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Jueves, 30 Octubre 2014 10:18

Cuando la muerte es, nosotros no somos

Coincidiendo con estas fechas de evocación a nuestros predecesores y de visita a los cementerios, solemnidad de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos, se me ocurre reflexionar sobre la realidad de la muerte, desde una perspectiva puramente literaria; puesto que la misma eternidad engrandece a la literatura como viaje a la existencia.

 

Bajo esta visión digerida y dirigida de lo literario, todas las generaciones han profundizado en el tránsito. El mismo poeta y prosista español, Antonio Machado, nos ha legado el más profundo de los pensamientos: "La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos".

 

Ciertamente, los seres humanos desde siempre se han ocupado y preocupado de su muerte y de sus muertos, unas veces con cierto temor, otras veces con esperanza. En cierto modo, necesitamos recordar experiencias de vida, sentirnos cercanos unos de los otros más allá de la ausencia o del olvido.

 

Hay un estrecho vínculo entre todos, entre los que caminan y entre los que sueñan, entre los que peregrinan y entre los que duermen, entre los que se aman y entre los que se dejan recordar. Las tumbas son casi un espejo de lo que fueron, del mundo vivido, hasta poder descubrir cómo vivieron, qué amaron y qué les conmovía.

 

Efectivamente, tras esa muerte hay una vida vivida que vale la pena cuando menos meditarla. Contrariamente a lo que se pregona en nuestra sociedad actual, que intenta quitar de nuestra mente el poético pensamiento del trance, de la expiración, a pesar de ser un tema que nos concierne a todos los seres humanos. Recorrer nuestros cementerios, leer sus inscripciones, abrazarse a sus soledades, compartir el silencio, cuando menos es un camino que invita a explorarnos por dentro. A veces, nuestras habitaciones interiores precisan sentirnos acompañados por personas que un día fueron en nosotros hasta nuestra propia vida.

 

Como decía el novelista y político francés, André Malraux, quizás "la muerte sólo tenga importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida". Sea como fuere, una gran parte de la humanidad nunca se ha resignado a creer que más allá de la agonía no existe simplemente nada. Tal vez tengamos miedo, porque tenemos recelo a ese vacío, a ese partir hacia lo desconocido. Al fin, uno piensa que todo tiene su tiempo y su morada. Y que ahora soy nada, pero mañana puedo ser algo.

 

A lo mejor con ser un verso más del aire, hallo el consuelo que no encuentro en el planeta. Naturalmente, precisamos sentirnos eternos y acompañados, confiar en alguien o en algo. Para los creyentes es el mismo Cristo quien nos sostiene a través de la cruz que él mismo padeció. Para los que no lo sean, también se tienen que sentir confiados en algo, como puede ser en un cambio de cometido, o en un vuelo hacia otra dimensión. Al respecto, decía otro escritor francés, François Mauric, que "la muerte no nos roba los seres amados; al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo".

 

Es verdad, la propia vida sí que en ocasiones nos los roba y, además, definitivamente. O tampoco, porque el ser humano surge de la tierra y a la tierra vuelve. Esta es la realidad más evidente que no debemos olvidar jamás, al igual que no podemos dejar de lado a las numerosas víctimas de toda clase de crímenes y de toda forma de violencia. Y aunque, "cuando la muerte es, nosotros ya no somos" - como dijo Machado-, también tiene bien poco sentido la pena capital, a la que habría que abolir de la faz de la tierra, puesto que es otro atentado más, una especie de crimen legal contra la dignidad humana y el derecho a la vida.

 

Tantas cosas podríamos mejorar si pensáramos más en la hora suprema. Seguro que tomaría más consistencia si aún cabe, el deseo de inmortalidad que habita en nuestros corazones.  

En este mundo, siempre queremos ser más de lo que somos; sin embargo, solemos estimarnos poco o menos de lo que valemos. Es esto una gran contradicción porque en realidad no somos nada, pero sí importamos mucho o debemos interesar, no como comercio, sino como ciudadanos.

 

Por si misma, la ciudadanía adquirida, por el propio hecho de nacer y ser miembro de una comunidad organizada, nos obliga a plantearnos hacer algo y a implicarnos en los semejantes. En consecuencia, todos somos responsables, por la misma vivencia del individuo en la sociedad, de la alarmante cultura del desecho, especialmente entre personas jóvenes y viejos.

 

Nuestra gran asignatura pendiente es que todavía no hemos aprendido a incluir a los excluidos en nuestro propio camino aventajado. Solemos andar demasiado ocupados en lo nuestro, con las expectativas de los codazos de unos contra otros, en lugar de activar el abrazo de unos sobre otros. La necedad es la epidemia del momento.

 

Únicamente nos afana y desvela el protagonismo nuestro. No pasamos de ser figurones y altaneros, cuando en realidad los que han de ser intérpretes de los cambios económicos y sociales, políticos y culturales, son aquellos ciudadanos marginados, que han de convertirse de una vez por todas en miembros de pleno derecho de nuestras comunidades.

 

Efectivamente, cada persona tiene que hacerse valer, y los excluidos han de ser los actores de sus personales vidas. Tienen que dejar de ser lo que son ahora, meros receptores pasivos de migajas, y poder alzar la voz, quizás a través de movimientos populares, para que les escuche ese mundo que nada en la abundancia y en el dispendio o malversación.

 

En este mismo mes, el Secretario General de Naciones Unidas (Ban Ki-moon), advertía precisamente sobre ello, diciendo que la pobreza, la enfermedad, el terrorismo, la discriminación y el cambio climático, se están cobrando un elevado precio. Ciertamente, cuesta entender que aún millones de seres humanos sigan padeciendo situaciones de explotación deplorables debido a su trabajo indecente y servil. Por mucho que se nos diga, la economía mundial continua siendo un terreno en el que no todos actúan en pie de igualdad.

 

Y es que la ciudadanía en su conjunto, de manera responsable, pacífica y autorregulada, tiene que pasar de las palabras a los hechos y ponerse en acción, sobre todo a trabajar por el bien común y para empoderar a los marginados y desfavorecidos. Ellos no pueden esperar por más tiempo. Lo sabemos, pero hacemos bien poco por atajarlo. Somos la incoherencia personificada. Para desgracia de la específica especie humana, no pensamos como ciudadanos, ni tampoco sentimos como ciudadanos, ni actuamos como ciudadanos.

 

El derecho y el deber de ciudadanía, que se había convertido en uno de los términos clave del debate político a partir de la década de 1990, también se ha corrompido, haciendo que lo público ya no sea en muchos países un espacio de intereses colectivos, lo que genera una cultura de conflictos de difícil cese, mas no imposible. De ahí, la importancia de afianzar una cultura integradora de convivencia y desarrollo colectivo, que hoy no es tal, basada en la tolerancia frente a la diferencia y en la solución negociada de problemas. Esta diversidad humana tiene que ser enriquecedora, y no excluyente, puesto que a mi juicio es nuestra mayor oportunidad de avance. No la desaprovechemos.

Todos los seres humanos somos válidos para la creatividad, para la innovación de proyectos comunes, lo que hace falta también es una moral ciudadana para que esté presente el bien colectivo. Cada pueblo, lo mismo que cada ciudad, requiere y necesita de proyectos compartidos, donde sus ciudadanos puedan sentirse arropados para enfrentarse positivamente al futuro. Desde luego, estamos obligados a construir nuestro adecuado porvenir humano. Y no olvidemos que ese destino, para bien o para mal, desciende del aliento de los niños que hoy van a la escuela. Por eso, pienso que la enseñanza en valores, como el testimonio de sus progenitores de coherencia, es fundamental para este tiempo de tantas incertidumbres

 

. Todos tenemos que poner de nuestra parte, y si hay voluntad de hacerlo, si hay sabiduría conjunta y compromiso, se superan todas las dificultades por muy arduas que sean. Naturalmente, el verdadero ciudadano es aquel que solo predica con aquello que cultiva coordinadamente con otros y coherentemente consigo mismo.

 

Por desdicha, aún debemos esforzarnos mucho más para que, tanto los líderes como las administraciones diversas, rindan cuentas con mayor rigor sobre el desempeño de sus funciones. En demasiadas ocasiones, la incoherencia es tan profunda entre los distintos representantes y sus actividades, que son los verdaderos responsables de que un territorio no avance. Por hablar de nuestro propio país, la nación española, cuesta entender que los abundantes casos de corrupción, que apuntan al corazón de los diversos poderes del Estado estatal, autonómico y local, se eternicen en los juzgados sin apenas pasar nada.

 

La justicia contra los poderosos, aparte de lenta, con lo cual ya es una injusticia tremenda, dista mucho de ser ejemplarizante. Y, aunque como reiteradamente ha dicho Naciones Unidas, la corrupción es una amenaza de primer orden para el desarrollo, la democracia y la estabilidad, seguimos utilizado la indiferencia, cuando la ciudadanía debe alzar la voz como jamás.

 

El costo de estas incoherencias, no sólo se ha de medir en recursos que se malgastan o se roban, sino también en términos de daños morales a los más desfavorecidos. Hay quien se pregunta, con razón, cómo puede haberse producido este aluvión de corrupciones en España. Pues porque a las instituciones, u órganos de poder, acuden muchas veces personas que su acción nada tiene que ver con lo que se representa. Son personas sin escrúpulos, enfermos por la codicia, que para nada les importa derrochar recursos públicos.

 

Lo malo es que la sociedad no responda, o no pueda responder a estas tropelías, cuando se le está malogrando sus oportunidades y creando desigualdades flagrantes. La falta de hospitales, escuelas, infraestructuras, se podrían haber previsto con ese dinero dilapidado, y que sin duda habría cambiado la suerte de tantas familias perjudicadas. Volvamos a nuestra sufrida tierra. Mientras que para la familias necesitadas no hay ayudas suficientes, si hay financiación para partidos, sindicatos y demás gremios, y para colmo de males, aunque se financien ilegalmente todavía no está tipificado como delito en el Código Penal.

 

Ancha es Castilla para algunos, para otros en cambio, no encuentran ni un nicho de heredad. Y es que poner el remiendo junto al agujero nunca es la mejor solución. Hay que ir a la raíz y meter la tijera para llegar a lo podrido. Todo es evitable, únicamente hay que querer hacerlo. Como sabe el lector: querer es poder.  

Domingo, 19 Octubre 2014 22:07

Nos merecemos la libertad de poder vivir

Estoy convencido de que somos exploradores de vida, nos ensimisma indagar en nuestro propio origen y en nuestro personal destino, buscamos en la profundidad de nosotros mismos tantos versos olvidados, la íntima esencia de los espejos del agua que nos circundan, nuestra innata naturaleza de caminantes en medio de los murmullos del gran orbe, somos así, la aurora y el atardecer, la vida y la muerte, la contradicción y la sensatez. Cada uno toma su senda y se adhiere a ella, según su natural hallazgo. De ahí que nos merezcamos la libertad de vivir según los principios éticos descubiertos.

 

Este es el gran reto en un mundo globalizado como el actual, donde muchos ciudadanos no pueden ser ellos mismos, persiguiéndoles hasta el extremo de aniquilarlos. No importa que defiendan su especifico camino, connatural a la inseparable esencia de la persona, se les tortura y se les machaca hasta su congénita dignidad.

 

Ante estas duras realidades, la labor de las Naciones Unidas resulta más imprescindible que nunca en esta época de múltiples contrariedades y de multitud de abusos. ¿Habrá algo más denigrante que la trata de seres humanos?. Pues resulta que en la Unión Europea se ha incrementado un veintiocho por ciento en tres años, llegando a convertirse en una de las mayores lacras del momento presente. Las afectadas, una mujer, mayor de edad, europea y explotada sexualmente. He aquí la verdadera Europa del retroceso, donde vidas y sueños se truncan como si nada sucediese.

 

Esto, mal que nos pese, hiere el raciocinio, atenta contra el corazón de la especie humana y humilla hasta su propia razón existencial. No lo olvidemos. Yo sé que existo porque tú me recuerdas. Inmortalicemos este pensamiento. Con urgencia tenemos que retornar a las raíces de la propia vida, la que todos nos merecemos, no la que nos quieren imponer los endemoniados poderes mundanos. Precisamente, la fundación de las Naciones Unidas constituyó un solemne avance, por su compromiso con la población del mundo de poner fin al diluvio de atropellos humanos, abriendo el camino a la esperanza. No podemos seguir sufriendo reveses en un planeta en el que todos somos hijos del mismo tronco.

 

Demasiadas personas en todo el mundo viven con miedo y así no se puede subir a ninguna cúspide. Por tanto, sería saludable para el planeta, que coincidiendo con el Día de las Naciones Unidas (24 de octubre), se afianzara la unidad de la especie, puesto que ante la mundialización de los problemas, no hay otra salida que soluciones mundiales. Hay que estar dispuesto a abrirse en el diálogo y también a compartirlo todo. No tiene sentido avivar la indiferencia ante el cúmulo de calvarios que viven algunos seres humanos. Tampoco es racional que las emisiones globales de dióxido de carbono procedentes de la quema de combustibles fósiles y la producción de cemento no dejen de crecer, puesto que seguramente a final de este año volverán a marcar un nuevo récord.

 

A lo mejor tenemos que empezar a vivir seriamente por dentro para reencontrarnos al menos liberados de comercios corruptos. Lo decía Gandhi, "no se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna".

 

En efecto, si uno no tiene la libertad interior, ¿qué otra libertad puede conquistar?. Por desgracia, cada día los ciudadanos somos menos dueños de nuestra patrimonial existencia. Hay que hacer algo por ser poseedor de sí. Cuando menos pensarlo. Población que no cultiva el intelecto, para empezar difícilmente puede vivir. Efectivamente, la vida es un patrimonio que hemos de vivir en relación con los semejantes, de manera libre y responsable, en correspondencia con los intereses comunes, no con los privilegiados como viene sucediendo hasta ahora. Lo decía Albert Einstein, "solamente una vida dedicada a los demás merece ser vivida". Y así es, hemos de adaptarnos a vivir en colectividad, adoptando el más alto nivel de ética y sentido social. Sin duda, Naciones Unidas es el foro perfecto para consensuar horizontes y estructuras más allá de las diferencias existentes.

 

En este sentido, es preciso contraponerse a los intereses económicos miopes y a la lógica del poder de unos pocos. Su manera de actuar por si misma ya fomenta la exclusión. Disgrega sin miramiento, donde tiene que haber todo lo contrario, mayor unión. La situación que estamos viviendo, aunque esté directamente relacionada con factores financieros y económicos, es también consecuencia de una fuerte crisis de convicciones y valores. Debemos tener presente, que toda persona pertenece a la humanidad, y como tal, se merece la esperanza de un futuro mejor. Tampoco podemos acotar la libertad de movimiento. Verdaderamente causa espanto, y auténtico bochorno los intentos de salto de la valla de Melilla. Los flujos migratorios van a ir creciendo, pero esto a mi juicio no justifica las operaciones de violencia utilizada, que son, en todo caso, incompatibles con los derechos humanos.

 

Indudablemente necesitamos ser más persona, más ciudadano del mundo, y por ello, emigrantes y refugiados, indefensos y marginados, no pueden considerarse un producto de desecho sobre el tablero de la humanidad. No son peones o burros de carga. Cuántas víctimas de poderes corruptos deambulan por el mundo, sin que nadie les tienda una mano; porque a esta generación, sí la nuestra, le falta un genuino espíritu de profunda solidaridad y compasión.

 

Las vallas de Melilla son el claro ejemplo de la cultura del rechazo, cuando debiera activarse la cultura del encuentro, de la hermandad en el mundo. Naturalmente, la vida no es para que la vivan unos pocos en detrimento de otros. Por eso la importancia de darle sentido, no en vano tenemos el deber de amarla, con todo lo que eso conlleva de misión armónica entre el cuerpo y el espíritu. En consecuencia, uno jamás debe darle la espalda bajo ninguna razón. Téngase en cuenta que vivir no es solo respirar, es obrar con coraje y decencia, y después dejemos, -como decía Molière-, que los murmuradores digan lo que les plazca.

 

Desde luego, nos iría de otra manera dejándonos escuchar por dentro. Los obstáculos a la vida, en muchas ocasiones, nos los ponemos nosotros mismos. En lugar de buscar el bien colectivo, seguimos con la testarudez del poder, del éxito, del beneficio a cualquier precio. Hay otros caminos de liberación, por donde transita el infalible amor, que no es seguir nuestras ciegas pasiones egoístas, sino la de la capacidad de discernimiento para escoger aquello que es un acertado camino para toda la humanidad. Tanto la libertad para vivir sin miseria como la libertad para vivir sin temor, son vitales para impulsar un mundo más humano.

 

En cualquier caso, pienso que es hora de pasar de la era de la formulación de buenos propósitos y de los principios, a la era de los cumplimientos. Al fin y al cabo, tampoco es cuestión de sentirnos felices por ellos, sino de hacernos sentir persona en los instantes más cotidianos. De nada sirven los lamentos, lo único bueno que podemos hacer es intentar mejorarlos. Nunca es tarde para reconducirnos. Que lo sepamos. Ya se sabe, que la reflexión calmada, aparte de colmarnos de tranquilidad, suele desenredar igualmente todos los nudos de la vida.  

Se vislumbra un cambio, una realidad distinta, en la que mujeres y hombres han de complementarse para tomar nuevos caminos. La hegemonía del macho, por sí misma, ha llegado a su fin. Por otra parte, hay quien piensa que la intuición de una hembra es más precisa que la certeza de un varón. Esto mismo lo escribí hace muchos años.

 

A pesar del tiempo transcurrido, más de treinta años, sigo pensando que el papel de la mujer es decisivo en la sociedad actual, hasta para la humanización del planeta. Consideraba entonces que el empuje de las mujeres rurales eras crucial para poner fin al hambre y la pobreza. Y esa es la línea que se ha seguido, avivada sobre todo por Naciones Unidas, haciendo hincapié en el acceso igualitario a los recursos de la tierra, al crédito y a los recursos productivos, puesto que encontrando oportunidades para un trabajo decente, está asegurada también la educación y la salud de sus hijos.

 

Más tarde volví a escribir sobre ellas, coincidiendo con el primer día internacional de las mujeres rurales, sobre el quince de octubre de 2008, y desde entonces, no han cesado las voces que elogian su buen hacer en las economías rurales de los países desarrollados y en desarrollo, pero también en el logro de la paz, la justicia y la democracia.

 

Hoy más que nunca, considero que es necesario reconocer su trabajo, y velar mujeres y hombres por que se cumplan tantos horizontes abiertos, para que todos unidos podamos disfrutar de una amplia gama de derechos, desde derechos patrimoniales y de sucesión hasta el derecho a cultivar la mente y a vivir sin violencia. A mi juicio, el papel de la mujer ha sido fundamental siempre en todas las sociedades.

 

Por eso, la apuesta de la agricultura familiar como tema principal del día mundial de la alimentación 2014 (dieciséis de octubre), bajo el lema de "alimentar al mundo, cuidar el planeta", me parece una acertadísima idea, puesto que centra la atención mundial en la propia estirpe, sin obviar el género y alimentando el pensamiento. Indudablemente, mujeres y hombres han de apostar por una ciudadanía que mejore sus dietas, reduciendo el desperdicio, para contribuir de este modo a un uso más sostenible de los recursos.

 

Por consiguiente, oír la voz de las mujeres en pie de igualdad con las del varón, no sólo es justo, creo que es vital para un mejor desarrollo humano. No olvidemos que alrededor de quinientos millones de los quinientos setenta millones de explotaciones agrícolas mundiales están a cargo de familias, donde las mujeres son las principales cuidadoras de nuestros recursos naturales. Como sector, suponen el mayor empleador del mundo, suministran más del ochenta por ciento de los alimentos del mundo en términos de valor. En este esfuerzo conjunto, las mujeres han tenido un papel significativo, no siempre debidamente reconocido, cuando han sido las grandes protagonistas en la mayoría de las ocasiones.

 

De igual modo, en el día internacional de la pobreza (diecisiete de octubre), se nos llama a no dejar atrás a nadie, a pensar, a decidir y a proceder juntos contra la indigencia extrema. Ciertamente tenemos mucho trabajo por hacer. Los progresos han sido desiguales. A demasiados seres humanos, especialmente mujeres y niñas, se les sigue negando derechos.

 

La desigualdad en muchos países fomenta la exclusión y son las hembras, para desgracia social, las grandes marginadas por el sistema. Sin embargo, ellas continúan siendo la indispensable aportación a la sociedad, en particular con su sensibilidad e intuición hacia el semejante, el débil y el indefenso. De ahí, que sea un signo de esperanza para todos, los nuevos espacios y responsabilidades que se han abierto en torno a la mujer, y que sería bueno se extendiese por todos los rincones del planeta. Sus dotes de delicadeza, su genuina fuerza como ha demostrado la joven paquistaní Malala Yousafzai (premio Nobel de la Paz 2014) con su coraje por el derecho de las niñas a la educación, haciéndolo en circunstancias muy peligrosas. Todo un referente y, sin duda, una atmósfera de ilusión para los jóvenes.

 

Malala -como dijo el Secretario General de Naciones Unidas- es una brava y gentil defensora de la paz que, con el simple acto de asistir a la escuela, se convirtió en una maestra mundial. Y en este sentido, cuando dijo: “una pluma puede transformar al mundo”, demostró cómo una joven mujer puede liderar ese cambio. Personalmente, no me cabe duda de que necesitamos del alma femenina, sin la cual la vocación humana será irrealizable. No obstante, todavía la fragilidad tiene nombre de mujer. Tenemos, pues, que escuchar más y tomar medidas para apoyarlas en sus esfuerzos y, así, poder construir una vida mejor para sí mismas y para sus familias. Su llamamiento, aparte de ser oído, debe ser atendido y, a la vez, entendido.

 

Al fin y al cabo, no importa el género, el indio Kailash Satyarthi (también premio Nobel de la Paz 2014), nada le impidió estar al frente de un movimiento global por la justicia, la educación y una vida mejor para millones de menores atrapados en la explotación del trabajo infantil. En consecuencia, trabajemos asociados mujeres y hombres, ricos y pobres, para que todos los seres humanos tengan mayores oportunidades de vivir una mejor vida.

 

Desde luego, se requiere una superior implicación para que la humanización se haga realidad. Hemos de pasar de la teoría a la práctica. El esfuerzo evidentemente tiene que ser colectivo, pero no podemos eludir el esencial papel de la mujer, que hasta en los mismos acuerdos de paz son más duraderos si se les incluye. La igualdad no puede ser un sueño, ha de ser un deber prioritario de toda la especie humana, para poder avanzar en cuestiones de justicia y derechos humanos. Ellas han sido piezas básicas de nuestra historia de vida, representan no sólo una genuina fuerza para el diario de vida de las existencias, para la irradiación de un clima de serenidad y de armonía, además forman parte de un contexto del que asimismo depende el progreso en muchas de otras esferas humanas.

 

Por tanto, mal que nos pese, tenemos la obligación común de asegurar que las mujeres puedan ejercer su derecho a vivir libre de la violencia que hoy afecta a una de cada tres mujeres en todo el planeta; a recibir igual remuneración por trabajo igual; a no sufrir una exclusión que le impida participar en la economía; a opinar, en pie de igualdad y ponderación, sobre las decisiones que afectan a su existencia; y a decidir si tendrá descendencia o no y cuántos tendrá y en qué instante.

 

De lo contrario, la vida seguirá siendo pura necedad y la especie se verá atrapada en una necia contienda de estupideces, dispuesta a evocar frases imperecederas como aquella que dice que "a la sombra de un hombre célebre hay siempre una mujer que sufre". Dicho lo cual, convendría interrogarse: ¿Por qué ha de sufrir siempre la mujer?. Puede que también nos den una lección más con ello, puesto que el verdadero valor, quizás radique en saber resistir aún con el sufrimiento  

Jueves, 09 Octubre 2014 11:11

Quién es quién para juzgar a nadie

Nadie me negara que vivimos bajo una tormenta de incertidumbres, y en lugar de tomar decisiones para huir de este hábitat de vacilaciones planetarias, aún tenemos tiempo para acrecentar la confusión poniéndonos en el pedestal de juzgadores. Quien juzga siempre yerra porque se convierte en una persona endiosada, hipócrita, del que siempre debemos desconfiar. Ciertamente, el único vicio que no puede ser eximido es el de la falsedad. Algunos seres humanos son tan falsos que ni ellos mismos son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que pregonan. De ahí la importancia de no adjetivar conductas, puesto que no tenemos capacidad para juzgarlo todo, y mucho menos para condenar en un abrir y cerrar de ojos. Con demasiada frecuencia, olvidamos que todo necesita su período de reflexión. A veces es tanta la obsesión de juzgadores, que llegamos a confundir la realidad con el sueño, volviéndonos soberbios y autosuficientes, en vez de aceptar nuestra propia derrota en el juicio contra los demás. Bajo este caminar de cada día, nadie vamos a estar libres de ser juzgados, convendría, pues, que cuando nos vienen las ganas de criticar a alguien, que es otro modo de juzgar, tomásemos con el mismo interés el aprecio por el ser humano, especialmente por aquellos más vulnerables.

 

Precisamente, en este mismo mes de octubre, concretamente el día once, se celebra el tercer aniversario de la instauración del Día Internacional de la Niña, el cual tiene por objetivo prioritario visibilizar y reconocer los derechos de las niñas y los desafíos excepcionales que éstas confrontan en todo el mundo. Nos consta que, en demasiados países, casi una de cada cinco adolescentes ha sufrido abuso sexual, y que la práctica de la mutilación genital o la circuncisión femenina, todavía permanece enraizada en muchas tradiciones. Cuesta entender que, con tantos juzgadores, no hubiésemos encontrado la salida a esta derrota humanitaria. Lo mismo sucede con los conflictos, juzgamos la crueldad pero, en ocasiones, hacemos bien poco por asistir humanamente a la persona que pide nuestro auxilio. Por desgracia, no solemos pasar del terreno de censores, lo acusamos todo, como si nosotros mismos no formásemos parte de la especie social. De lo contrario, no tendríamos déficit, como se tiene, en la capacidad de los gobiernos y en las organizaciones humanitarias para responder a estas demandas de emergencias.

 

Con esta manera de juzgarlo todo, es evidente, que seguimos engañándonos a nosotros mismos. Quizás tengamos que reconsiderar nuestras opiniones y ser más condescendientes con nuestros semejantes. En un mundo de tantos avances, riquezas y tecnologías que nos fortalecen y acortan las distancias, no es justo que multitud de personas vivan en la marginalidad más absoluta, sin poder salir de la pobreza. Tal vez precisemos más abogados defensores de causas que hemos dado como perdidas. Quién es quién para juzgar a un ser humano y considerarlo como un producto de desecho. Si en verdad queremos dignificar la vida, tenemos que engrandecer antes a sus propios moradores sin distinción alguna. Yo me imagino un planeta donde ningún ciudadano se sienta despreciado, donde todos seamos hermanos y no exista la competitividad, fuente de conflictividad, donde nadie sea más que nadie y se respeten los corazones, donde el afán de lucro se sustituya por el afán de servicio, donde la luz se haga realidad para todos. Habríamos ganado el futuro y, entonces, por haberlo construido entre todos, si que tendríamos derecho a juzgar el pasado. Pero sólo construyendo....un mundo para todos.  

Coincidiendo con la fecha del doce de octubre, día en el que Naciones Unidas celebra la lengua española para apoyar los programas y el desarrollo del multilingüismo y el multiculturalismo, se me ocurre hilvanar una serie de ideas, por aquello de activar la conciencia ciudadana sobre la enriquecedora cultura hispana como integrante de entendimiento entre los pueblos. Sin duda, el primer pensamiento que me viene a la memoria es el creciente empleo del español como idioma universal y, en consecuencia, como vehículo de respeto y desarrollo social. Ahí está el progresivo interés de los pueblos de habla hispana en la labor de las Naciones Unidas, lo cual ha venido impactando en las permanentes actividades de la Organización a través de mayores y sostenidas consultas, interacciones y demandas del público hispanoparlante de todo el planeta. Hoy el español es la segunda lengua más hablada en el mundo como lengua nativa, tras el chino mandarín, que cuenta con más de mil millones de hablantes. También nos consta que, en los últimos tiempos, este permanente cultivo hispano se ha convertido en el mayor valor de la "Marca España". La imagen proyectada ocupa un lugar destacado a nivel internacional, tanto en el sector artístico, como en el cinematográfico, musical o teatral.

 

Indudablemente, si la cultura hispana se ha puesto de moda imponiéndose en el mundo por encima de cualquier prepotencia económica, en parte fue debida a la transcendencia cada vez mayor que el español ha tomado en el ámbito creativo y de las relaciones humanas, al ser una lengua viva, manteniendo de este modo esa singularidad expansiva, junto a otros idiomas de gran calado como el árabe, el chino, el francés, el inglés o el ruso. En este sentido, hemos de aplaudir igualmente la labor de la Real Academia Española (RAE), creada en 1713, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, que trescientos años después, continua fiel a su propósito de "fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza". Desde aquella memorable fecha, la RAE, o lo que es lo mismo, esta casa de las palabras, contribuye, mediante sus persistentes actividades, obras y publicaciones, velando por el buen uso de una lengua en indisoluble evolución, patrimonio común de quinientos millones de hispanohablantes. Por consiguiente, hay que felicitarse y felicitarnos por ello, que en esta era digital y en virtud del léxico, sigamos superándonos en el diálogo. Lo decía la inolvidable novelista española fallecida este año, Ana María Matute, "la palabra es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros".

 

La afirmación de que la lengua y la cultura se interrelacionan resulta evidente, puesto que si la lengua es un poderoso medio de comunicación, la cultura también es un activa rueda de significados. Por tanto, cohabita una lengua común, pero existen miles de culturas alrededor del término. No es de extrañar, pues, que los habitantes de la antigua Hispania romana (moradores de la península ibérica) y los ciudadanos de las naciones de Hispanoamérica, entre los que se incluyen España y los países hispanohablantes de América, África y Asía, así como los habitantes de Estados Unidos que sean originarios de alguno de estos países, ejerzan una fuerte influencia en todas las áreas, desde la política o los negocios hasta el cine, la música o el arte. Personajes grandiosos, como el mismo Cervantes, nos injertaron voces eternas, palabras que nos unen a todos los hispanoparlantes. Desde esta unidad de transmisión del saber, de formación a la sabiduría en el sentido más profundo del término, podemos y debemos avivar la cultura del encuentro, como elemento fundamental para una renovación de nuestras sociedades.

 

Tenemos que perder el miedo a la palabra. No hay futuro para ningún país, tampoco para ningún colectivo, si no sabemos ser todos más dialogantes. La cultura hispana, como aglutinadora de culturas, puede ser un buen referente para el discernimiento, para alentar y alimentar la esperanza, como factor de crecimiento. Estados Unidos, por ejemplo, no se entiende si se desconoce lo hispánico. Es importante leer la realidad, mirándola a la cara, viendo el camino recorrido. Lo más destacado de la visión de Colón es la inmensa sensibilidad, impregnada su humanidad de un robusto sentido del humor. En efecto, se me ocurre pensar que quizás sea el turno de los hispanos en un momento histórico que nos impulsa a buscar y hallar caminos de luz para un horizonte nuevo. La desilusión lleva en ocasiones a una especie de abandono, esta es la trampa que nosotros tenemos delante, si lo vemos todo en clave apocalíptica. Para salir de este desencanto tenemos que ser solidarios, no podemos lavarnos las manos e ignorar el grito de justicia, tenemos que prestar más auxilio a nuestro semejante. Sin duda tenemos la obligación de fortalecernos unos a otros, de cooperar, y si partimos de un mismo idioma, el español como lengua, seguramente todo será más fácil y redundará en beneficio de los ideales, propósitos y principios de las Naciones Unidas y en el bienestar general de los pueblos.

 

Resulta público y notorio que nuestro mundo necesita unidad, reconciliación consigo mismo, y como bien decía el poeta y médico estadounidense, Oliver Wendell Holmes, "toda lengua es un templo en el que está encerrada el alma del que habla"; y, ciertamente, es bajo este imperio de sensaciones cómo se pueden extraer conclusiones y estrechar los vínculos entre las diversas nacionalidades. Las culturas no sólo abarcan las artes y las letras, lo científico o lo técnico, también modos de vida, sistemas de valores, tradiciones y hasta creencias. Precisamente, en esta era de mundialización, es menester que la palabra tome vida y propiciemos el respeto por la cultura ajena, rompiendo barreras y construyendo puentes de unión. En este sentido, la lengua de Cervantes, lengua literaria y humanística sobre todo lo demás, es la mejor llave para el entendimiento, puesto que la hegemonía del inglés es cuestión técnica y tal vez científica, sin embargo la hispanización lingüística ha contribuido a que esta lengua común se expandiera como ninguna por una serie de circunstancias y razones sociales. Ahora también tenemos la tarea de propagar este lenguaje, haciéndolo más auténtico, más veraz, más del corazón y de la vida.

 

Las previsiones son que dentro de tres o cuatro generaciones, el 10% de la población mundial se entenderá en español, y en 2050 Estados Unidos florecerá como el primer país hispanohablante del mundo. Será el momento, de que una lengua geográficamente compacta e internacional, armonice mediante un idioma homogéneo, la incomunicación de los nuevos tiempos, puesto que no le falta entusiasmo. Y como escribió Paulo Coelho: "hay en el mundo un lenguaje que todos comprenden: es el lenguaje del entusiasmo, de las cosas hechas con amor y con voluntad, en busca de aquello que se desea o en lo que se cree". En todo caso, de lo que hay que despojarse con urgencia es de ese lenguaje que hoy entienden todas las naciones para desgracia del planeta y de sus pobladores, el del dinero y la hipocresía, que jamás conduce a buen puerto. Que nos concienciemos de ello.  

Sábado, 04 Octubre 2014 14:07

La vida en los barrios marginales

Frente a una alta y acomodada sociedad cohabitan barrios marginales, casi siempre en la periferia, abandonados a cualquier progreso y, lo que es peor, despojados de la decencia que todo ser humano se merece, por el hecho mismo de existir. Son víctimas de tantas injusticias, que la vida les ha marcado con grandes sacrificios, pero aún así suelen caminar con un semblante luchador, con la entereza de sufrir los rigores de tantas opresiones, porque saben que la verdadera desgracia es cometer la inhumanidad de sentirse nadie.

 

Son capaces de resistir el cansancio y el dolor y de esperar en medio de la adversidad, una mano justa que sintonice con las voces de los suburbios, para la construcción de una nueva sociedad fundada en el auténtico amor, la solidaridad y la equidad. Desde luego, hay que alejarse de la indiferencia, y dar a estas sufrientes gentes la posibilidad de una vida digna que permita la conveniente educación integral de sus hijos y el necesario avance en su salud, en sus métodos de trabajo y de comercialización, estableciendo algo tan básico como precios ecuánimes en sus productos.

 

El reto de los nuevos tiempos exige que el mensaje solidario cale en el corazón de todo ser humano y en las estructuras de la vida social. Por eso, me parece sumamente acertado que el Día Mundial del Hábitat, que se observa anualmente el primer lunes de octubre, en virtud de una resolución adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1985, este año 2014, eligiera el tema:

 

"Voces de los suburbios", para reconocer la vida en los barrios marginales, dar voz a los habitantes de los tugurios, con el fin de mejorar la calidad de las condiciones de vida en ellos mediante la concienciación. Unos y otros tenemos mucho que compartir.

 

Las miserias humanas no cesan. Si son muchos los que viven en condiciones indignas de la persona humana, privados de los derechos humanos y de las necesidades básicas como la alimentación, la falta de trabajo decente, el agua y las condiciones de higiene, la salud o la misma posibilidad de crecimiento cultural, también es otra miseria la no menos preocupante pobreza moral, que consiste en convertirse en esclavo del vicio y lo material. Ciertamente, la vida en los barrios marginales es tremenda, pero igualmente espantosa es la de otros barrios en los que el poder, el lujo y el dinero se convierten en dioses.

 

De ahí, la importancia de colaborar unidos todas las culturas y de cooperar en el destierro de tantos abusos, o de tantos endiosamientos, puesto que ninguno es autosuficiente por mucha riqueza que atesore. Indudablemente, a medida que la proporción de la humanidad que vive en el medio urbano crece, también es preciso reforzar su integración. Unas ciudades mal planificadas se vuelven insostenibles y sus moradores no acaban de sentirse asentados, repercutiendo en una proliferación desbordada de marginalidad como jamás se ha conocido.

 

En cualquier caso, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales, se debe trabajar por servicios sociales que promuevan la igualdad de sus ciudadanos. Como especie, iremos a la bancarrota, sino aseguramos los derechos fundamentales de los habitantes de los barrios marginales, impidiendo que se intensifique su exclusión política, económica y social.

 

En este sentido, es preciso contraponerse a los intereses económicos interesados y a la lógica poderosa de unos pocos, que excluyen para su negocio, causando fuertes disgregaciones sociales, mediante privilegios para algunos e injusticias para otros. Los seres humanos no somos islas, somos comunidad; y, en toda colectividad, las personas de todos los distritos se merecen la misma dignidad humana. Qué menos. Al parecer, para desgracia nuestra, la honestidad e integridad de la vida no está prevista en el plan de globalización, con la consabida indignación moral que nos circunda. Sálvese el que pueda.  

Lunes, 29 Septiembre 2014 08:47

La paciencia y el tiempo

En este tiempo de desdichas y agobios que sufrimos en propio carne todo el mundo, he descubierto que la paciencia y el tiempo injertan más placidez que cualquier otro medio de persuasión. Hay tantas oscuridades en el camino que nos asaltan, muchas veces de manera desprevenida, que precisamos cuando menos tomar aliento, hacer una honda reflexión sin importarnos el tiempo, para tener la fuerza suficiente de no desanimarnos.

 

Aquella idea del inolvidable filosofo griego Platón, de que tres facultades hay en el hombre: la razón que esclarece y domina, el coraje o ánimo que actúa y los sentidos que obedecen, debería formar parte de nuestra vidas. Sin duda, el mundo sería otro porque los conflictos tendrían otra resolución menos violenta, más acorde con las atmósferas armónicas.

 

Ahí está el referente de Gandhi, su admirable aguante de oponerse a la opresión, a la injusticia humana y al odio de manera pacífica. No es fácil defender la dignidad que todo ser humano tiene, cuando se siembra un reguero de inmoralidades e infamias, con la entereza de tomarnos nuestro propio tiempo, para así poder meditar pacientemente sin bajarse de la cruz.

 

Realmente, uno siente la necesidad de desafiar al enemigo y la impaciencia nos deja sin abecedario en el corazón, con el rostro triste y el rastro del desconsuelo errante, sin ilusión. Tenemos que retornar a la paciencia para sembrar otros lenguajes pacifistas. Sin duda, hemos de compartir menos espadas y más abrazos.

 

Es cuestión de donarnos menos veneno y más bálsamo de humanidad, de saber esperar con la ternura del silencio, de no abandonarnos a la miseria y de saber perdonar. Cuando se pierde la confianza en el ser humano todo se desmorona y el futuro se hace insostenible.

 

En lugar de que la violencia se contagie, injertemos un sosegado diálogo por todas las sendas vivientes, hagámoslo de manera paciente y pacífica; quizás por ello, precisemos ser conscientes de que un corazón junto a otro corazón, pueden salvar horizontes de luz en vez de propagar noches. Sería un buen propósito celebrar de este modo, el aniversario del nacimiento Mahatma Gandhi, líder del movimiento de la Independencia de la India y pionero de la filosofía y la estrategia de la no violencia.

 

Todo el planeta necesita que la conmemoración del día internacional de la no violencia (2 de octubre), sea algo más que un gesto de celebraciones. La especie debe apostar decididamente, tomándose su tiempo, pero con la perseverancia necesaria para conseguir activar un culto a la cultura de la quietud, de la tolerancia, de la comprensión y no violencia.

 

Las nuevas generaciones han de ser personas de acción calmada, pero firmes en la convicción de desterrar las armas, sabiendo de que la paz comienza por uno mismo al levantarse cada día con una simple sonrisa. Si habita la violencia en nuestros corazones difícilmente podemos cultivar alianza alguna por muchas reformas que activemos en nuestras instituciones nacionales o internacionales.

 

La primera metamorfosis, pues, pasa por nuestras propias habitaciones interiores, que hemos de ser mujeres y hombres de paz. Con la paciencia necesaria, aunque seamos impacientes por naturaleza, debemos dejarnos envolver por el tiempo para no derribar los puentes que nos unen. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf. Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28).

 

Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios; es un diálogo que si lo hacemos, nos da consuelo. Indudablemente, esta paciencia que activo no es dulce ni fácil de sobrellevar, tiene sus amarguras, aunque después sus frutos sean dulces, con razón se dice que con ella, todo se alcanza. Nos conmueve la actitud de los sembradores de certezas, que jamás han tenido palabras de desprecio para ningún ser humano, ni de condena, solamente palabras de concordia, de amor y de compasión.

 

Ojalá esta virtud se extendiese por todo el mundo, serían menos fríos los diálogos y las convivencias más fraternas. Es hermoso, esto de la clemencia, de mirar el campo de nuestra propia existencia, y de ver la manera de que nunca es tarde para rectificar. Por desgracia, el mundo está crecido de actitudes desesperadas y, lo que es peor, sin intención de corregir esta espiral de hechos violentos que nos circundan. Las simientes de odio sembradas acarrean luchas crueles hasta en las propias familias.

 

Las respuestas a los conflictos (de género-familia, de países o del propio orbe), para que se produzca realmente el cambio social, ciertamente dependen del consentimiento de la población, pero también del valor que le demos al ser humano como tal. Por consiguiente, la paz no puede imponerse en ningún hábitat, la paz llega por la vía del intelecto al servicio del propio ser humano.

 

Resulta que este incondicional amor a la especie, lo hemos abandonado tantas veces en nuestro diario de vida personal, que es menester trabajar por la justicia, defender la existencia humana y abrazar la verdad de una vez por todas. Nos pueden tantas mentiras, que todo se confunde, pero será el tiempo, y sólo el tiempo, el que hará verdadera justicia. Mientras sea más fácil empuñar un arma que olvidar un rencor, encontrar errores que una forma de perdonar, no habrá armonía y todo será un litigio absurdo.

 

En consecuencia, pienso que el ser humano debe ser capaz de entrar en paciencia consigo mismo, mirando alrededor y dejándose mirar, buscándose y dejándose buscar, encontrándose y dejándose reencontrar, pacientemente ante esta vida, que es más fugaz de lo que pensamos.

 

Tampoco podemos resignarnos y contemplar indiferentes la violencia que golpea a tantos mortales. Esta es una responsabilidad de todos, unos en mayor medida y otros en menor, pero sin excepción hay que ponerse a cultivar otros diálogos que favorezcan el entendimiento, con la convicción de que es posible instaurar en el mundo la cultura de la convivencia, del encuentro, y no del encontronazo de unos para con otros.

 

Los muros tienen que dar paso a los espacios abiertos, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, avivando la idea de paz y no violencia extensible a la protección de los animales y los árboles, reeducándonos en la mediación y el arbitraje, sabiendo que tan importante como el pan de cada día es el sosiego de cada ser humano.

 

El legado de Gandhi ahí está, dando sus obras en favor de tantos movimientos por la no violencia, generando conciencia social. Los sueños también son posibles. El tiempo los hará realidad. No hay auténtico genio sin paciencia. Junto a ella seremos capaces de dar luz en las sombras, justicia y dignidad a todo ser vivo, y así, -como dijo Neruda-, la poesía no habrá cantado en vano.  

Sábado, 28 Junio 2014 10:29

Volver a las raíces de lo auténtico

Volvamos a las raíces. Somos hijos de la música del tiempo. Herederos de un universo que habla de nosotros. Ciertamente tenemos que armonizar sintonías. Rehacer nuestro propio arraigo con el entorno. Inventarnos lenguajes más armónicos. Abandonar lo que nos destruye como personas. Hay un mundo interior desconocido. Una atmósfera que va más allá de las palabras. Una mística que tiene su propia liturgia ajena a todo sentimiento de superioridad o de dominio. Todos, en el fondo, tenemos una misión que cumplir.

 

No lo podemos hacer en solitario. Busquemos puntos de referencia, referentes, para recomponer tantas unidades rotas, destrozadas, hundidas. Indudablemente, hemos de volver al corazón de las cosas, a dejarnos sorprender por su poesía. Este es el auténtico desvelo que debemos avivar, y no el de la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos. Me niego a que me impongan el yugo de la esclavitud. Reflexionemos.

 

Sé que no es fácil determinar los derechos y las obligaciones de cada cual, de los que aportan el capital y de lo que ponen el trabajo, máxime en un mundo tan complejo. Por eso, hoy más que nunca la ciudadanía demanda con toda razón que los derechos humanos se apliquen en todo el mundo, frente a cualquier otro interés de poder. La corrupción desde siempre ha estado al alcance de la mano. Hay una podredumbre que todo lo corrompe.

 

¿Quién no se ha sentido Dios alguna vez?. Si tomásemos las raíces de nuestra existencia primera, tomaríamos con más ilusión el ayudar a los demás, en lugar de servirnos de su miseria. Necesitamos transformarnos, recuperar la conciencia solidaria, el carácter humano y universal de lo creado, salir al encuentro del despojado, hacer memoria de la vida pasada, crecer hasta convertirse en una verdadera luz.

 

Cualquier ser humano se merece un horizonte por el que caminar sin desesperación. Tenemos que dejarnos conducir menos por el poder y más por la brisa suave de nuestras habitaciones interiores. Es saludable escucharse para poder tomar el camino acertado. Busquemos el silencio como un proceso creativo. En un asunto de discernimiento, hasta la soledad deseada es la mejor compañía. Desde luego, necesitamos volver a empezar en tantas cosas.

 

La originalidad consiste en volver al comienzo, a la simplicidad de las primeras soluciones. No olvidemos que pasamos de lo dicho a lo contradicho con una facilidad prodigiosa, y aunque lo que ha sido, hoy ya no es, vale la pena persistir, reanudar, emprender. No vayamos al mar sin estrella que nos oriente, ni por la tierra caminemos sin libro que nos cautive. Ahora que el mundo de la cultura llora la pérdida de quien fue creadora de un universo mágico, la novelista española Ana María Matute (Premio Cervantes 2010), precisamente, llevaba consigo esta consigna: "el que no inventa, no vive".

 

Efectivamente, necesitamos reinventarnos a nosotros mismos, para hacernos las mismas preguntas que nuestros antepasados. ¿Realmente quién soy yo? Necesitamos retomar la autenticidad para ser creíbles, para poder aproximarnos unos a otros con esa palabra verdadera que Matute sembró con verdadera lucidez. Sabemos que el faro salvador de muchas de sus tormentas fue la literatura, una verdadera expedición de búsqueda hacia la verdad. Lo hizo con arte, con el arte de la palabra. Ella, la gran heroína de la fantasía, siempre se hizo cargo de sí misma. Acaba de legarnos su última lección a los quedamos por estos rincones visibles, el reflejo de una plenitud personal.

 

Cada vez que las facultades humanas alcanzan esa integridad, tanto en el hacer como en el decir, algo que Ana María Matute irradiaba a través sus fascinantes historias, todo se convierte en inspiración, en algo perenne, del tiempo y para todo tiempo. Seamos, pues, pacientes a la hora de entroncarnos a las raíces, y hagámoslo con el amor suficiente para no marchitar ninguna rama del árbol de la especie humana. Todas son necesarias para iluminar la vida.  

La conmemoración cada año del Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas (26 de junio), nos insta a reflexionar, cuando menos para hacer frente a esta persistente y mundializada lacra mundial, a partir de dos vertientes: el estado de derecho y la prestación de servicios de salud. Indudablemente, los diversos tratados internacionales que tenemos, además de ayudarnos a la lucha contra este enfermizo tráfico de abusos, también protege a las personas más vulnerables mediante una amplia serie de actividades reeducativas, encaminadas a la prevención. Al menos desde el papel, así queda dicho.

 

Otra cuestión es llevar estos principios a buen término, a la práctica de la cotidianeidad. Los profesionales coinciden que la dependencia no es un delito, sino una enfermedad, y que los verdaderos delincuentes son los que comercian y trafican con las drogas. Naturalmente, los gobiernos de los diversos países tienen la responsabilidad de impedir este ilegítimo comercio; pero también, la sociedad en su conjunto, tiene la obligación de despertar conciencias sobre los peligros del consumo de los estupefacientes. Con urgencia, pienso que debemos abordar este vergonzoso mercado, sobre todo reforzando la prevención, el tratamiento y la atención de la persona adicta. Si no hubiese demanda, tampoco habría oferta. Por desgracia, el mundo de las adicciones ha ido a más, en parte por ese rechazo a seres humanos enfermos, totalmente desprotegidos, sin ningún proyecto de vida.

 

Por tanto, junto a los proyectos preventivos de información deben coaligarse otros de orientación, para que en el momento de enfrentarse a la realidad cotidiana se tengan experiencias más apegadas al contexto y sean más efectivas. El fracaso escolar, la desestructuración familiar, los problemas laborales, personales, de salud y sociales, suelen ser verdaderos trampolines hacia el consumo de sustancias psicoactivas, descripción que abarca tanto al alcohol y al tabaco como otras obtenidas a partir de productos químicos, y que nos modifican nuestra manera de ser y de actuar. Desde luego, la humanidad tiene que avivar estilos de vida más saludables para todas las personas, favorecer acuerdos de mínimos para una verdadera interacción social y estimular cauces de comunicación mediante la promoción de un ocio sano.

 

Para conseguir avances, no hay mejor manera de propiciarlo, que con la participación de los jóvenes, puesto que tienen ideas y soluciones, únicamente hay que escucharles. Además los chavales suelen ser más efectivos a la hora de transmitir mensajes de prevención a otros jóvenes con su misma sensibilidad cultural, ya que comparten experiencias similares en lugares comunes. En estos momentos cohabita la enfermedad de la maldita adicción con el negocio, de ahí la necesidad de reforzar compromisos mundiales de salud y derechos humanos. La responsabilidad ha de ser compartida para salir de la espiral de violencia y conseguir la autonomía de la persona.

 

Causa verdadero dolor saber que el filón de la droga sea uno de los más rentables. La comunidad internacional debería actuar con más rotundidad ante este funesto problema mundial, que además financia terror y sirve para el lavado de activos, siendo el causante de tantas existencias arruinadas en vida. Por consiguiente, considero, que el período extraordinario de sesiones de la Asamblea General sobre el problema mundial de las drogas que, se celebrará en 2016, puede ser una extraordinaria oportunidad de avanzar en soluciones, analizando nuevas formas de enfrentar la cuestión del narcotráfico, por otra parte, cada vez más compleja. Sin duda, será el momento de adoptar medidas mucho más concertadas ante el gran número de sustancias psicoactivas, no aptas para el consumo humano, que transitan por las redes con una apariencia de legalidad que no es tal.

 

La mezcla de estas potingues de diseño, que a veces se compran sin saber sus consecuencias, ya han tenido resultados desastrosos sobre todo entre la juventud, dispuesta a probarlo todo. Aún son muchas las personas en el mundo que no cuentan con información adecuada sobre los efectos de las drogas. Por eso, debemos esforzarnos por conseguir un mayor nivel de conciencia para prevenir el uso indebido de algo que tiene efectos devastadores. En este sentido, tenemos que hablar claro y la gente ha de entender que son ilegales porque ocasionan problemas de salud física y mental a quien consume, aparte de otros problemas sociales y familiares que genera. Para decir no a la droga, obviamente hay que convencer primero, prestando la asistencia necesaria después. Se trata de reconstruir vidas con lo eso conlleva de donación.

 

De igual modo, se debería abordar de forma urgente el tráfico de drogas que se realiza por rutas marítimas, así como por cualquier otra de las vías terrestres o aéreas, lo que exige un marco de cooperación entre los diversos Estados, con el compromiso de sustituir los cultivos ilícitos por programas de desarrollo alternativos, la reducción de la demanda con énfasis en los servicios de salud pública, y de activar los esfuerzos para acabar con la comercialización de estas sustancias.

 

No olvidemos que el tráfico de drogas es un comercio ilícito global que involucra tanto el cultivo como la fabricación, distribución y venta. Evidentemente, debemos romper, sin miramiento alguno, este ciclo destructivo con el fin de proteger el derecho innato de las personas a un modo de vida autónoma y saludable, lejos de este comercio, que no sólo nos atrofia, también nos mata. El consumo de drogas, no es un juego de niños. Cada vez más jóvenes están expuestos al riesgo de "ser cazados", en parte por la creciente disponibilidad de sustancias peligrosas. En este sentido, hasta el Papa Francisco acaba de vociferar un "no rotundo a las drogas".

 

Lo hizo, al recibir en audiencia a los participantes en la XXXI Conferencia Internacional contra el Narcotráfico, que ha tenido lugar en Roma del 17 al 19 de junio: "no a cualquier tipo de droga. Pero para decir este no, hay que decir sí a la vida, sí al amor, sí a los demás, sí a la educación, sí al deporte, sí al trabajo, sí a más oportunidades de trabajo". Asimismo, UNODC, un líder global en la lucha contra las drogas ilícitas y la delincuencia internacional, creado en 1997 a través de una fusión entre el programa de las Naciones Unidas y el Centro para la Prevención Internacional del Delito, basa su enfoque en resultados científicos para convencer a los jóvenes a no usar drogas ilícitas, a las personas dependientes de drogas a buscar tratamiento y a los gobiernos, para que vean en el consumo de drogas, un problema de salud. En todo caso, está visto que con las drogas todos perdemos.

 

Se menoscaba la gobernanza, las instituciones. Los traficantes suelen buscar rutas en las que el estado de derecho es débil, dejándose corromper fácilmente. Se daña a la persona hasta el extremo de perder su propia autonomía, volviéndose dependiente de un vicio que le conduce a la muerte. Sin duda, alguien gana, sí alguien, el nefasto mal, gestado por los traficantes de muertes, destructores de tantas vidas inocentes. Ha llegado, pues, el momento de que digamos:¡basta!  

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