dispuesta a hacer cualquier cosa con el insólito fin de enriquecerse la persona sola o sus íntimos colegas. Realmente, la necedad nos viene triturando el alma, con la correspondiente confusión mundana. Es cierto, no pasamos de ser meros parlanchines empeñados en las simplezas de nuestros absurdos diarios de vida. Se han trastocado los valores humanos, y el camuflaje de mentiras que nos acosa, acaba por dejarnos sin argumentos.

 

El resultado es de una fortaleza sanguinaria que nos deja sin palabras. Pero como somos tan necios como torpes, seguimos dejándonos reclutar por dominadores de nada, eso sí, endiosados a más no poder. La comunidad internacional debería multiplicar los llamamientos hacia el sentido humano del planeta.

 

Con urgencia hay que poner fin a estos trágicos aconteceres, donde el hombre mata a su misma especie con la misma indiferencia que una piedra. Nos hemos dejado robar el corazón con leyes injustas, centradas en los poderosos, y no en la persona a la que la misma sociedad no le deja ni levantar cabeza. Sin duda, para derrotar este espíritu de permanente esclavitud, se precisa cambiar el modo de ver al prójimo y cambiar la manera de vivir. Hay que volverla próxima a todos, sin exclusiones.

 

Tenemos que recuperar, pues, las rosas existenciales, o lo que es lo mismo, renacer de estas cenizas que todo lo contaminan de deshumanización, favoreciendo el desarrollo de los pueblos sobre la fuerza de la consideración hacia todo ser humano. Se impone, en consecuencia, el combate espiritual contra todos estos desajustes y desórdenes humanos. Nuestro compromiso, por consiguiente, tiene que ir más allá de las palabras y de las acciones, ha de ser tomado como una actitud de buscar efectivamente el bien colectivo.

 

Esto implica valorar a todo ser humano, con su forma de ser, injertado en su cultura, con la libertad precisa y más allá de las apariencias. Los moradores tienen que aprender a amarse por el camino de la liberación. Únicamente, desde este auténtico hábitat de donación es posible comprender actuaciones, compartir vivencias, sentir la comprensión, y la opción preferencial por cada ciudadano habite donde habite. En efecto, es necesario también hacer una mención a la compasión como actitud benevolente, de mano tendida que, en absoluto, ha de ser un ejercicio de poder, ni una demostración de generosidad, sino una búsqueda en el camino del encuentro.

 

Solo un proceder de sensatez y gratuidad hará posible la cooperación entre unos y otros. De lo contrario, continuaremos practicando un sometimiento ilógico e irracional. En cualquier caso, no esperemos a mañana; cojamos desde hoy la senda del intelecto, obviemos la necedad, y pongámonos todos en disposición de caminar, con el auxilio como compañía; que, por otra parte, es la única manera de contribuir al crecimiento en humanidad de nuestro mundo. La esperanza, ya saben, es lo último que se pierde. Somos así de esperanzados por naturaleza.  

Los humanos deberíamos reconsiderar más la vida, sobre todo a la hora de escalar por la gran montaña existencial, y ser más libres a la hora de enjuiciar pensamientos. Ciertamente, el mundo arde en mil tragedias, a pesar de que se nos diga que hay menos guerras, pero quizás más violencia y un desbordamiento de inhumanidades como jamás. Todo parece derrumbarse en esta cumbre de tantos despropósitos y desigualdades, de adversidades para los más indigentes, de reveses para los que menos tienen. Nos movemos en tantas contrariedades que deberíamos reflexionar sobre nuestra propia especie.

 

Por una parte, estamos en la época de la sabiduría, pero también en un momento de locura, en un tiempo de esperanza y de buenos propósitos, pero hay otros que conviven con la más terrible desesperación. ¿Qué progreso es éste que impulsa, provoca y esparce la falsedad como perspectiva de futuro?. Realmente, un mundo en el que habita tanta injusticia, tanto sufrimiento de inocentes y tanto cinismo de poder, no puede avanzar hacia horizontes de concordia y alianza.

 

Es así de cruel, pero hay que reconocer, que el ser humano continua persistiendo bajo este clima de vendavales destructores, y destructivos, con su propia vida. Por consiguiente, imagino, que debemos interrogarnos mucho más, para poder reencontrar otro camino, tal vez de menos liderazgo, pero más de compartir, de pensar en el ser humano sobre todo lo demás, que es lo verdaderamente significativo.

 

Si en verdad queremos construir un planeta, que sea casa común de todos los humanos, tenemos que caminar con otro espíritu, gobernarnos de otra manera, sentir de otro modo. No podemos seguir bajo un reino de confusión permanente, de retrocesos continuos, ya no sólo en temas económicos, también de libertades y derechos humanos. A mi juicio, tenemos que tener el valor de saber construir puentes de diálogo para que no se levanten muros de resentimiento y odio.

 

Esto es vital, hemos de ser humildes y tomar la disposición de abrirnos, sin prejuicio, a todas las culturas. Para desgracia nuestra, nos hemos acostumbrado a alzar siempre la voz, a tomar las riendas del poder aunque fuese corrupto, a vivir egoístamente para nosotros y para los nuestros. A veces con un simple gesto, con un dirigirse la palabra, se solventan multitud de dificultades. Naturalmente, la sociedad actual creo que tiene un gravísimo problema, que no es otro que la de poner los intereses especulativos de una clase dominante por encima de los intereses humanitarios de todo el orbe.

 

Mal que nos pese, considero que el colectivo de la humanidad en su conjunto, tiene pocos apoyos por su misma naturaleza. Para empezar camina en soledad por los caminos digitales, encerrados en nuestras miserias, cuando lo que necesitamos es sentirnos amados y pensar que somos alguien para el resto del mundo. Cuesta entender, por tanto, que algunas personas vivan con menor dignidad que otras en un mismo planeta.

 

En consecuencia, no podemos hablar de progreso, cuando unos humanos crecen destruyendo a otros mismos humanos. A mi sí que me importa tanta destrucción para acrecentar los intereses de algunos; a mí sí que me importa que el desarme se vea como un sueño distante, y, en cambio, el ascenso de mentiras se justifique; a mí sí que me importa que las partes contrapuestas no trabajen para que cada ciudadano, cualquiera que sea su etnia o religión, se le considere en la edificación del bien colectivo; a mí sí que me importa, en definitiva, que cada ciudadano, pueda sentirse realizado en esa nueva reconstrucción de su propio hábitat. Hoy más que nunca debemos vivir en unión y en armonía para que crezca ese vínculo fraterno, con la autenticidad de formar todos parte de un mismo tronco humanitario.

 

Por desdicha, los resortes de la economía actual nos han deshumanizado, hasta el punto de dejarnos en la cuneta del olvido, de la exclusión, ¿habrá muerte mayor?. Desde luego, es una manera de matar. Hoy, son muchos los que han de luchar hasta lo indecible para poder vivir, para vivir con dignidad. ¿Habrá crueldad mayor?. Ya me dirán cómo podemos ser optimistas ante cada día más poderes, incluidos algunos que se llaman democráticos, sociales y de derecho, a los que les puede el dinero, en lugar de servir a los que en verdad necesitan ser servidos. Indudablemente, tenemos que dejarnos guiar por verdaderos luceros, que den claridad a nuestras acciones. Lo decía aquél célebre escritor francés, Antoine de Saint-Exupery: "Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía".

 

En ocasiones, vamos tan impregnados de la mundanidad que nos cuesta discernir esta absurda contienda entre nosotros. Es de una estupidez sinceramente alarmante, cuando somos cada uno de nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos; ahora bien, lo que no se puede imponer es la uniformidad. Asimismo, aún hay que recordar que el planeta es de toda la humanidad y para todos los humanos, y que el hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no argumenta que algunos seres humanos vivan con menor decencia.

 

Se me ocurre pensar, en la importancia de esos pueblos perdidos entre las montañas, su falta de oportunidades frecuentemente para crecer y desarrollarse. A propósito, es una buena noticia por ello, que coincidiendo con el Día Internacional de las Montañas (11 de diciembre), Naciones Unidas pretenda despertar la conciencia de cómo la agricultura de montaña, que es predominantemente agricultura familiar, ha sido un modelo de desarrollo sostenible a través de los siglos.

 

De igual modo, también pienso en esas ciudades que aglutinan en sus barrios marginales multitud de excluidos de un sistema que ha sido incapaz de educar en términos de comunidad, de priorizar la vida de todos antes que la apropiación de bienes por parte de algunos. En todo caso, cada ser humano está llamado a lo largo de su vida a crecer, a reconsiderar su propia vida. No es de recibo proseguir el camino con la frialdad del corazón y de la mente, olvidándonos de nuestros semejantes, dejándonos devorar por estilos de vida egoístas; no en vano, esta bochornosa desigualdad que se viene acrecentando, es la raíz de todos los males sociales. Al fin y al cabo, todos nos merecemos nuevas oportunidades para poder vivir dignamente. ¿Qué menos?.

 

En este sentido, impulsar un proyecto de cooperación iberoamericana sustentado en el diálogo, la solidaridad y la adopción de acciones concertadas me perece, no sólo una buena idea, sino una necesaria hazaña. Utilizar las afinidades históricas y culturales como un instrumento de unidad y desarrollo, aparte de ser un feliz acercamiento, contribuye a afianzar lazos de entendimiento lo que da a entender que, antes o después, nos comprenderemos. De ahí la importancia de recapacitar conforme vas viviendo, en ocasiones un verdadero caos lleno de palabrería y frenesí que no tiene ningún sentido, para poder cambiar de leyenda. Las posibilidades son inmensas, es cuestión de madurar el modo y la manera de conjugarlas armónicamente.  

El individuo cada día está más preso por la intolerancia y por las cadenas. Esto es una realidad fácilmente observable. No hay más uniones que las que forjan los propios intereses de cada uno. Son muchas las personas condenadas de por vida a quedar al margen de la propia existencia, privándoles de lo más básico para poder vivir con dignidad.

 

A pesar de que tenemos la obligación y el compromiso, no sólo de enviar mensajes de liberación, sino de ayudar a que nazca este auténtico espíritu de solidaridad, lo que conllevaría a una sociedad floreciente y feliz muy distinta y distante a la actual, resulta que todo lo hemos corrompido hasta volverlo miserable. La propia base de nuestra sociedad está depravada por la falsedad. La mentira es el abecedario más común a la especie. Hay pobladores, y una legión de cómplices, cuya conducta es una ficción continua.

 

Por consiguiente, deberíamos restaurar primero al ser humano desde su interior, sólo así puede brotar la auténtica naturaleza ciudadana de familia, hoy vilmente acaparada y manipulada por el descarado poder de los sistemas ideológicos, financieros, e incluso, por los propios partidos políticos.

 

Para ello, no necesitamos más predicadores, sino gentes de coherencia profundamente vinculados a la apertura y a su compartida razón de vida, lejos de toda opresión y violencia. Detesto toda sociedad avasalladora con el débil e indefenso, viciada con la proclamación verbal de la mediocridad, con los discursos vacíos, incapaz de despertar sueño alguno.

 

Sabemos que son los Estados los que están obligados a proteger los derechos humanos y a prevenir las violaciones, pero también es la ciudadanía, con su liturgia de verbos conjugados en todos los lenguajes, la que ha de salir a tomar la plazas de la vida. Lo ha de hacer pacíficamente, pero con el coraje necesario, para anunciar que otro planeta, con otras estructuras más humanas, es posible. Naciones Unidas estima que veintiún millones de personas viven en la esclavitud. Se merecen ser liberadas de este calvario.

 

Podríamos ser cualquiera de nosotros. Por desgracia, habita en el planeta mucha discriminación y abusos de todo tipo. El poder sigue corrompiendo y los dirigentes continúan haciendo alianzas de intereses en lugar de sociedades con verdadera conciencia solidaria. Sería bueno, que coincidiendo con la festividad del día de los derechos humanos (diez de diciembre), trabajásemos por revivir y reafirmar los derechos de todas las personas, materializando el concepto de universalidad e imparcialidad en relación con la justicia. Ciertamente, la humanidad tiene que cesar de lanzar piedras contra sí misma, y volverse una estirpe unida e indivisible, pero no por las haciendas, sino por el caudal de felicidad que aglutina. Y, evidentemente, este bienestar nace de una genuina unión armónica de unos para con otros.

 

Sin duda, tenemos que salir de esta bochornosa encrucijada de usuras que nos mueven. La humanidad no puede progresar así. El que hoy, en el mundo, no se conozcan más concordias que las que fraguan los intereses, me parece un retroceso humano en una cultura necia y aborregada. Así, bajo este horizonte de lucros, persiste una riada de despropósitos, de malestares e injusticias.

 

Una sociedad caprichosa como la actual, fría con los que sufren, que oprime el alma de los menos pudientes, acabará hundida en su propia miseria. Cuando se degrada el ser humano como persona todo se confunde y hasta los mismos días son un envoltorio vacío que llenamos de penurias. Éste es el riego de ir a la deriva como especie.

 

Hay que pensar en términos de bien colectivo, en relaciones de gratuidad, de compasión y de afinidad. ¿Qué soy yo, sino un forjador de vida?. No hay manera de darle sentido, sino es donándose para vivirla en comunidad, con el deber de auxiliarnos mutuamente. No la convirtamos en una jungla de capitales. ¡No!, por favor.  

Lunes, 01 Diciembre 2014 10:20

Seamos todos para cada uno y seámoslo todo

Todos podemos hacer más. Tenemos que tener la valentía de propiciar el cambio. Sabemos que no es nada fácil. Nos dominan las apariencias, la tibieza de no romper con el estado de mediocridad que nos acosa y ahoga. Parece que estamos vivos y en realidad estamos muertos. Nada nos reanima. Seguimos sirviéndonos del débil. Nuestra batalla cotidiana tiene que ir más allá de esta mundanidad que todo lo confunde y desalienta. Los poderosos continúan dejando mártires de la corrupción política, económica, eclesiástica, con sus hazañas dominadoras.

 

Por eso, me parece una buena noticia que este año 2014, la celebración del Día Internacional de los Voluntarios (5 de diciembre), active y reanime la voluntad de poder mudar de aires en todo orbe, rindiendo especial tributo a la participación de los ciudadanos que contribuyen a ese canje a nivel local, nacional y global. No debemos seguir anclados en la soberbia que tanto abunda hoy en día, y mucho menos en el orgullo que engendra al tirano con su abismo de males, complemento de la ignorancia y de tantos desasosiegos.

 

El voluntariado puede ser una salida a este clima de tribulaciones que nos acorralan, por una parte contribuye con su hazaña a generar ese ansiado cambio positivo que tanto necesitamos, al tiempo que se ve él mismo transformado con su dinámica tarea de estar presente dondequiera que haya personas en situaciones difíciles que precisan ayuda. Por consiguiente, sería bueno que se extendiera la idea de que hemos de ser voluntarios todos, sobre todo para sembrar sosiego, prevenir conflictos, auxiliar a las sociedades a recuperarse de los inútiles combates, para prestar asistencia en definitiva. Precisamente, la Carta de las Naciones Unidas, al comenzar con las palabras:

 

"Nosotros los pueblos", lo que hace es recordarnos que los problemas mundiales no es tarea únicamente de los gobiernos, sino también de la ciudadanía, de cada uno de nosotros y de las familias en su conjunto, o sea, de la mismo sociedad civil. Desde luego, sería una cosa hermosa que se acrecentara ese interés social por ayudarse los unos a los otros, sabiendo que no puede haber una sociedad humana mientras la mayor parte de sus miembros sean pobres y desdichados. Por desgracia, la sociedad está dividida en dos grandes muros:

 

La de los que tienen más pan que apetencia y la de los que tienen más apetencia que pan. De ahí la necesidad de que haya gente dispuesta a sumarse a ese gran cambio en el mundo, donde nadie se sienta dios, sino servidores con una actitud de donación total, fruto de su compromiso con la vida. Sin duda, el voluntariado nos ayuda a acercarnos como seres humanos y a humanizarnos como sociedad. A mi juicio, es un poderoso instrumento para movilizar a todos los sectores sociales como asociados activos en la construcción de un mundo más habitable, con mayor conciencia social, sabiendo que somos uno para todos y todos para cada uno.

 

Para infortunio nuestro vivimos en una cultura de lo provisional, de lo relativo, donde muchos adoctrinan que lo importante es disfrutar del momento, que no vale la pena comprometerse con la vida, pues yo digo todo lo contrario, que hay que ser revolucionarios para crear una contracorriente de pensamiento, capaz de generar una auténtica cultura solidaria para que la exclusión dormite, de una vez por todas, en el sueño del olvido.

 

Tenemos que atrevernos a caminar en el sentido de donarse sin condiciones, ni condicionantes, no olvidemos que cuando excluimos a alguien nos estamos excluyendo a nosotros mismos. Todos, en el fondo, llevamos una misión que cumplir como expresión de nuestra humanidad común y como manera de promover el respeto mutuo, la solidaridad y la reciprocidad como especie.

 

El altruismo de los voluntarios es inmenso y digno del mayor de los elogios. Son un referente y una referencia para este mundo interesado. Naturalmente, estamos todos llamados a participar en el acontecer diario de nuestras sociedades, muy en especial prestando ayuda a los grupos vulnerables y marginados como las personas de edad, discapacitados o niños.

 

Por ello, todas las naciones, aparte de educar para que cada día más ciudadanos estén dispuestos a brindar voluntariamente su tiempo, han de establecer la infraestructura necesaria para apoyar al voluntariado, y de esta manera, contribuir a sociedades armónicas con iguales posibilidades para todos. Quizás debamos recuperar toda la especie ese espíritu de ser todos para cada uno y uno, asimismo, para todos. Estoy convencido, que frente a un capitalismo salvaje que ha enseñado la lógica del lucro a cualquier precio, de dar para obtener algo a cambio, de la explotación sin contemplar a las personas, se precisa otra atmósfera más fusionada, de auténtica gratuidad.

 

El ser humano tiene que aprender a donarse de otro modo, si en verdad quiere ser feliz. Hasta que no tengamos esa práctica vivida, la experiencia directa de servicio, no veremos al prójimo como algo próximo, como algo nuestro, como algo que forma parte de nuestro propio tronco en definitiva.

 

El mundo entonces será nuestra propia riqueza humana más bella, la del encuentro, la de las relaciones entre las personas, sin exclusiones, que viven juntas y que unidas se ayudan a crecer mutuamente. Esto es lo importante en toda sociedad, porque realmente el voluntariado abre horizontes al diálogo y, a la vez, impulsa la responsabilidad cívica, tan necesaria en estos tiempos presentes. Sin duda alguna, son los jóvenes los que han de contribuir a ese cambio, se precisa su talento y su capacidad de entusiasmo, para mejorar el planeta transformando socialmente su espíritu, que no ha de ser otro que buscar el bien común, de manera solidariamente fraterna, y sin esperar a cambio recompensa material alguna.

 

La sociedades y las personas que actúan de este modo, también experimentan una transformación significativa, en cuanto a comprensión hacia los demás. Si en verdad llegásemos a comprender, ya no podríamos conceptuar a nadie. Uno es como es y, a pesar de ello, ha de ser para todos algo fundamental. Como tantas veces han dicho hombres de ciencias y letras, personas de verbo en suma, yo también pienso que a un ser humano sólo le puede salvar otro ser humano.

 

En consecuencia, uno tiene que ser algo en la vida para poder hacer algo por el semejante, sin obviar que una palabra puede salvar una vida o herirla más profundamente que una espada. Esto hace que las personas de bien, y los voluntarios lo son, así como las organizaciones de voluntariado caritativo, ocupen un lugar central en las sociedades más sanas de todo el mundo. Que su ejemplo nos ejemplarice es lo que yo deseo.  

Domingo, 23 Noviembre 2014 22:04

La adicción a los sobornos se ha mundializado

Hay un espíritu mundano que nos está llevando al caos para desgracia de la propia especie. La epidemia de sobornos se ha incrustado fuertemente en la sociedad. Precisamente, la degradación humana es tan general que nos estamos convirtiendo en verdaderos siervos de poderes corruptos. La atmósfera sucia de la corrupción nos ha desnudado de valores innatos, de capacidad para poder discernir, de actitudes coherentes con nuestra conciencia. Tenemos que salir de esta nefasta adicción a los excesos y volver a tomar la rectitud y la honradez como baluarte de vida.

 

No podemos seguir bajo el yugo de una gobernanza injusta, que malgasta o dilapida los recursos públicos. Asumo que es imprescindible retomar el referente de la honestidad para poder asegurar la subsistencia ciudadana. La adhesión a salir de estas cloacas corruptas, de incentivos encubiertos, de ilegalidades descaradas, pienso que ha de ser universal. Ciertamente cada país, entiendo, que debe de establecer gobernanzas transparentes en todas las instituciones, pero también se ha de reeducar a la sociedad para que este clima de atrocidades sea rechazado por el propio ser humano, y prevalezca de este modo la incondicional entrega de servicio ciudadano.

 

La adicción a los sobornos va a seguir creciendo en la medida en que no se regenere la mundanidad para que todos los humanos ganen el pan de cada día con dignidad. De un primer soborno, casi sin importancia, se pasa a otro mayor como si fuera realmente una droga, y así sucesivamente, hasta que se normaliza esta conducta perversa, y nos acostumbramos a ella, aunque sea la causante de alimentar la desigualdad como jamás y la injusticia. Sería bueno valorar mucho más los comportamientos éticos.

 

La ética molesta, quizás porque condena esta tremenda manipulación permanente a la que estamos sometidos los ciudadanos, degradándonos como persona. Algo distinto a lo que propician los mercados, los poderes financieros, que han hecho de la ética una ideología para su interés y el de los suyos. Olvidan que el ser humano necesita realizarse por sí mismo sin ningún tipo de esclavitud. Dejan de lado a los pobres y a las personas más vulnerables; y los dejan sin educación, sanidad y sin otros servicios esenciales, importándoles nada el tema de la marginalidad. Es fundamental nuestra actuación, la de cada uno de nosotros.

 

Todos tenemos la responsabilidad de ponernos manos a la obra para salir de esta atmósfera aditiva, a la que no le importa la exclusión para nada. Por tanto, está bien que proliferen las oficinas de ética, como es el caso de la de Naciones Unidas, dispuesta a promover el acato a rendir cuentas, la integridad y la transparencia en el marco de una normativa muy explícita, protegiendo de represalias al personal que denuncie este tipo de comportamientos corruptos, cuando menos sacándolos a la luz.

 

Naturalmente, los valores y principios éticos de las Naciones Unidas han de servirnos como una guía fidedigna y como base para adoptar una postura de desenganche ante la multiplicidad de adicciones a los sobornos.

 

En cualquier caso, creo que todos los países deberían promover una adecuada formación sobre la ética gubernamental, los valores y la sana administración de los recursos públicos. Sería la mejor prevención. Mejor prevenir que tener después que curar este huracán de solidaridad interesada que hace del mundo un hábitat irrespirable, hasta el punto que mientras las ganancias de unos pocos van creciendo exponencialmente, las de la mayoría de los ciudadanos disminuyen. Los resultados a esta tremenda adicción de sobornos, extorsión u cualquier otra forma corrupta, hace que la humanidad esté viviendo en estos momentos un declive humanístico, o si quieren, un desconsuelo bien patente.

 

El miedo y la desesperación de muchos ciudadanos va en aumento, mal que nos pese la alegría de vivir también se va apagando, y la falta de respeto y violencia se acrecienta por doquier rincón. Hay una desolación en el ambiente debido a este clima mundano, avivado por la mezquindad interesada de los influyentes.

 

No exagero si digo que son muchas las personas que han de luchar cada día por vivir con dignidad. El ser humano no se puede convertir en un mero objeto de consumo, que se puede desechar cuando no nos sirva. Junto a todos estos desajustes, se ha instaurado una maldita opresión incorpórea, dispuesta a imponer de manera unilateral sus reglas de juego. A todo ello hay que sumarle la multitud de evasiones fiscales egoístas, que han asumido dimensiones mundiales descaradas, que contribuyen a que este apego de despropósitos para los que menos tienen, siempre los grandes sufridores, tenga sobre ellos un efecto devastador.

 

Además, el que la adicción a los sobornos se haya mundializado lo que indica es que hace falta, no solo denunciar, también poner los mejores antídotos contra este ambiente corrupto, auténtica plaga del momento presente. No es algo insalvable. Nace de la avidez de unos pocos, o lo que es lo mismo, de la ambición de una minoría interesada sobre las expectativas de la mayoría. Por consiguiente, se puede evitar, avergonzando a quienes cultivan esta manera de obrar, al tiempo que se ha de activar una cultura que realmente cultive el comportamiento solidario desinteresado.

 

La misma sociedad hasta ahora hemos contribuido a que cualquier autoridad se sienta poderoso, con derecho a todo, llegándose a sentir casi un dios, convirtiendo de este modo el soborno o la misma corrupción en un habitual proceder. Porque realmente, no lo olvidemos, esta muestra de adicciones mana del orgullo, de la soberbia y altanería. Si el poder fuese en verdad mejor utilizado, sobre todo en servir incondicionalmente a los más desfavorecidos, no existiría este prototipo de conductas depravadas. Por eso, a mi juicio, el corrupto, cómplice de su legión de privilegiados, precisa más que de perdón, ser curado del endiosamiento.

 

Y, posteriormente, alejado de cualquier institución de poder. Porque lo utilizará para sí y los suyos, mil veces que tuviese ocasión de hacerlo. Él mismo llega a no percibir este clima de podredumbre, viéndolo como una práctica habitual. Es la victoria de la inmoralidad frente a la honestidad, de las apariencias sobre la realidad, y del descaro indecente sobre la discreción respetable.

 

De ahí la importancia de ayudarle a caminar hacia un proceso de interiorización que le haga reflexionar y entrar en juicio sobre el daño causado. En todo caso, sí en verdad queremos conseguir un futuro más equitativo e inclusivo para todos, la adicción a los sobornos y demás vicios o degradaciones han de ser anulados, promoviendo una cultura de servicio, de transparencia, y, en suma, de ética gobernanza.  

Miércoles, 19 Noviembre 2014 16:07

La mejor luz, la de los niños

Todos llevamos un niño dentro a través de los ojos del corazón. Pienso que es bueno conservarlo, lo cual quiere decir que al menos el espíritu del entusiasmo está garantizado. 

A raíz de un evento interactivo que se realiza en la sede de la ONU, "Somos Familia: educar a nuestros hijos para un mundo más seguro", para conectar a los jóvenes en todo el mundo, con motivo del el Día Internacional para la Tolerancia (16 de noviembre), se me ocurre interrogarme, e interrogar también al lector si me lo permite, sobre esta cuestión: ¿Estamos preparados para disculpar los defectos de los demás? ¿Es necesario reparar en ellos?. El aguante es esa sensación incomoda de que al final el otro pudiera tener razón.

 

A veces, en el camino diario de la vida, nos encontramos con un sin fin de signos que son una auténtica contradicción, y máxime hoy en día, que la cultura dominante es individualista, centrada más en los derechos individuales que en los colectivos, para que todos podamos convivir sin miedo en la diversidad.

 

Evidentemente, ser tolerantes es algo que debe activarse permanentemente, y ya desde la infancia ha de aprenderse, para contribuir a que las generaciones venideras conformen un planeta más justo, con menos violencia y sin discriminación. Sí en verdad queremos estar preparados para poder disculpar los defectos de los demás, hemos de tener claro y de reconocer los derechos humanos universales y la complejidad de los pueblos.

 

Yo mismo reivindicaba en un artículo reciente al individuo como pueblo, no como masa, convencido de que solo podemos avanzar como familia de familias, o si se quiere como comunidad de países, con sus singularidades culturales, pero indudablemente tenemos que recurrir a la solidaridad, o a la fraternización humana, reconociendo que absolutamente todos, sí toda la especie, compartimos un destino común. Por eso es tan importante la condescendencia, comprensión y hasta la misma bondad; puesto que, benevolencia -como decía Antonio Machado- "no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien".

 

Efectivamente, esta energía positiva ha de partir del entendimiento y del respeto recíproco de todas las partes en cuestión. De ahí la importancia de educar para la convivencia desde la pluralidad de cultos y cultivos, como un manantial de creatividad y de renovación para todas las sociedades. Por supuesto, sí todos somos imperfectos y necesitamos de esa clemencia de nuestros semejantes, luego por la misma razón hemos de tolerar los defectos del mundo, hasta poder encontrar la solución global que nos permita ponerles remedio. Para ello, indivisibles unos y otros, tenemos que dar ese paso efectivo, tan vital para el momento actual, en la búsqueda del restablecimiento de los sanos principios avivados por Naciones Unidas.

 

En todo caso, tampoco se puede tolerar el mal, porque causaría trastornos mayores y dejaría de ser un bien. Este es un gran reto en los tiempos reinantes, ya que en nombre de un falso concepto de disculpas o de tolerancias, en ocasiones se termina persiguiendo a los que defienden la verdadera autenticidad del vinculo comprensivo que ha de unirnos en el viaje compartido hacia un futuro armónico y esperanzador para toda la especie.

 

Precisamente, la diplomacia tan fomentada desde los gobiernos, considerada como llave maestra de entendimiento o arte de lo viable, se basa en la constante convicción de que la armonía se puede alcanzar antes con la mano tendida que con demostraciones de fuerza, con la escucha en lugar de los reproches, con el diálogo en vez de dar la callada por respuesta. Sabemos que la paz no es simplemente ausencia de guerras, sino que es obra de justicia, de tolerancia y de solidaridad. Y la justicia, como principio, requiere la disciplina de la entereza más paciente. No se trata de que olvidemos los defectos de los demás, sino de hacérselos ver, ayudándole a que pueda avanzar mediante nuestro incondicional apoyo tolerante.

 

Hemos de cambiar actitudes, lo que requiere una educación en valores, y no solo en contenidos, para toda la humanidad. Que nadie quede excluido. En tiempos revueltos, de incertidumbre, los hay que intentan explotar el miedo y los temores, en lugar de pensar que son más las analogías que nos unen, y que tenemos que ser solidarios, recordando que la activa compasión comienza con cada uno de nosotros cada día, justo en el momento de relacionarnos con los demás.

 

Al menos como decía, el profesor de física y científico alemán, Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799): "concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia". Y aunque no nos guste ser tolerantes, pensemos que nos une el mismo lenguaje, el del amor que nos empuja a tener, cuando menos el mismo respeto que pedimos por nosotros.

 

Pienso, por tanto, que debemos seguir siendo fieles a los ideales trazados y que constituyen la esencia viva de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración de Derechos Humanos; y, entre estos valores, está el de ser tolerantes, lo que establece una necesidad concluyente en un mundo tan interconectado como en el que vivimos. Por otra parte, los diversos sistemas educativos han de formarnos en el valor para acercamos más los unos a los otros, sin complejos, para entender las diferencias, no como distanciamiento, sino como una invitación al intercambio de ideas. El estar preparados para disculpar las carencias de los demás, aunque muchas veces el daño comience en nuestra egoísta visión, es parte de la solución a los desafíos de la época.

 

Sin duda, este ejercicio formativo ha de servirnos para tomar una mayor conciencia y un mayor respeto hacia los derechos humanos universales y las libertades fundamentales. Uno no es tolerante porque sí, lo es porque ha sido enseñado para ello, se le ha inculcado haciéndole participe que una humanidad fraternizada implica vivir y trabajar como una familia, sobre la base de la reconciliación, en beneficio de la enorme riqueza que representa la variedad cultural. Y bajo esta multiplicidad de latidos, todos ellos diferentes pero confluentes, hemos de contribuir, cada uno con su aporte, a que el mundo sea un lugar apto para el conjunto de la especie humana. Nos lo merecemos. De qué nos sirve poder viajar, ir de aquí para allá, si aún no contamos con un planeta de moradores que nos comprendan.

 

Actívese en el alma la razón de ser ciudadano del mundo, que no es otra que la cultura del encuentro, la única capaz de construir un orbe más humano, en el cual no nos importe si la persona es blanca o negra, judía o musulmana. Naturalmente, un espíritu tolerante jamás vive en la indiferencia y no conoce la apatía a la hora de aceptar a los demás. La tolerancia no significa indiferencia ni aceptación desganada hacia el semejante, es una actitud ante la vida basada en la comprensión mutua y en el respeto al prójimo, para que se sienta próximo siempre, con la certeza de que la diversidad mundial hay que aceptarla y jamás temerla.

 

Entiendo, en consecuencia, que cualquier acción puede ser tolerada, siempre y cuando la razón sea libre para poder cesarla. Quien no tolera la intolerancia tampoco es tolerante. Pongámonos, pues, todos con espíritu de alianza familiar, para que al fin, se familiarice la especie sin grilletes ni muros.  

El ser humano no puede mutilar su propia naturaleza, el hábitat en el que vive. A veces nos exponemos a tantos venenos vertidos por la misma especie que cuesta asimilarlo. Ahí están las miles de personas que resultaron envenenadas a causa de desechos de mercurio arrojados en las aguas por una compañía química japonesa en la mitad del siglo pasado. 

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