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Jueves, 08 Mayo 2014 12:00

No tenemos un futuro fácil

Estamos destrozando el planeta y los gobiernos hacen nada, o bien poco, para crear condiciones que permitan a todas las personas vivir lo más saludablemente posible. Los datos son concluyentes, no engañan. La mayoría de las ciudades del mundo registran altos índices de polución en el aire, lo acaba de advertir la Organización Mundial de la Salud (OMS).

 

El estudio también apunta que, comparado con años anteriores, existe un daño realmente preocupante; en la medida que se constata un incremento de enfermedades cardiacas y accidentes cerebrovasculares, así como respiratorias y cancerígenas. Bajo esta angustiosa situación, urgen nuevos modos de desarrollo que alivien este clima de ahogo, y también otra manera de custodiar el planeta.

 

Proteger y defender la salud, debiera ser prioridad y deber permanente de todos los Estados. Parece que no lo es. Verdaderamente, cuesta entender la falta de vigilancia o la impunidad hacia los causantes de este perjuicio atmosférico. La vida actual exige la colaboración y cooperación de todo el mundo.

 

La gestión ambiental tiene que ser efectiva, basada en los principios de prevención y de que quien contamina paga. El dicho de que más vale prevenir que curar, viene como anillo al dedo. No es de recibo que, con tantos avances, sigamos retrocediendo en algo tan vital como la salud. Desde luego, no tenemos un futuro fácil como especie. Hay una ceguera social que impide ver el sentido recto de las cosas. Nos dominan los intereses económicos y las políticas suelen bailar al son de estos dominadores.

 

Son tiempos, por consiguiente, de inseguridades: financieras, alimentarias, laborales, de cambios en el clima y de deterioro del medio ambiente. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud, recientemente ha confirmado que la contaminación atmosférica constituye, por sí sola, el riesgo ambiental para la salud más importante del planeta.

 

Simplemente, con que se redujeran los agentes contaminantes, podrían salvarse millones de vidas en el mundo. Si fuésemos capaces de limpiar el aire que respiramos, con medidas concertadas y coordinadas, tendríamos otro porvenir más sano. Los científicos lo subrayan. Algo que todos, sin distinción alguna, nos merecemos por el hecho de haber nacido. Ciertamente, el mejoramiento de la calidad del aire debería ser una consideración importante en la planificación de políticas para lograr los beneficios máximos de salud.

 

Quizás hemos perdido la conciencia en este valor, y nos hemos vuelto tan pasivos como necios. Una actividad tan sencilla, como utilizar el transporte colectivo o caminar o andar en bicicleta, en vez de utilizar el coche, disminuiría la densidad del tránsito y ayudaría a limpiar el aire que todos respiramos, aparte de que reduciría la carga sanitaria que ocasiona la contaminación atmosférica, sobre todo la urbana. Bien es verdad, que el futuro aunque sea arduo, podemos cambiarlo.

 

Por muchas amenazas que se ciernan sobre la salud de la especie humana, también hay motivos para sentirse esperanzados. Se conocen las causas que originan los problemas de salud y los métodos para hacerles frente. Es cuestión de activar otras prácticas menos contaminantes y de tomar en serio el problema. Hasta ahora los buenos propósitos se los ha llevado el viento.

 

Evidentemente, el desarrollo no puede convertirse de la noche a la mañana en sostenible, ahora bien, podemos activar las sensibilidades y dejar claro el mensaje de que el menosprecio ambiental a nadie nos conviene, y de este modo, sí que podremos acelerar la transformación hacia una economía más respetuosa con el medio atmosférico. Es responsabilidad de todo ser humano limitar los riesgos que corre el planeta, mediante una atención especial a la contaminación celeste.

 

Todo ha de ponerse al servicio del ser humano y no viceversa. Esforcémonos, pues, por asegurar que el recurso natural del aire, camine más limpio por los espacios de la vida. Al fin y al cabo, vivir no es más que un soplo y uno no puede resignarse a recibir suspiros intoxicados. Claro que sí, cuando menos nos merecemos respirar bajo un cielo que nos active las ganas de caminar siempre adelante. Para eso sirve el camino, para oxigenarse, no para destruirse. 

Hace diez años, concretamente el 1 de mayo de 2004, Europa se hacía más grande, más fuerte, se ampliaba de quince a veinticinco Estados miembros, con incrementos sucesivos a veintiocho, acrecentando de este modo un gran mercado único, lo que conlleva mayores oportunidades para todos, al construir puentes de unión y mejorar los intercambios entre países.

 

Es evidente que la unidad de un continente nos debe hacer más prósperos, debe mejorar la calidad de vida de las personas, y facilitar la reconciliación entre ciudadanos de diversas culturas. Dicho esto, conviene reflexionar sobre el grado de cumplimiento o incumplimiento de las líneas trazadas, sobre todo en relación al progreso social y el nivel de bienestar ciudadano, dentro de un concepto más amplio de libertad, de respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional. Partiendo de esta integración europeísta, celebramos el 9 de mayo, como el día de Europa, jornada de paz y unidad.

 

Sin embargo, la evocación de esta fecha, que tiene lugar desde 1985, a pesar de ser el único momento de conmemoración oficial en la Unión Europea, absurdamente se considera un tiempo laborable, mientras otras onomásticas nacionales sí son festivas. A mi juicio, estamos ante la primera contradicción de principios, puesto que si en verdad queremos fomentar el europeísmo hay que darle a la ceremonia la solemnidad de fiesta, por parte de todos los Estados miembros, con una equiparación igual a otros festejos patrióticos, por medio de la cual una nación simbólicamente adopta una cronología de gran significación para promover la unidad de todos sus ciudadanos.

 

En todo caso, celebrar la cohesión de una Europa fuerte, unida y abierta, ha de ser un motivo de alegría inmensa, un referente que bien vale la pena vivirlo y asimilarlo. No desdibujemos que lo que comenzó como una unión meramente económica ha evolucionado hasta convertirse en una organización política singular, preocupada por avivar el Estado de Derecho, y ocupada en temas que van desde el desarrollo hasta el medio ambiente. Ahora llega el momento de avanzar hacia una Europa de la convivencia, que defienda los derechos fundamentales de las personas más vulnerables. Quedarse en las palabras y no traspasar sus emociones de nada nos sirve.

 

Es hora de actuaciones específicas, de rechazar el derrotismo, de levantarse y ver la manera de salir airosos de las dificultades. Quedarnos en la superficialidad de una unión económica y monetaria sería como desandar el camino recorrido hasta ahora. Para empezar, tenemos que aprender a querernos como ciudadanos de la unión, sólo así podremos debatir nuestras cuestiones más allá de una perspectiva de Estado o Estados poderosos, sino como una visión europeísta aglutinadora.

 

Ciertamente tenemos los recursos, la tecnología y la experiencia de estos últimos años, y aunque compartimos intereses comunes, los Estados miran más para sus propias instituciones estatales que para trabajar codo con codo con las instituciones europeas. Sin duda, hay que hacerlas más democráticas y aumentar su transparencia, con más participación ciudadana en el proceso político. De lo contrario, será difícil corregir los desequilibrios y reforzar una eficaz gobernanza europeísta. La gran contradicción europeísta no es que quede mucho por hacer, es que hay que cambiar actuaciones caprichosas, apostando decididamente por aumentar la legitimidad y la responsabilidad democráticas de la Unión, además de invertir mucho más en la dimensión social.

 

Europa no puede permitirse perder una generación de jóvenes que ni trabaja ni estudia, que ni se forma ni aprende. Sin duda, la clave radica en invertir mucho más en temas innovadores y formativos, de conocimientos e investigación, para defender con una sola voz un espacio donde no tengan cabida las exclusiones. Y, por consiguiente, a mi manera de ver es una buena noticia, que la Comisión haya instado a todos los Estados miembros a que instauren una garantía juvenil.

 

Así se pretende garantizar que todos los jóvenes de hasta veinticinco años de edad reciban, en un plazo de cuatro meses desde el momento en que dejen la educación formal o se encuentren en desempleo, una buena oferta de empleo, formación permanente o un periodo de prácticas o de aprendizaje. Por eso, pienso, que la evolución del continente europeo tiene que hacer hincapié en la idea de acogida, bajo el sustento de unidad cultural y valores comunes, invitando a la ciudadanía a sentirse protagonista del debate.

 

Las persistentes contradicciones de las instituciones de la Unión Europea han hecho de la realidad un camino sin salida, que hoy exige importantes y transcendentales transformaciones encaminadas, principalmente, en dar respuesta al desempleo y a las consecuencias sociales de la crisis, a través de un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Indudablemente, tenemos que seguir proyectando nuestros valores e intereses colectivos más allá de nuestras fronteras estatales. Por otra parte, los países deben garantizar relaciones de buena vecindad y de cooperación, máxime cuando la solidaridad debe ser la guía para afrontar desafíos globales planetarios.

 

De ahí, la importancia de las próximas elecciones europeas 2014, a celebrar a finales de este mes de mayo, con la novedad de que a partir de ahora el Consejo Europeo, que reúne a los Jefes de Estado o de Gobierno en cumbres periódicas, deberá tener presente los resultados electorales para proponer al nuevo presidente de la Comisión, tal y como establece el Tratado de Lisboa. A continuación, la persona propuesta tendrá que recibir el respaldo mayoritario del Parlamento Europeo, única institución de la Unión elegida directamente por los ciudadanos. No me cabe duda que, con este naciente hecho, los ciudadanos van a estar un poco más directamente representados en la Unión.

 

Poder participar en la vida democrática europea, cuando menos debe entusiasmarnos para hacer un mundo más habitable, con la vista puesta no en consideraciones abstractas, sino en seres humanos precisos. La experiencia del desempleo en la juventud es una losa demasiado fuerte. Resulta muy complicado recuperar el hábito del trabajo, lo que nos lleva a una destrucción total de la persona. No podemos permitir que este círculo vicioso prosiga.

 

Hay que dignificar al ser humano con un trabajo decente. La Europa de la diversidad parecía haberlo conseguido, pero tras el momento de crisis económica y financiera, que empezó en 2008, algunos ciudadanos han retrocedido a un ciclo de desesperación inenarrable. Las consecuencias han sido, (y aún lo son hoy), dramáticas para muchos de nuestros ciudadanos europeos, por lo que habrá que forjar con decisión nuevos objetivos de empleo, ser más coherentes con la voz ciudadana, y activar nuevos retos de trabajo conjunto. Todavía queda mucho por hacer; pero lo hecho, que no es poco, también permanece. No olvidemos que hace cien años íbamos ciegos hacia la hecatombe de la Gran Guerra.

Jueves, 01 Mayo 2014 00:00

Razones para levantar la voz

Hay razones para levantar el tono, acentuando el timbre de las palabras, y mucho más en el ámbito de una Europa basada en la sensatez, lo que representa para los centros de enseñanza superior una fuente...

Nosotros, los humanos, no cabe duda de que vivimos un momento de gran desconcierto. El caos alcanza al propio ser humano dentro de su contexto natural.

Jueves, 18 Julio 2013 11:39

Más necesidad de paz que de pan

El mundo tiene cada día más áreas inseguras, motivadas en parte por una pluralidad de conflictos, que continúan expandiéndose. Multitud de personas buscan ponerse a salvo desesperadamente. A pesar de vivir en un mundo global, las dificultades de refugio no son fáciles.
En ocasiones, por la burocracia. Otras, por la incomprensión. La realidad es que lo único que se oye son conversaciones que no pasan de ahí, puesto que los resultados son muertes y brutalidades. Verdaderamente, cada día vemos más gente atrapada por enfrentamientos inútiles dispuesta a huir a otras zonas más pacificas. A mi juicio, tenemos más necesidad de paz que de pan. De ahí, la importancia de trabajar constructivamente para alcanzar un consenso que permita avanzar por la vía de la concordia y de una armónica inclusión cultural. Indudablemente, precisamos tanto como el pan de cada día, poder vivir serenos, porque sin calma hasta el mismo pan se nos atraganta o nos resulta amargo.

Vivimos en un mundo cada día más desigual y, por ende, más injusto. Recientes estudios revelan situaciones verdaderamente preocupantes, debido en parte a la falta de acceso a servicios básicos como pueden ser la educación, la salud y el empleo. Viejo problema. Cuando dejan de funcionar los programas sociales que dan ayuda financiera a las personas más vulnerables, difícilmente se puede construir un tejido armónico que nos mundialice a todos, surgirán conflictos por esa falta de compromiso con todo ser humano. No se puede especular con los derechos humanos de las gentes, en todo caso debemos profundizar en su dimensión jurídica con el fin de asegurar su pleno respeto en todo el planeta. Por otra parte, la ciudadanía tiene la obligación de participar en los asuntos públicos, con la libertad necesaria para hacer valer su voz, en plena corresponsabilidad social con todos los agentes, para edificar una sociedad más avanzada y justa. Quizás, hoy más que nunca, fruto de este mundo global, sea vital proteger a las personas que divulgan información sobre asuntos que tienen implicaciones para los derechos humanos. Desde luego, una sociedad que olvida a determinadas personas, que altera las prioridades y perturba la prestación a los servicios esenciales del ser humano, se desmorona más pronto que tarde.

Viernes, 05 Julio 2013 13:11

Nuestra debilidad humana

Vivimos en un mundo de amenazas permanentes, que tienen siempre su punto de partida en nuestra debilidad humana, en la manera superficial de considerar la vida, en la forma de comportarnos y de aceptar movernos por la planeta. Esta imagen de agotamiento, donde el mal físico y moral nos acorrala, genera un universo de contradicciones verdaderamente inquietantes. Hoy más que nunca, pienso, que necesitamos de aliento para ser fieles a nosotros mismos, a nuestra conciencia en definitiva. A diario nos trituran las alas y no podemos sentirnos libres, dejamos que nos adoctrinen nuestro propio espíritu y caminamos al dictado de poderes corruptos, con total abandono a nuestros principios. De ahí, la necesidad de reivindicación de muchas personas que quieren pasar por esta vida, siguiendo su conciencia innata del deber, de actuar según su criterio y de conducirse de acuerdo con el sentido más hondo del pensamiento. Por consiguiente, deberíamos con urgencia proceder a activar los derechos de conciencia en un mundo de tantos comercios ilícitos.

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