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Todo ha sido impecable. Tal y como estaba previsto en la Constitución de 1978, ha sido proclamado Rey de España, Felipe VI, un rey constitucional altamente formado para su cometido; que, como su padre, también aspira a serlo de todos los españoles. Cumplido este deber constitucional pronunció su primer discurso, verdaderamente esperanzador, en el Congreso de los Diputados, ante ambas Cámaras depositarias de la soberanía nacional, consciente de la responsabilidad que ello supone, pero asimismo con la mayor ilusión.

 

Se ha dado, pues, una lección de democracia y el pueblo, aglutinado en la diversidad, ha tomado las calles de Madrid para celebrar este tiempo nuevo con la esperanza de una renovada época. Sin obviar a sus antecesores, el nuevo Rey de España subrayó de manera especial que en esta España diversa cabemos todos, y que cada cual tiene su formas de sentirse español. Naturalmente, tuvo palabras de gratitud para la generación del Rey Juan Carlos I, por abrir camino a la democracia en este país. Igualmente, tuvo un recuerdo especial para su madre, la Reina Sofía, por su entrega generosa e impecable al servicio de los españoles.

 

En su nueva apuesta, hizo especial hincapié en que la Corona debe velar por la dignidad de la institución y observar una conducta honesta. Nadie niega que el caso Nóos ha hecho un tremendo daño a la Corona, y precisamente, en este acto de proclamación, la gran ausente ha sido su hermana Cristina de Borbón, que desde hace un tiempo vive apartada de la familia real por la imputación de su marido en el citado caso. El nuevo Rey constitucional de España tiene claro su objetivo, el avivar proyectos integradores que miren al futuro y que todos podamos compartirlos.

 

Apunta a un profundo cambio de mentalidades y de actitudes más aglutinadoras, porque los sentimientos, no deben jamás enfrentarnos, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir. No se puede decir más claro, Felipe VI, no sólo quiere apostar por el conocimiento, la cultura y la educación, tiene la convicción personal de que la monarquía parlamentaria puede y debe seguir prestando un gran servicio como moderador y símbolo de la unidad y permanencia del Estado. La independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora, indudablemente contribuye a la estabilidad del Estado.

 

Sin nostalgias, pero con un espíritu propio, el nuevo Rey constitucional es una persona sensible y así quiso transmitir su solidaridad con los ciudadanos a los que el rigor de la crisis ha golpeado fuertemente, europeísta, dispuesto a alimentar las ilusiones colectivas reivindicando el papel de su generación, con visión universal en cuanto a convicciones y compromisos, lo que acrecienta la concordia y la esperanza del pueblo.

 

A mi juicio, lo más relevante es su postura contundente por la autoridad moral, que emana de un comportamiento ejemplar, consciente del deterioro de las instituciones, incluida la misma Corona. En este sentido, quiere ser ejemplo e inspiración, para estar junto a los ciudadanos. Son muchos los retos a los que ha de hacer frente el nuevo monarca, sin embargo no dudamos que su espíritu conciliador de sus frutos. Ahí queda el primer gesto.

 

Lo ha hecho ante Artur Mas o Iñigo Urkullu, que apenas han aplaudido su proclamación. El nuevo Rey está dispuesto a atender sus deseos, ahora bien se ceñirá, como se desprende de su discurso, a una Constitución únicamente reformable desde el espíritu del consenso. El comienzo, pues, de este nuevo reinado para una España distinta a la que se encontró su padre, no ha podido ser más alentador. Nos ha alegrado ante el clima de pesimismo que nos invade. Es la mejor noticia. Confiamos en que no defraude su cercanía a los ciudadanos, el mejor aval para el éxito. Desde luego, la ejemplaridad de la Corona será fundamental para derribar muros y acercar posturas.  

Todo ha sido impecable. Tal y como estaba previsto en la Constitución de 1978, ha sido proclamado Rey de España, Felipe VI, un rey constitucional altamente formado para su cometido; que, como su padre, también aspira a serlo de todos los españoles.

Domingo, 15 Junio 2014 12:19

El drama de los desplazados

Cada día son más los obligados a desplazarse por el mundo. Unos lo hacen por subsistencia, otros porque las guerras no cesan y buscan refugio, algunos huyendo de los desastres naturales, mientras también los hay que caminan forzados por su afán aventurero. El ser humano es un ser dotado para moverse de acá para allá. Cierto. Somos andariegos por naturaleza.

 

Lo peor es cuando uno huye porque no le queda otra salida para poder seguir viviendo. Este es el problema, el de la desesperación que te fuerza a deambular sin rumbo fijo. Por desdicha, cada día son más los seres humanos que huyen hasta de sus propios hogares, porque dentro de su misma casa vive el autor de sus calvarios. Lógicamente, moverse se ha convertido en una cuestión de vida para muchas personas. Esto es lo trágico. En consecuencia, se precisa una gran solidaridad en el mundo para acoger a tanto desterrado, para ponerlo a salvo y que pueda sentirse protegido por sus semejantes.

 

Precisamente, en este mes de junio (el día 20), Naciones Unidas nos llama a celebrar el día mundial de los Refugiados, en un momento en que millones de mortales alrededor del mundo están siendo forzados a desaparecer de sus moradas debido a la guerra o a violaciones contra derechos humanos. Podíamos ser cualquiera de nosotros, por eso la comunidad internacional, a mi juicio, debe intensificar aún más los esfuerzos para que las personas puedan acoplarse a un nuevo horizonte, y más pronto que tarde, regresar a sus entornos aquellos que lo deseen y sí las condiciones lo justifican.

 

En este sentido, tenemos que aplaudir la generosidad de algunos países de acogida, los cuales vienen haciendo importantes esfuerzos por adoptar espacios propicios para el desarrollo multicultural, adaptándose a otras costumbres, conviviendo y compartiendo espacios comunes, mediante el acceso a los servicios públicos. Muchas personas no tienen otra opción que la desbandada, pero cualquiera de nosotros sí que tenemos la opción de auxiliarles, de ponernos a disposición para hacerles la vida cuando menos más fácil. Generalmente llegan desnutridos, hambrientos de paz y tiritando de miedo, a la espera de un abrazo que les de fuerza para olvidarse del desconcierto vivido.

 

Son víctimas de tantas crueldades que una mirada de consuelo les alienta como el mejor manjar. Vienen de una larga e intensa lucha, con casi ninguna pertenencia, implorando comprensión y tolerancia. Están hartos de tantas hostilidades. Para ellos, somos la esperanza y también el temor a no ser comprendidos. En cualquier caso, no le trunquemos el sueño de preservar su libertad para sobrevivir, rehaciendo su vida destruida, alejada de su entorno o retornando a él.

 

La historia de cada desplazado es distinta, pero a todos les une un mismo afán, superar la adversidad y construir un futuro más digno. Verdaderamente son personas cargadas de valor, crecidas de valentía, con un tesón y una templanza admirables. Saben que el mundo no es destrucción, que la victoria más dura es la dominio sobre uno mismo, y se mueven deseosos de reencontrar un hábitat propicio para reiniciar una nueva aventura, que eso en parte también es vida. A pesar de tener muchas veces casi todo en su contra, los desplazados suelen conquistar el propio recelo para levantar vuelo tras las caídas. Tiene mérito no dejarse vencer y aspirar a renovados compartimentos de luz después de tantas noches.

 

Al fin somos vida y deseamos vivir como sea, como la mañana o el atardecer, como el futuro de un niño que todavía no ha nacido, o como los amantes que se dejan abrazar al cobijo de la luna. Naturalmente, nadie puede ignorar la presencia del que vive, más si es un ser humano sabiendo que consigo se revive el alma por muy enlutadas que las atmósferas crezcan. No necesitamos islas, palacios ni torres, pero si sentirnos acompañados por la entereza. Nadie llega a la cumbre custodiado por la cobardía.

 

Evidentemente, esta grandeza pasional se refiere al espíritu del ser, a su expresión de bondad y bien en los instantes más cotidianos. Algo necesario a potenciar, sobre todo en las personas que malviven entre sombras, sin sustento y sin derechos, tan sólo esperando una mano que les ayude a reconquistar los anhelos perdidos. Nos consta, que en la actualidad hay multitud de personas abandonadas a su suerte, por lo que el compromiso ha de ser mayor.

 

Se precisa gente con coraje, dispuesta a darlo todo por tantas gentes desatendidas. Tenemos multitud de familias separadas por las guerras, desunidas por el caos y, lo que es aún peor, desorientadas, sin saber qué rumbo tomar. He aquí la raíz del mal. La lucha del ser humano contra los propios suyos, contra su mismo linaje. Esto nos debe hacer recapacitar en quién está detrás, a quién le interesa que suceda este desbarajuste, y por qué sucede este hervidero de tormentos. ¿Dónde está el impulso compasivo de ayudar a nuestros análogos? En ocasiones, parece que hemos perdido sensibilidad ante tantas noticias desgarradoras, como estas historias de desplazados forzosos que apenas nos conmocionan, pero que están ahí, solicitando nuestra asistencia.

 

Realmente, cuesta entender que mucha gente tenga que irse porque pasa hambre. Muchas no pueden reponerse y mueren en el intento, en ruta porque el cauce es largo para tanta debilidad. Tampoco suelen llegar medicamentos para socorrerles. Me imagino el dolor de los médicos que no pueden salvar vidas por falta de recursos. ¿Cómo puede pasar esto una y otra vez? Son historias que se repiten, son realidades que se van y vuelven, porque el ser humano por muchos avances que haya cosechado, ha dejado la más importante, la de vivir unidos, respetando las diferencias.

 

La hospitalidad con el que nada tiene es otra de las asignaturas pendientes. Indudablemente, faltan gestos de fraternidad y comprensión, mientras sobran discriminaciones y retrocesos. Por desgracia, en el mundo nos gobierna una cultura que verdaderamente es poco acogedora, donde proliferan los antagonismos en lugar de las concordias, y tremendamente interesada, lo que facilita que sea un fenómeno en continua expansión el tema de los desplazados forzosos.

 

Sin duda, la tarea es cada vez más necesaria. Hay que dar respuestas concretas de cercanía y acompañamiento a seres humanos que viven situaciones monstruosas. Algo que nos debe interpelar continuamente. Muchos grupos insurgentes o gobiernos represivos vienen cometiendo verdaderas atrocidades que han de cesar lo antes posible. Esto ocasiona persecución y violencia hasta el extremo de un aluvión de huidas forzadas.

 

Algunos no tienen más remedio que utilizar a los traficantes para llegar de forma irregular y ponerse a salvo en países seguros. Aunque este drama viene de lejos, hasta el punto de haberse creado el Alto Comisionado de las Naciones para los Refugiados, no debemos perder la ilusión de seguir el camino de la auténtica integración, con una perspectiva mucho más abierta, en un marco de auténtico entendimiento y benevolencia. En suma, que amar no es únicamente suspirar por alguien, es sobre todo acariciar con la mirada y comprender respetando.  

Con el paso del tiempo he descubierto que esta vida, sólo puede ser comprendida mirando hacia lo andado, pero ha de ser vivida mirando siempre hacia adelante. Sin duda, es bueno recapacitar en un mundo tan convulso que nos degrada como especie pensante. La realidad no puede esconderse. Padecemos tantas inseguridades, somos víctimas de tantos desconciertos, que causa pavor despertar cada mañana. Regímenes que guardan silencio a los familiares de las víctimas para obviar la masacre de mártires. Niñas y niños secuestrados para ser comercializados, o simplemente por el mero hecho de ir a la escuela. Mujeres violadas sin acceso a ninguna protección. Hay que poner fin a tanta impunidad. Con urgencia tenemos que evitar la proliferación de torturas, además de proporcionar a todas las personas que han sufrido en sus propias carnes este tipo de tormentos, una reparación pronta y eficaz por los daños causados.

 

De ahí la importancia de ayudar a caminar en la búsqueda de otros horizontes más pacificadores, de seguir adelante, más allá de los obstáculos. Es ésta la actitud adecuada, no se puede pensar en un ser humano frío e indiferente ante las situaciones angustiosas de su misma especie, indicaría que no tenemos corazón y que el propio espíritu lo hemos encarcelado. Efectivamente, por mucha tensión que se acumule en el planeta, el mundo de las relaciones internacionales no puede aminorarse. El futuro vendrá de la mano de los que se relacionan sin complejos. Por otra parte, cualquier ser humano tiene que ser prioridad en cualquier agenda de gobierno. El mundo precisa de grandes acuerdos para poder afianzar un orden que promueva valores y no cierre espacios para mejorar el bienestar de toda la ciudadanía. Lo he escrito ya infinidad de veces: nos conviene aprender a convivir.

 

Por algo estamos dotados de lenguaje. Desde luego, hay cuestiones que son de interés mundial, si en verdad queremos garantizar, en el astro por el que nos movemos, la igualdad y la equidad, la buena gobernanza, la democracia y el Estado de Derecho. Por consiguiente, la dirección es bien clara, se precisa forjar sociedades pacíficas que opten por la libertad frente a la violencia. Esta es la cuestión. Indudablemente, hemos de activar desde todas las culturas un espíritu de comprensión, de respeto mutuo, de competencia amistosa, de desarrollo fraterno. Considero, el impulso de las nuevas generaciones como algo fundamental para este crecimiento comunitario de apertura, algo imprescindible en un mundo globalizado como el actual, cansado de tantas estructuras opresoras.

 

El ejemplo de que no hay mejor predicador que la hormiga, que no dice nada, pero no cesa en su quehacer, estoy seguro que puede ser una acertada guía. Solemos pasarnos media vida sembrando dichos y, a veces, se nos olvida la esencia de tanto decir. Por desgracia, en muchos países existe solidaridad y participación vergonzosa entre gobiernos que propician, desde la esclavitud más horrenda a la violencia más terrorífica, mientras el pueblo lo permite, mostrando con estas injustas actuaciones, una absurda complicidad que nos deshumaniza. De estas necedades hay que salir cuanto antes, sabiendo que juntos tenemos el poder del cambio. Y en este sentido, más que huir de las atrocidades, al contrario debemos unirnos para robustecernos y seguir adelante. De los fracasos no sólo se sale, se aprende también a levantarse. Ciertamente, una cosa que no se debe hacer es dejarse vencer por la desolación.

 

Para mí hay que buscar, en el modo de entenderse, la autenticidad. Tendremos que modificar expresiones. La cultura de la falsedad nada resuelve. Hemos de salir de ella, sin miedo. Hoy hay muchos matices, donde no tiene que haberlos, porque la verdad es lo que es, y como decía Antonio Machado, sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Todos tenemos un papel que cumplir, y sí hasta los mismos océanos son los pulmones de nuestro orbe, con mayor motivo el ser humano como sujeto inherente a un derecho natural, y al deber de reclamar tal derecho, como expresión de su dignidad. No caben las medias tintas, o nos exterminamos o nos rehacemos. Todo depende de todos, de la especie en su conjunto. Lo peor es que ya lo sabemos y hacemos bien poco por activar esa embellecedora negociación del encuentro entre unos y otros.  

Me parece una buena noticia que la Conferencia Internacional del Trabajo, como supremo órgano de decisión de la Organización Internacional del Trabajo, se afane en construir un futuro con trabajo decente, lo que conlleva una serie de valores inherentes que han de dignificar al ser humano. Indudablemente, estamos ante un derecho, pero también ante un deber, cuyos esfuerzos han de servir a la colectividad, mediante un mejor vivir.

 

Considero, por tanto, verdaderamente interesante que la cumbre sobre el mundo del trabajo a celebrar el 9 de junio, estimule, abierta e interactivamente, tanto a los empleadores, como a los sindicatos, gobiernos y organizaciones internacionales, sobre un tema tan vital como el desarrollo a través de la dignificación del empleo. Por desgracia, el desempleo, o el trabajo en precario que es tan cruel como no tener trabajo, está aumentando trágicamente por todos los rincones del planeta, lo que acrecienta la pobreza.

 

Por eso, resulta especialmente alentador que se propicien para el debate este tipo de encuentros en un momento tan crucial para el mundo entero. La desmoralización de muchas familias es tan acusada, que cualquier diálogo social encaminado a crear oportunidades y a entusiasmar, activando la creatividad y entornos propicios para el entendimiento, bien vale la pena emprenderlo. La cuestión no es sólo generar empleo, que está muy bien, sino también cómo mejorar las condiciones de trabajo, eliminar la explotación y la esclavitud modernas, avivando un crecimiento socialmente incluyente de forma simultánea. Por otra parte, resulta inaceptable que el trabajo esclavice en lugar de liberar y se haya convertido en moneda de cambio. El ser humano es algo más que una mera mercancía. Otro grave problema relacionado con la cuestión laboral es el de la migración en masa.

 

Son muchas las personas, sobre todo jóvenes, que se están viendo obligadas a buscar trabajo fuera de sus países de origen. Algunos lo hacen como trabajadores clandestinos. No podemos permanecer indiferentes ante estas tremendas circunstancias de trabajos forzados y sin esperanza ninguna. A veces cuesta entender las horribles situaciones en las que malviven seres humanos, por ejemplo la gran cantidad de mujeres y niñas que están siendo obligadas a prostituirse por el simple hecho de tener que pagar deudas. Sin duda, hay que prevenir esta horrenda explotación de vidas humanas, y, en este sentido, la Conferencia llega en un momento crucial, puesto que la desesperanza así como la exclusión de personas, viene minando una sociedad que se desmorona por sí misma. Es el momento de reforzar las cooperaciones entre países y de expandir la solidaridad entre sus moradores.

 

Sin un digno trabajo, el ser humano pierde su propia identidad, no puede satisfacer sus necesidades básicas, ni sustentar a su familia, que es un elemento esencial en el desarrollo humano sostenible y social. Ha llegado el momento, pues, de reaccionar frente a tantos desordenes. Para empezar, lo prioritario son las personas, el primer beneficiario, el actor principal, y no al revés como viene sucediendo en esta sociedad de lobos. Nos alegramos que excepcionalmente, la Conferencia, denominada como el parlamento mundial del trabajo, también celebre el día mundial contra el trabajo infantil el 10 de junio.

 

Resulta inconcebible que muchos niños no puedan disfrutar de la infancia, ni acceder a una educación de calidad, por el hecho de haber nacido en un determinado lugar. El mundo de hoy tiene que reflexionar sobre todas estas historias que nos deshumanizan. A mi juicio, cuanto antes se deberían limitar los horarios de trabajo, prohibir el trabajo nocturno, reducir el trabajo que sea excesivamente agotador, y tomar medidas para asegurar una protección efectiva contra todas las formas de abuso, acoso y violencia.

 

Ciertamente, como ha dicho el argentino Daniel Funes de Rioja, al ser elegido presidente de la Conferencia, "vivimos en una era de cambios, pero esto no significa dejar a un lado nuestros valores, sino adaptarlos a las nuevas circunstancias". Son estos nuevos contextos los que han de instarnos a pregonar con más voz si cabe, una protección adecuada para todo ciudadano, promoviendo su dignidad en el trabajo. Desde luego, por el bien colectivo de la familia humana que hoy habita en un mundo global, pero sin globalizarse fraternalmente para desgracia de la propia especie, es el momento de dar soluciones a una población desesperada, totalmente excluida. Humanidad, por favor.  

Aprietan los vendavales de fuego, siempre alentados arbitrariamente, por doquier rincón del planeta. Las llamas del caos son tan acusadas por algunos caminos, que se necesitan aguadores para refrescarnos el alma. Sería bueno sosegarse y evolucionar hacia horizontes más armónicos. Parece que cada día cuesta más ser personas de paz, como si no tuviésemos la voluntad de lograrla. Sabemos lo que hay que hacer, pero nos cuesta ponernos decididamente en la piel de los demás.

 

La mentira nos domina y aborrega, cuestión que repercute en una mayor dificultad para que podamos establecer la solidaria ruta del desprendimiento. La gente siente la maldita desigualdad como la mayor inmoralidad de todos los tiempos. Y aunque es cierto que la armonía está en cada ser humano, puesto que es desde los interiores del corazón cómo nos fraternizamos, esta inseguridad de no poder salir de la pobreza nos sobrepasa, y también nos sobrecoge.

 

De pronto, parece como si todo se hubiese estancado en la noria de la necedad y el disparate. Lo que genera una violencia tremenda que raya la desesperación ciudadana. Ante este panorama de salvajismos que nos circunda y que nos lleva a una esclavitud sin precedentes, las organizaciones internacionales deberían adoptar un protocolo mundial jurídicamente vinculante para prevenir este tipo de desórdenes, que nos llevan a una deshumanización total. Considerables regiones del planeta están envueltas en tensiones crecientes, en luchas sin sentido, atrapadas por la espiral de la sinrazón. En tiempos tan feroces como insensibles, se hace necesario una movilización de las personas para llegar a acuerdos conciliadores. R

 

econozcámonos como ciudadanos de pensamiento, como pobladores creativos al servicio del bien, como habitantes crecidos en la generosidad y desbordados por el amor. Sin duda, tenemos que redoblar los esfuerzos y las iniciativas para crear un desarrollo equilibrado. Son tantas cosas las que tenemos en común, las que nos unen, que no tiene sentido activar las discordias. A este respecto, si es fundamental sentir el mundo globalizado como nuestra casa común, es esencial asimismo abrigar a sus moradores como parte de nuestra tronco familiar. Y ciertamente, se acrecienta este espíritu de familia, cuando hay una auténtica experiencia de hermanamiento, o sea, cuando a nadie le falta lo necesario y el patrimonio familiar se administra sin derroches y con equidad.

 

De lo contrario, surgen las luchas. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la propia familia. El clima de rivalidades es tan fuerte, que pienso en la necesidad urgente de avivar el camino del encuentro, superando cualquier ciega confrontación. Sabemos por Naciones Unidas que, actualmente, más de 116.000 efectivos de personal de las Naciones Unidas, de más de un centenar de países, trabajan en diversas operaciones de mantenimiento de la paz. También, nos consta, que multitud de voluntarios se donan a diario como aguadores de sosiego en un mundo prendido de crueldades. Su donación es tal que su testimonio vale la pena recordarlo, y así, coincidiendo con el día internacional del personal de paz de la ONU (29 de mayo), el Consejo de Seguridad acaba de instituir en este mes la medalla Capitán Mbaye Diagne, en homenaje a un integrante senegalés no armado del personal de mantenimiento de la paz que perdió su vida después de haber salvado a unas mil personas durante el genocidio de Rwanda de 1994. Con esta distinción se rinde recuerdo a la valentía excepcional del personal de las Naciones Unidas, y a tantos otros mártires de los colectivos asociativos. Desde luego, estos ejemplos altruistas de personas han de servirnos para renovar las fuerzas en favor del cambio hacia un futuro más tranquilo. La labor de estos héroes caídos no puede olvidarse, son la referencia y el referente para construir, desde la vida que a cada uno nos ha tocado vivir, espacios de concordia.

 

Por desgracia, caminamos en conflicto permanente, a veces consigo mismo. Como si fuese algo normal, sembramos el desorden, esparcimos rencores que se clavan en miradas inocentes, y atravesamos la necedad más horrenda, a través de nuestro permanente egoísmo, lo que nos llena de ilógicas actitudes que nos martirizan a todos. La familia humana tiene que aprender a convivir, a gobernarse en conjunto por el bien social, a mantener el compromiso de la gratuidad como valor. El lenguaje familiar es un lenguaje que sosiega. Sin embargo, somos pura contradicción. Jamás hubo tantas armas, y sin embargo, la inseguridad es aún mayor. No se trata, pues, de dotarse armamentísticamente, sino de dotarse humanamente.

 

Además, no sólo hay que reparar las injusticias, hay que trabajar para que no existan. De ahí, la importancia de los aguadores de paz para ofrecer la esperanza perdida y que retorne la calma a los caminos de la vida. No tiene sentido la lucha de unos contra otras, contra su misma especie, es hora de despertar con otras actitudes más comprensivas que posibiliten la unión entre semejantes. Por ello, mujeres y hombres como sensibles aguadores de paz, estamos llamados a proteger y promover los derechos humanos, el restablecimiento del estado de derecho, y a solventar cualquier agitación que se produzca con la asistencia debida.

 

Si en verdad amamos la paz, dejémonos guiar por su quietud hasta convertirla en un deber. Sólo así será posible. Tenemos que ponerle empeño, lo que requiere una fuerte dosis de valentía. En cualquier caso, todos estamos llamados a confluir en la autenticidad de las cosas, desde la más íntima exploración personal, para que pueda brotar el verdadero respeto a la vida humana, a cualquier existencia por desgarradora que sea. Evidentemente, la rehabilitación es viable cuando en la fase del proceso de atención se devuelve a la persona su propia extensión vital, para que pueda sentirse bien. De este modo, el objetivo del personal de paz de Naciones Unidas, o de cualquier otra organización que trabaje por la armonía en el planeta, aparte de sus tareas encomendadas, se encamina a crear el medio armónico preciso para que la gente pueda retornar a la vida normal. Todos, por consiguiente, debemos ser aguadores de paz ante el fuego de las injusticias. L

 

as hogueras en el planeta son cada día más feroces. Hemos de seguir, en consecuencia, esforzándonos, al igual que lo hicieron esos valientes integrantes de operaciones de mantenimiento de paz que nos precedieron, haciendo todo lo que esté en nuestras manos por salvar existencias, forjando nuevos amaneceres mucho más armónicos. Por tanto, hace falta tener la convicción de que la armonía no es algo utópico, sino algo realizable, que dimana de la interpelación personal de la convivencia humana. Este interrogarse cada día, nos enseña lo fundamental que es reflexionar para no desviarnos del camino de la felicidad. Sin duda, la paz depende de cada uno de nosotros.

 

Estoy convencido de que si esta idea penetrase en el pensamiento de las nuevas generaciones, el mundo verdaderamente cambiaría. Aun existe hoy una tentación tremendamente confusa de que la paz es la simple ausencia de guerra. No es así, puesto que la verdadera paz no se impone, se cultiva con fuertes dosis de entendimiento, y no a través de la fuerza, sino de la comprensión. Comprender, ya se sabe, es el principio de AMAR.  

Jueves, 22 Mayo 2014 11:00

Los abusos siempre pasan factura

Para desgracia nuestra hemos convertido el término abuso en un permanente diario que mortifica nuestras vidas. Lo hemos normalizado tanto que la siembra abusiva (de autoridad, de confianza, de derecho, sexual, económica...) ha espigado con fuerza y va camino de dejarnos sin lenguaje. Los privilegios se confunden con las arbitrariedades, porque al poder no hay poder alguno que le detenga, y ante la mundanal confusión hasta los mismos sentimientos yacen entumecidos. Esto pasa por permitir que la soberanía sirva al interés de unos pocos, con una soberbia desmedida mezclada con una abundante dosis de ingratitud y envida, lo que genera un clima de corrupción que nos degenera y corrompe a toda la sociedad.

 

Lo mismo sucede con el abuso de confianza, aprovechando que la víctima le concede el uso o la tenencia de dicho bien, se produce una apropiación indebida. En idéntico marco suele crecerse (y recrearse) el titular de un derecho subjetivo, que en su ejercicio resulta contrario a la buena fe, la moral, las buenas costumbres o los fines sociales y económicos del Derecho. Igualmente ocurre con el uso incorrecto de otra persona para propósitos sexuales, o cuando una de las dos partes implicadas en una pareja tiene control sobre la otra en el acceso a los recursos económicos, lo que disminuye la capacidad de la víctima de mantenerse a sí misma y la obliga a depender financieramente del ejecutor. Podríamos continuar con la lista de excesos, máxime en una época de engaño universal, pero realmente pienso que por mucho que queramos disimular la falsedad y disfrazar los designios, al final la verdad -como ha dicho Antonio Machado- es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. No podemos, en consecuencia, por menos que incitar a presentar la autenticidad de las cosas, a promover el bien social, aunque nos cueste.

 

Muchas veces devoramos de un sorbo la farsa que nos halaga, mientras bebemos gota a gota la realidad que nos amarga. Por desgracia, la evidencia de un auténtico sembrador de verbos no suele coincidir con el vocerío de quienes reparten el oro, con lo cual suele cometerse un descarado abuso contra la ignorancia y la inocencia, hecho que es absolutamente reprobable. Junto a esta riada de fraudes, debe necesariamente brotar la unión de las inteligencias, de los espíritus, de las acciones. Sin duda, debemos reaccionar ante estos injustos engaños, que lo único que van a generar son más discordias y desacuerdos.

 

No es de recibo tener en un pedestal a un abusador que utiliza su mayor rango como ventaja sobre el abusado, poniendo a la víctima en un estado de sumisión incuestionable a la autoridad. En este sentido, una de las mayores tareas de los gobiernos y de las economías es precisamente el uso más eficaz de los recursos, no el abuso, teniendo presente que el concepto de eficiencia no es axiológicamente neutral. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su modo de actuar, también su manera de proceder, conjuntando un estilo de buen vivir en comunidad, a tenor de lo cual la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien es primordial para las relaciones humanas. Lo acaba de decir con extraordinaria fuerza el Papa Francisco, sí con nuestros abusos "destruimos la creación, la creación nos destruirá a nosotros. ¡Nunca lo olvidéis!". Indudablemente, todos estos abusos terminan pasando factura muchas veces a personas inocentes que no han causado daño alguno. Por consiguiente, tan importante como custodiar la naturaleza es también proteger a las personas, preocuparse (y ocuparse) por todos, especialmente por los más indefensos.

 

Ciertamente, todo sería mejorable si actuásemos con la suficiente libertad de juicio y ejercicio, oponiéndonos a las medias verdades de antemano establecidas. Para más dolor, cohabita el abuso dialéctico de la palabra y la ostentosa dominación de algunos, que nos dejan sin aliento, al observar un creciente incremento de explotación y abuso en los últimos tiempos, no en vano en toda sociedad como la presente, no todo se sabe, pero sí todo se dice. Al fin, siempre nos queda un último soplo, el de la ilusión a pesar de las adversidades. Sea como fuere, necesitamos de una convicción que ha de ser conquistada comunitariamente, para que tenga su efecto liberador y no caiga en la fuerza desmedida de sus propias facultades, lo que exige un amor verdadero lejos de cualquier cinismo de poder. Tengo el convencimiento, pues, de que la sociedad próxima tomará conciencia de que si nos interesamos los unos por los otros, tenemos la fórmula segura para la felicidad.  

Este mundo globalizado requiere de otros discursos, de otras realidades que dejen de incitar al odio, de otras situaciones menos violentas, y también de otros referentes más fraternos. Hemos de reconocer (y conocer) que vivimos un tiempo verdaderamente preocupante, lo que nos exige una inaplazable reflexión como especie pensante, ante la inmensidad de males que nos envuelven. Por una parte, aprovechamos cualquier circunstancia para perjudicar a los demás. Por desgracia, generalmente activamos antes la discordia que la concordia.

 

Provocamos más que aplacamos. También solemos ser más agitadores que pacifistas. Asimismo, nos ensamblamos antes para compartir una venganza que para vivir una reconciliación. Realmente, no se entiende esta ceguera que raya la terquedad más absurda. Andamos tan aborregados que apenas tenemos un momento para recapacitar. Uno ha de ser lo que quiera ser sin fastidiar al otro. Por desdicha, hace tiempo que lo hemos confiado todo al fanatismo de los que mueven los hilos del poder, que en lugar de construir, más bien lo destruyen de cabo a rabo todo, porque sus simientes son de rencor. El resentimiento es tan fuerte que la atmosfera está desbordada por el desprecio de tantos corazones que no sienten, nada más que avaricia y orgullo. Esta mezcla explosiva nos ha devaluado como seres humanos.

 

Apenas valemos nada en los circuitos de esta mundana existencia, cada día más desalmada, sin espiritualidad alguna, bestialmente degradada hasta el extremo de no querernos ni a nosotros mismos. Estoy convencido de que todas las contiendas comienzan en el interior de uno mismo, no en los campos de batalla, en los corazones de las personas. Tenemos que empezar a celebrar la generosidad de los que sirven a la ciudadanía, a sus semejantes, en lugar de glorificar a las autoridades. Los fanáticos sigue soñando con esa sensación de superioridad. Son intolerantes, altaneros e intransigentes. No admiten otros modos y maneras de convivir. Están seguros de llevar la razón siempre.

 

Ellos mismos se consideran la conciencia del mundo. ¿Habrá necedad mayor? Esta forma de proceder resulta estúpida, pero ahí está, oponiéndose a la liberación ciudadana. Ciertamente, necesitamos ser liberados de tantas ataduras y reiniciar una historia nueva, donde nadie pueda ser reducido al rango de cosa y donde todos podamos compartir cuando menos una sana sonrisa, que nos lleve a concebir nuevas formas de pensar. Si en verdad queremos transformar las sociedades, nos incumbe a esta generación mantener viva la diversidad de culturas y aprender a obrar unidos para generar la transformación. Hagamos del ser humano, una prioridad ahora mismo, habite donde habite. Lo fundamental es tomar como abecedario el sentido de gratuidad, puesto que lo que necesitamos es una mayor cooperación a nivel global. No cabe duda, de que estas desproporciones económicas actuales, entorpecen el lenguaje del alma, dañando seriamente la convivencia entre culturas.

 

Indudablemente, esta atmósfera de odios se acrecienta con cultivos ilícitos, como la exclusión y otros desórdenes que nos dejan al borde del caos. Fríamente, causa espanto esta falsa solidaridad propiciada desde el reino de los poderosos. Lo que hay que impulsar son otros entusiasmos más auténticos, más de donación, más de compartir y colaborar. En todo caso, el contexto del mundo presente pone de manifiesto múltiples amenazas, pero está en nuestras manos, en las manos de todos, optar por la armonía o la enemistad, elegir entre el avance o el retroceso, o escoger entre la libertad y la esclavitud. Esto exige que nos ocupemos (y preocupemos) por el ocaso de tantos valores fundamentales. Por consiguiente, no son de recibo determinados juegos que nos deshumanizan, hasta el punto de dejarnos insensibles ante la siembra de males.

 

Naturalmente, para combatir tantas dolencias terroríficas hace falta ganarnos los corazones y las mentes de las personas. Gandhi, por ejemplo, demostró el poder de oponerse a la opresión, la injusticia y el odio de manera pacífica. Su ejemplo ha inspirado a muchas otras personas que hicieron historia, como Martin Luther King Jr., Václav Havel, Rigoberta Menchú Tum y Nelson Mandela. Efectivamente, ellos nos encomendaron a cada uno de nosotros, a través de sus humanas actuaciones, que sosegáramos la atmosfera de inquinas, defendiéramos la dignidad de cada ciudadano, y trabajáramos en beneficio de un mundo en el que la ciudadanía, cualquiera que sea su creencia o cultura, para que pueda convivir sobre la base de la unidad y de la unión, realidad que se sustenta con el respeto y la equidad.

 

Tanto la clemencia como la compasión, legítimamente humanista, en cierto sentido es la más perfecta representación de la igualdad entre los seres humanos y, por tanto, asimismo el símbolo más perfecto de la justicia, en cuanto también ésta, dentro de su ámbito, mira al mismo resultado. En consecuencia, conocedores que la desigualdad es el problema capital que define nuestro tiempo, junto a ello, además cuando falla la consideración hacia el semejante, la violencia toma posiciones para imponer sus criterios y hasta sus maneras de pensar. Por eso, se necesita valor para hacer frente a esta amargura de atrocidades, que a veces nos vienen impuestas por la discriminación y la brutalidad que nos circunda, pero que hay que apartarse del conflicto y adoptar una postura comprensiva.

 

La barbarie puede ser contagiosa, pero también puede serlo la cortesía. Es cuestión de sensatez, de saber guiarnos por el imperativo de no causar daños a los seres humanos ni al planeta. A lo mejor tenemos que amar lo que es digno de ser querido y aborrecer lo que es abominable; pero para ello, inevitablemente, hace falta tener un recto criterio para diferenciar entre lo uno y lo otro.

 

Ahora que andamos tan afanados en la cultura del olvido y queremos poner candados en los buscadores de Internet, por si acaso dañan nuestra imagen al reflejar nuestras atormentadas andanzas del pasado, convendría recapitular movimientos, practicar más el abrazo como buenos vecinos, y poner en práctica la resolución de conflictos por medios pacíficos, derribando fronteras y levantando puentes entre culturas, combatiendo el odio y el extremismo entre humanos, acordando entre todos, derrotar la inhumanidad, y, así, poder restaurar el sentido de familia humana, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas.

 

Al final, lo que debiera sostenernos, sabiendo que nunca es seguro la alianza con un opulento y que sólo se puede respirar libremente en una armónica atmósfera, es el esfuerzo común por vencer el egoísmo y el abuso, el resentimiento y la intimidación, y por aprender de lo vivido, que la avenencia sin ecuanimidad tampoco genera una verdadera coalición. Dicho queda.  

Viernes, 16 Mayo 2014 12:12

Son muchos los deberes por hacer

Tenemos muchos deberes por hacer mientras danzamos por los espacios del camino. Para empezar son inaceptables tantas pérdidas de vidas. Las muertes de migrantes en el mar o en la tierra son de una crueldad tremenda. La migración que debería ser una ventana a la esperanza, se convierte en una travesía a los infiernos.

 

Para ellos, los derechos humanos no existen nada más que en el papel. Sabemos que la cifra de desplazados en el mundo superó los 33,3 millones de personas el año pasado, según datos recientes de la Agencia de la ONU para los Refugiados, lo que representa un incremento de 4,5 millones respecto del año anterior. Desde luego, la movilidad humana es algo innato con la especie, de ahí la importancia de aceptar lo que es una hecho inevitable y, en consecuencia, haríamos bien en hacer del planeta un verdadero hogar global para todos.

 

Aparte, sería bueno considerar a la especie como una familia de vidas en movimiento, avivando esta aceptación, con la destrucción de tantas fronteras inútiles. Otra de las obligaciones pendientes en este majestuoso orbe, donde todo parece efímero y no lo es, sobre todo si lo viéramos en su conjunto como especie, parte de una necesidad de abordar la violencia por razones de género en las instituciones educativas, priorizando una educación inclusiva, sustentada en el respeto a la diversidad cultural.

 

El poder que tiene la educación para transformar la vida de las personas resulta alentador, principalmente para promover sociedades sanas, pensantes, y, así, poder alejarnos de esta mediocridad que nos circunda como borregos. Por desgracia para toda la humanidad, nos consta que, en estos momentos, el progreso general en la consecución de la educación para todos se está estancando. Millones de vidas humanas ven sus derechos incumplidos, mientras los moradores del mundo permanecen impasibles en la lucha contra tantas desigualdades injustas, la de la enseñanza también. Resultaría fácil acabar con la crisis del aprendizaje, si todos los países, ricos y pobres, velaran para que todos los niños puedan tener acceso a un docente bien capacitado y mejor motivado.

 

Luego está también el problema del deterioro ambiental. Continúa la pérdida de biodiversidad. La desertificación avanza a pasos agigantados cobrándose cada vez más tierras fértiles, en tanto que la contaminación del aire, el agua y los mares, siguen privando a millones de seres humanos de una vida digna. Ciertamente, somos una generación de irresponsables, con mucha palabrería y pocas franquezas. Ahora sabemos que la mina accidentada en Turquía empleaba a menores y, además, exigía extenuantes jornadas de trabajo. Pura esclavitud. Las consecuencias de este trágico incidente han de tener repercusiones en sus dirigentes.

 

De lo contrario, los pobres del mundo seguirán perdiendo la expectativa en sus representantes que no hacen más que promesas vanas. Indudablemente, este tipo de actitudes son nefatas para los sistemas democráticos. Cuando se pierde la confianza en las instituciones corremos el riesgo de ir todos a la deriva, incluido el propio mundo altanero, rico y derrochador, insensible con el resto de los humanos. Pienso, por tanto, que ha llegado el momento de tomar conciencia de estas situaciones y de dar solución a tantos compromisos quebrantados.

 

Siempre resulta saludable recapacitar, hacer una pausa sobre el acoso de la mundanidad, meditar sobre tantos desórdenes, reflexionar serenamente cuando menos para poder despertar y levantarse. Dicho lo cual, se me ocurre evocar el mensaje de Buda, ya que estamos en el mes de mayo, celebrado hace apenas unos días: el Vesak (13 de mayo), uno de los momentos más sagrados para millones de budistas de todo el mundo. Un tiempo esencialmente propicio para abrir el corazón y abrazarse a todos los miembros de la familia humana, fundamentalmente a los más necesitados.

 

Estoy seguro que estas enseñanzas intemporales nos pueden servir a todos, ante la necesidad de líderes de acción y de verdad, y no de palabras vacías, al menos como referente para trabajar colectivamente por un planeta más humanizado. Esto significa que debemos construir nuestra misma existencia sobre la roca del amor; porque realmente es ese AMOR (con mayúsculas) la única cima que puede darnos seguridad y aliento para ir adelante en la vida.  

Coincidiendo con el mes del día internacional de la familia (15 de mayo), y teniendo en cuenta que es el vínculo que aglutina a las sociedades, conocedor de que la misma familia humana padece dificultades crónicas y atroces, más que en un mundo cambiante, en un mundo de dominadores, se me ocurre recapacitar sobre la base del pensamiento libre, reconociendo que es en la igualdad entre mujeres y hombres, y en la libertad de acción, como se ayuda a crear sociedades más comprensivas y asociadas.

 

Desde luego, no es de recibo vivir bajo el signo de la indiferencia. Hemos de superar el virus de la resignación, implicándonos (y aplicándonos) responsablemente, puesto que todo tiene curación, es cuestión de querer hacer algo por el bienestar de nuestros semejantes. Por desgracia, vivimos en una patología permanente. Somos una generación que apuesta poco por la mente abierta, que permanece con el corazón cerrado en un horizonte que nos insta a una exploración liberadora.

 

Hemos venido a caminar cada uno por sí mismo, a crecer con el camino, a abrirnos a las novedades. No podemos encerrarnos egoístamente y no propiciar libertad de miras, libertad de movimiento, o lo que es lo mismo, libertad de pensamiento. Hemos vuelto a caer en tantas dictaduras, que resulta bochornoso que los mismos dirigentes cultiven ideologías tajantes, propias de una aptitud terca. Efectivamente, hay muchos caminos para llegar a la cúspide.

 

Por principio, falta comprensión y diálogo en los tentáculos del pensamiento único, que actualmente impone (jamás propone) el mundo de las finanzas. No hay posibilidad de razonamiento, sin duda no les interesa, porque lo que suele ofertarse es un intercambio de favores e intereses para resolver los conflictos generados por la misma clase pudiente, como pudiera ser reequilibrar el crecimiento y aminorar las desigualdades. Por otra parte, somos una generación que escucha poco.

 

Apenas tenemos tiempo para oírnos a nosotros mismos. Vivimos en una máscara continua de absurdos, donde el poder maneja los abecedarios con sus períodos y sus palancas de tensión, sin respetar para nada la variada constelación que conforma la familia humana. Si no se piensa de una manera determinada, la impuesta por el territorio de los que mueven los hilos del poder económico, eres considerado como un ser estrafalario, y por ende, formas parte del mundo de los excluidos.

 

O sea de los que no tienen voz, ni capacidad para pensar, ni ya mismo derecho a una vida digna. Es la idolatría de los poderosos los que dictan las leyes, el propio pensamiento, ellos piensan así, y piden que se actúe así y punto en boca. No hay manera de entrar en el debate. Todo está camuflado por la mentira. Y así, resulta imposible, avivar ninguna alianza. La gente que toma el poder, decide, se equivoque o no, pero ella resuelve por todos.

 

El fantasma de la hipocresía alienta esta caprichosa enfermedad. Los poderosos no sólo piensan por los demás, también se han creído que son perfectos, hasta el extremo que referencian la ética como una formalidad inherente a ellos mismos, en lugar de despojarse de arrogancia para poder liberar a multitudes de familias oprimidas. Prestar apoyo verdadero es más importante que nunca, ya sea para la persona joven que busca un empleo (que es un derecho y un deber) para reconducir su propia familia, como para los abuelos a los que se les niega asistencia social. Podemos extender la esperanza de vida, pero será un verdadero infierno sino les prestamos una atención adecuada. Se debe, pues, acrecentar oportunidades para todas las personas de todas las edades, que revitalicen a toda una comunidad.

 

Todos somos necesarios e imprescindibles, sabiendo que únicamente hay una fuerza propulsora: el deseo (sin ambiciones exageradas). Estaría bien, que reflexionásemos sobre iniciativas diversas que nos acercasen mucho más unos a otros, en pos de la creación de un mundo más compasivo y hermanado. Colectividad que no sabe pensar por sí misma, difícilmente puede salir adelante. Más allá de los obstáculos, germina el compromiso de la persona como sujeto pensante. Evidentemente, el pensamiento mueve montañas, porque al final todo se clarifica. Tenemos que abrirnos al entendimiento para superar tantas contrariedades y dejarnos transformar por otras fuerzas más libertadoras. Ahí está el mundo de las finanzas deshumanizando, oprimiendo (y reprimiendo) a la ciudadanía. Tampoco se puede vivir en el mundo de la apariencia. A la vida hay que darle sentido humano, renovación de pensamiento, para poder discernir la realidad, y que ese entorno real, promocione en verdad una existencia de dignidad para todos. Hoy no existe esa dignificación como desvelo.

 

Todavía existen multitudes de ciudadanos totalmente excluidos de los beneficios del progreso y relegados a ser personas abandonadas. ¿Habrá injusticia mayor?. Prolifera tanta incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace, que hemos dado normalidad a la cultura de la exclusión, hasta convertirla en una mentalidad pasivamente aceptada. No hay mayor mentira que la verdad mal entendida. Por consiguiente, la familia humana debe reaccionar más allá de las diferencias de culturas y opiniones políticas. Para fraternizarse hace falta acaparar menos y repartir más. Nos falta además ese sentido colectivo, de verdadera conciencia social.

 

La misma solidaridad entre generaciones, en demasiadas ocasiones, es verdaderamente nula. Creo que nos falta convicción en la búsqueda y trabajar al unísono por la especie. Economía que trabaja por hacer más ricos a los ricos, en vez de hacer menos míseros a los pobres, no merece la pena que exista. El caso de un grupo de pescadores del sur de la India, convertidos en esclavos de una deuda que nunca podían pagar y que, muchas veces, pasaba de padres a hijos, es la situación de muchas familias actuales. Organizados en una cooperativa y, ayudados por las Naciones Unidas, ahora se han deshecho de ella y pueden vivir desahogadamente.

 

Este es un claro testimonio que nos insta a trabajar unidos, con una mayor cooperación, que ha de pasar por garantizar recursos suficientes para los países menos adelantados. Cuando las personas sean el elemento central del desarrollo, será cuando comencemos a salir de este caos que nos enferma.

 

Contrariamente a lo que se pregona, cada día son más las familias sin oportunidades de realización, que no pueden expresar sus inquietudes y mucho menos adoptar decisiones de cambio en sus vidas. Se encuentran atrapadas por las deudas, con una pobreza galopante, y lo que es peor, con el entusiasmo perdido. Junto a estos desajustes enfermizos hemos de reconocer que sufrimos un profundo raquitismo en valores morales, es el efecto de una cultura altiva, poco dialogante, y por ende, nada crítica con las situaciones injustas.

 

Por ello, deberíamos conciliar otros propósitos, lo que requiere de un alto grado de generosidad, puesto que hemos de disolver la cultura actual del derroche para unos y de la miseria para otros, concentrando el esfuerzo en el conjunto de la propia especie humana. Hasta ahora, todo lo que somos es el resultado de los dominadores para desgracia nuestra. Nos han dirigido a su antojo y a su capital de intereses. En consecuencia, ha llegado el momento de los cambios, es la hora de las rupturas. Necesitamos renacer, aunque sea de las cenizas.  

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